NO SE LO DIGAS A NADIE

Desperté sobresaltado. Estamos en mayo, el mes de las flores de este Madrid del segundo año de la pandemia. Salí corriendo hacia el parque del Buen Retiro buscando nuestro banco. El banco donde yo y el abuelo descansábamos y pasábamos horas y horas. Unas veces hablábamos sin dar tregua a nuestros labios y a la memoria que íbamos siendo, otras solo disfrutábamos del silencio y la buena sombra. En esta madrugada había soñado que el abuelo me decía que no debía perder tiempo nada más despertar, que debía dirigirme al banco de nuestros encuentros y que allí me esperaría. No podía creerlo. Era imposible. Desde que él murió, casi desde aquella primera noche sin él, los encuentros con el abuelo eran frecuentes, pero siempre a través de los sueños o, estando despierto, cuando me dejaba llevar por su recuerdo. No podía estar vivo. No podía ser real. Llegué en un santiamén, pues sigo viviendo muy cerca del pulmón madrileño.

Parque del Buen Retiro

Estaba amaneciendo. Los primeros rayos acariciaban el lago del parque como acaricia una madre a su hijo recién nacido. Podía ver de lejos nuestro banco, pero allí no veía a nadie. Estoy loco, pensé, cómo podía creerme lo que mi abuelo me decía en sueños, pero también recordaba las veces que el abuelo me avisaba de algo y realmente sucedía. Pero esto es otra cosa. Me dijo que me estaría esperando. No puede ser. A pocos metros y casi a punto de darme la vuelta, vi algo que me llamó la atención, era un sobre. Parecía de esos sobres de antes, que se usaban para los envíos internacionales. Eso me le enseñó el abuelo, pues yo nací con Gmail, google maps y la Deep web. Me acerqué y el corazón me dio un vuelco. El sobre llevaba mi nombre como destinatario y como remitente el del mi abuelo Yayo. El corazón me dio un vuelco pues pude reconocer la letra de mi abuelo. Esa letra de sus días finales, algo temblorosa, pero bonita y legible como siempre había sido. Tomé el sobre sin poder valorar lo que estaba viviendo, pues me venía a la cabeza lo que el abuelo me dijo entre sueños y no podía entender: lee despacio, calmadamente, las veces que necesites, pero, sobre todo, interioriza con los ojos del corazón lo que te diré. Ahora podía comprender a qué se refería. Me senté y comencé a leer.

Parque del Buen Retiro

Nano, pon atención a todo lo que te voy a decir. Habrás reconocido mi letra y como podrás entender sigo vivo, aunque no esté en esa dimensión humana.  Tuve que pedir un permiso especial para materializar lo que tienes en tus manos y otro aún más especial para poder decirte lo que leerás. Son tiempos complejos.

Son tiempos de cambio, tiempos complejos

Por estos lares también hay normas, pero no basadas en creencias y caprichos humanos, sino en la ley del Amor. Nadie está preparado para ver todo el horror que la humanidad tendrá que vivir. La humanidad que estás viviendo está muriendo. No está herida, no, está agonizando, en sus últimas horas. El mal dará su último estertor con tal potencia que se escuchará en distantes galaxias. Cuántas veces no hablamos de lo incomprensible de la vida humana, de los afanes de tantos por vivir bien a costa del mal, del sufrimiento, ajeno. Cuántas guerras por creencias fallidas de todo tipo, religiosas, económicas, políticas. Cuántas guerras contra la naturaleza misma. Ya la humanidad agotó su tiempo. Aquellos que hayamos comprendido, podremos disfrutar de otro mundo en esa bella morada, en ese bendito planeta azul. Los que no, tendrán que seguir su aprendizaje en otros predios, en otras altitudes cósmicas, donde tendrán que seguir repitiendo las lecciones que necesiten. No hay infiernos, querido Nano, pues los infiernos son las insanas relaciones que los seres son capaces de crear en torno a ellos en su particular espacio tiempo. Fuera de ese espacio tiempo, la vida es otra cosa, pero siempre estamos en movimiento. Siempre nacemos para experimentar el Ser y en cada encarnación podemos meter la pata y alejarnos de la única ley que gobierna el universo, la ley del amor. Dejar de amar es caer en la rueda del sufrimiento. Las conciencias, por su misma naturaleza creadora, tiene una capacidad extraordinaria para hacer sufrir hasta límites insospechados cuando se alejan del amor.

   El virus, Nano, no será vencido. El virus es tiempo, Nano. Tiempo para que cada quien pueda encontrar realmente el significado de su vida y de la Vida. El ser humano de a pie será sometido, por los distintos Estados, cada día más a mayores restricciones en su vida. Las estructuras del poder, en toda latitud, solo encontrarán en la opresión hacia la ciudadanía la forma de controlar las distintas mutaciones del virus. El caos reinará y el poder de las balas volverá a ser el argumento de unas estructuras de poder que no sabrán qué hacer porque seguirán gobernando solo para sí mismas e intentando salvar un modelo de esclavitud que ha reinado entre los hombres desde los mismos inicios de esta última humanidad. La economía, su debacle, será el chivo expiatorio para que los Estados impongan una ley marcial mundial. Pero, los verdugos, no se pondrán de acuerdo ni siquiera para torturar. Las guerras no solo serán contra el virus, sino contra el hambre y, sobre todo, contra el miedo, la incertidumbre de no saber si habrá un mañana, pues cada día será el último para millones de personas. El panorama, querido Nano, es desolador. Solo una serie de cataclismos, estelares y terrenales, podrán frenar la orgia de sangre que los distintos Estados realizarán contra los sobrevivientes a la pandemia.

El virus, nano, representa tiempo. Una prórroga antes del renacer

   ¿Por qué te digo todo esto? Te podrás preguntar, pues ya sabrás que por estos ambientes akhásicos el tiempo es un presente continuo. Lo hago, en primer lugar, como te dije, porque me han permitido trasladarte estos presentes por venir y, además, me lo han permitido porque saben perfectamente que tu alma está llamada a ayudar a muchas otras almas que no podrán ver ni entender todo lo que pasará y que ya está pasando, pero que nadie puede ver porque están cegados por un sinfín de creencias fallidas.

En el examen de la vida nadie puede hacer trampa: lo que no se aprende, se repite

Nano, lo más importante es que comprendas que la salida, la solución a los tiempos presentes, no está fuera de ti, sino dentro de ti. La respuesta al odio, al mal, no puede ser devolviendo con la misma moneda, pero tampoco puede ser escondiéndose en infinidad de zonas de confort y mucho menos, cuando el mal salpique directamente, dejando que el miedo invada el presente. La solución, Nano, no está en gritar verdades humanas a los cuatro vientos, pues todas están contaminadas de creencias fallidas, sino en hacer que el día a día se convierta siempre en una oportunidad para ayudar a los demás. Será difícil, pues nadie creerá en nadie, y el fanatismo se volverá más ciego, pero no importa, tu ayuda en los pequeños gestos que puedas dar a quien lo quiera aceptar. Tienes que salir cuanto antes para el campo. Habrá un giro inesperado al final, cuando el mal esté dando su último suspiro, pero sobre esto no puedo decirte. Solo me han permitido que sepas que, tras todo el dolor, habrá un nuevo renacer. Pero entrar o no en esta nueva etapa no depende de lo que seas capaz o no de soportar, sino de tu capacidad para no dejarte contaminar por el mal. No cierres los ojos y ayuda todo lo que puedas, pero, sobre todo, no dejes que el desaliento se apodere de tus días y, ante todo, no te dejes vencer por el odio.

Mirar hacia otro lado nunca fue la solución…

   Ah, no se lo digas a nadie. Me lo han impuesto. Además, tú sabes que nadie te oiría, pues el ser humano, cuando está invadido por miedos o creencias fallidas, no puede escuchar sino su propio miedo a morir. Pero, la muerte, querido Nano, es el paso a nuevas vidas. Espero verte y abrazarte en los nuevos tiempos.

    Voy camino a casa. La cabeza me da vueltas. Mis pensamientos comienzan a girar entre calles y empiezo a entender lo que veo a mi alrededor. Tengo que volver a leer esta carta hasta que entienda la última sílaba. Gracias abuelo, gracias Yayo. Yo también quiero verte y abrazarte y sé que lo haré. No quiero seguir navegando por más infiernos y sé que los nuevos tiempos serán paraísos terrenales, pero no los que han construido religiones e ideologías preñadas de odio, sino los que nazcan de ese hombre que se descubrirá en medio del universo, ese hombre abierto a las estrellas.  

Y SIGUE LA PANDEMIA ¿HASTA CUÁNDO LA PANDEMIA?

Queridos Tata y Yayo

Durante esta madrugada soñé contigo, Yayo. Me decías que pronto te comunicarías conmigo de una forma inusual. No entendí bien qué quisiste decirme, pero ya, acostumbrado a este tipo de relación, espero cualquier cosa y, sobre todo, no me asusto ya de nada. Tantos miedos que le han sembrado a uno ya desde que comienzan los primeros pasos y tanto que cuesta quitárselos de encima, pero, gracias a ti, que me fuiste enseñando el valor a perder el miedo a tener miedo, ya miro las cosas de otro modo, incluso en estos tiempos de pandemia. Más ahora que sé, de primera mano, de nuevo gracias a ti y a la abuela, que la vida no termina con este mundo que nos toca vivir, malvivir dirían muchos, ni con este cuerpo condenado a envejecer.

No quiero envejecer con los miedos de hoy, abuelo

  Me prometí a mí mismo y a Carmen que os contaría sobre estos tiempos de virus y de normalidades anormales. Hay tanto miedo, querido Yayo, tanto miedo. Tampoco me extraña. Como me solías enseñar, en estas sociedades enfermas, de economías antropófagas, sembramos miedos desde la más tierna infancia ¿qué podemos cosechar? La gente, me decías, embobada en nuestros mundos, en ese corre y corre que solo beneficia a unos pocos y cansa a todos, incluso, no me cabe la menor duda, a quienes ven los toros desde la barrera, la gente, querido Nano, tiene mucho miedo. Las cosas no han cambiado mucho, Yayo, por no decir que si ha habido cambios es de intensidad ante la incertidumbre y el dolor que se está viviendo, pero agravado con la sensación y la percepción de que vamos hacia ninguna parte. Que, si hay salida, las pocas personas que toman las decisiones por todos no tienen idea de dónde queda y, como me solías decir, lo obvio solo casa con la obvia, si no se sabe a dónde ir, no hay camino que seguir.

El cansancio de llegar a ninguna parte

La gente está cansada de ir hacia ningún lugar. Sí, lo sé, me vino a la cabeza, aquella vez que me hiciste dar diez vueltas al parque y yo sin saber por qué. Al final, ya cansado y con la mente solo en el helado que me prometiste, me preguntaste ¿a dónde llegaste? Recuerdo que te dije, abuelo ¡qué pregunta! ¡al mismo sitio de donde partí! Y recuerdo que me miraste a esos mis ojos pre adolescentes para decir con esa mirada fija y penetrante que ponías cuando querías que te escucharan con atención “jamás te canses para llegar al mismo sitio” para a continuación espetarme aquello de “no hay peor cansancio que el esfuerzo que no te lleva a crecer” Tarde mucho en comprender aquellas palabras, mi querido Yayo, y no estoy seguro de haber llegado a parte alguna. Las cosas están mal por tu querida España y peor aún por el resto del mundo. Sí, sé que me vas a decir que eso no es correcto, que por todos lados está naufragando el bote humano, pero lo malo conocido es más llevadero que lo bueno ajeno, ya no digamos lo malo. Perdona, Yayo, algo me ha quedado de tu sarcasmo inocente, sin malicia ¡Cómo les extraño!

Hay tiempos verbales y tiempos vitales…

   Antes de que se me olvide, pues tengo que salir corriendo antes que cierren el súper. Con Carmen estamos ayudando a la ONG que te comenté la otra vez y estamos aportando nuestro granito de arena para ayudar a consolidar esos pisos compartidos para los abuelos. En el próximo encuentro te digo, pero te adelanto que creo que dimos la patada en la lata.

Extraño vuestra sonrisa

   Te quiero mucho, cuídate y un abrazo enorme a Tata, que no la mencioné hoy pero siempre la llevo, os llevo, en mi corazón.

VILLANCICOS DESDE LA SIERRA

Queridos Tata y Yayo

    No me acostumbro a sentir vuestra presencia solo en sueños, por muy hermosos que sean y por muy bien que me hagan. Os extraño mucho. Sé que estáis bien, mejor que nosotros, que, por los vientos que soplan, aún tenemos tempestades que sortear. Cómo no sé a dónde enviaros estas cartas, he decidido dejarlas en tu baúl, abuela, Tata. Está intacto. Ni mis padres ni mis tíos quisieron sacar nada de ese baúl de tus recuerdos. De alguna manera sé que ahí estarán bien y que, no sé cómo, podréis leer. Quizá no hiciese falta ni escribiros, pero también me hace bien. Cada palabra que escribo me recuerda que nada en la vida es humo, que todos y todo está, no entiendo cómo, interconectado. A propósito, abuelo, la pegaste, te la comiste. El celular duró lo que comentaste en sueños. Ni un día más ni un día menos. Lo gracioso es que estaba bien, funcionaba bien, y yo, un día antes me dije “el abuelo falló. Este celular está perfecto. Si lo compré hace nada”. Al día siguiente, en la cafetería de Blas, tomando mi café con churros, el celular ni se despidió ni me dejó hacer la llamada de costumbre a Carmen. Sin ton ni son comencé a reír a carcajadas sin darme cuenta que la cafetería estaba como de luto. Ya sabes, la pandemia no deja ni reírnos de nuestros recuerdos. Blas, sin decirme nada, me lo dijo todo con su mirada y la vieja del quinto, me comió con sus ojos. Ya sabes que no es fácil lidiar con las mentes cuadradas. Eso lo aprendí de ti, Yayo. Recuerdo aquella tarde cuando, entre bambalinas, mientras me cambiaba el traje para hacer de otro personaje en aquella obra de teatro ¿te recuerdas?, me dijiste “Nano, tienes catorce años y ya tienes edad para saber que hay personas con mente de pollo y perros con mentes humanas”. No entiendo, te dije. Y comenzaste aquel discurso sobre la vieja del quinto jajajajjaj También me viene a la memoria cuando, pasados ya muchos años, me confesaste que fue un error haber mantenido tanta tirantez con Maruja, la del quinto. Recuerdo que te pregunté qué te había hecho cambiar de opinión y aún, hoy, me deja perplejo tu respuesta: nadie tiene la culpa de no saber cambiar en sociedades que premian las tradiciones. No habías terminado de decir esto cuando me espetaste “no cometas con tus hijos los errores que tú consideras que hemos cometido contigo, pero aún te falta mucho para tener hijos…ve y haz el mejor papel de Fumanchú”.

Los dulces de la abuela

   Empecé a escribiros y me embrollé todo. Lo que quería deciros hoy, aparte de comentaros mi canal de comunicación con vosotros, el baúl de la abuela, era que esta Navidad, Carmen y yo vamos a pasarlo solos. Hemos decidido quedarnos aquí, en El escorial. Mis padres comprendieron, aunque a mamá no le hizo mucha gracia, pero al final aceptó o se resignó. Siempre me lo decías, tu mamá es una santa, con lo cabezón que es tu padre, solo ella puede aguantarlo. El amor todo lo puede. Pues sí, abuelos, mis queridos Yayo y Tata, esta Navidad tendremos dos invitados especiales, vosotros. No sé cómo os vais a arreglar, pero vamos a poner dos cubiertos en la mesa. Carmen le encantó la idea. Ya sabes que le comentó mis sueños contigo, Yayo, y ella está muy convencida que vuestra realidad es más real que la nuestra. Así que, al son de los villancicos que tanto me gustan, y que tanto os gustan, os esperamos para festejar esa tradición que me enseñaste a mirar de otra manera.

Escucho tantas veces vuestras voces que no sé si estáis vivos o yo vivo en vosotros

   Ah, se me olvidaba. Carmen y yo nos hemos apuntado a una ONG que está comenzando a tener auge y que nos caló hondo cuando supimos de ella. Recordando lo que me dijiste la otra vez, esta asociación trata de ayudar a personas mayores que no tienen ninguna familia, que están sin nadie. Muchos de ellos viven en residencias, otros en sus casas, solos. Esta asociación está buscando la forma de que vivan juntos, que compartan techo. No es suficiente que se reúnan para pasar un rato, sino que convivan. Es una tarea gigantesca, pues hay que conseguir salvar muchas trabas, pero cuando ves cómo puede cambiar la forma de vivir los últimos años de sus vidas a personas que se creían condenadas a morir en soledad, no os puedo explicar la felicidad que irradian. Nos sentimos humanos. Recuerdo, Yayo, cuando hablamos una de las últimas veces antes de la partida de Tata, me dijiste, nunca me sentí tan humano como cuando comencé a mirar a los demás como si fueran parte de mí. No se trata de ayudar, se trata de ser, ser humano.

LA ÚLTIMA NAVIDAD

Ya sabes, mi querido Nano, que te hablo en tus sueños y hoy tengo que susurrarte, antes que despiertes, lo que aprendí de la última navidad. Sí, no la que pasé antes que el virus me llevará mientras tu abuela se dejaba ver, con toda su juventud, entre la luz mortecina de aquella residencia de lujo, diseñada para pobres almas como la mía, sino la última navidad en familia, ya hace algunos años. Tú eras un adolescente con ganas de comerte el mundo. Yo, dentro del pesar al que me llevaba el saber que la Residencia aguardaba, por ese galopante Alzheimer que consumiría a tu abuela, también quería comerme la vejez con toda su amargura. Algo en mí estaba cambiando. Y no eran los años ni la vejez que me incitaban a dejar de aprender y dejar el resto de la vida pasar como si fuera un barco alejándose del puerto. Algo en mí gritaba que casi toda mi vida había sido una gran mentira. La única gran verdad, más allá de las verdades humanas, que con tanto afán perseguí, es el Amor. Y te dejo un minuto antes de seguir susurrándote para que te sumerjas en esas cuatro letras que vibran y dan forma a todo el universo. Amor.

En un abrazo sincero cabe todo el amor del mundo

   Volví. Ya veo que te gusta navegar entre esa sensaciónde amar y ser amado. Has vivido tus primeros besos y tus primeros amores. Has vivido aquel primer gran abrazo con el que descubriste que no estabas solo en la vida ¿Ves? No importa los tiempos por venir ni los tiempos pasados, sino lo que se vive en cada momento. Amar es vivir el presente a plenitud. Esto comencé a interiorizarlo en aquella última navidad. Quizá fuese que, sabiendo que era la última con toda la familia junta, algo en mí despertó las memorias perdidas en la vida por estar apurando futuros que, en tantos casos, solo fueron humo. En muchos casos ni eso, solo espejismos. Aún puedo saborear en mi memoria aquella cena de Nochebuena. Los últimos canapés que prepararía tu abuela y su último flan de calabaza. Aún puedo ver a tu papá y tu mamá olvidando los rencores propios de la pareja madura y besándose en medio de todos como si fueran dos adolescentes que han perdido el miedo a verse desnudos. En ese instante sentí que mi hijo me estaba enseñando algo que no comprendía, el rencor solo se supera con perdón. Yo había guardado tanto rencor en la vida, que no comprendía. Tu papá salió a tu abuela, ella siempre me decía “no guardes rencor, cachito mío. El rencor nunca consigue pareja”. Y tarde tanto en aprender, pero aprendí y tu abuela pudo detectarlo antes que el Alzheimer borrase nuestros nombres de su memoria. Nunca comprendí ese olvido hasta que llegué aquí, a este mundo de espíritus donde nada se desvanece ni el tiempo hace mella. Todo es presente.

Las cosas humanas siempre perecen, pero, el Espíritu, Nano, el Espíritu es esterno

   Antes de irme hoy de tus sueños, debo dejarte un recado. No debes olvidarlo, por eso, al despertar, deberás anotarlo en tu Notebook. Pasarás todo el día interiorizando mis palabras y antes que la noche se haga luz, volverás sobre tus pasos. El virus que me llevó no es lo más terrible que deberá pasar la humanidad, pues el virus no está actuando por su propio movimiento, sino que es inducido para sopesar el alma del hombre en la balanza del universo. Es una historia larga, pero créeme, es tan verdadera como que sigo vivo y no solo en tus sueños. El mundo se verá azotado a sufrimientos de todo tipo y ante tal derroche de mal, de manos del propio hombre, bien por su negligencia, bien por su vanidad, las almas se verán impelidas a olvidar el sufrimiento refugiándose más y más en sí mismas. Es un error. La balanza que pesa el alma humana solo se mueve con el amor que hayas sido capaz de dar antes de pasar el túnel de la vida. Sí, de la vida, pues lo que vivimos en ese pedacito de universo que llamamos Tierra es como un ensueño para que las almas puedan seguir experimentándose a sí mismas en otros estadios, en otras vibraciones. Pero la libertad que toda conciencia es, puede o no aprender, puede o no generar amor. No dudes, Nano, intenta ayudar lo más que puedas a tantos seres como puedas. No se trata de una ayuda en concreto, sino, más bien, de darles todo el amor que puedas de todas las formas posibles. El dolor será tan grande que la gente no solo desconfiará uno del otro, sino que aprenderán a olvidar lo que es el amor y se refugiarán en el peor de los castillos, el ego y lo encerrarán en las murallas de la indiferencia hacia las demás conciencias. Todo gesto de amor que el hombre pueda dar será un gramo más para que esa balanza del espíritu humano se decante hacia el gran salto adelante. No se piden imposibles, sino amor. En un abrazo sincero cabe todo el amor del mundo. No lo olvides, Nano. Debo salir de tus sueños. Ya va a sonar la alarma de tu móvil. Por cierto, cambia de teléfono porque el que tienes dejará de funcionar en dos semanas. Las cosas humanas siempre perecen, pero el espíritu, Nano, el espíritu es eterno. Recuerda, ama, ama, ama, perdona, perdona, perdona…

Amar es vivir el presente a plenitud

   La alarma del móvil sonó y Nano, sin pensarlo, tomó su Notebook y comenzó a escribir todo lo que había soñado. Se estaba convirtiendo en un hábito soñar con el abuelo, pensaba Nano, mientras comenzaba a escribir su futuro. Antes de terminar de escribir la primera oración, miró su móvil y sonrió ¿Dos semanas? pero si lo compré hace menos de un año, pensó. Los chinos están aprendiendo muy rápido, fugazmente hiló a pensar antes de seguir escribiendo sus sueños. Gracias abuelo, musitaron sus labios mientras seguía escribiendo.

La mirada hacia el infinito

DÉJAME CONTARTE, NANO, SI ME DEJAN

Querido Nano, no puedo dejar de buscarte en tus sueños y eso que me han advertido que hay cosas que no puedo revelar. Quisiera acompañar tus fantasías y decirte que todo está bien. Y lo está, pero para nosotros, los descarnados. Pero en tu mundo, que un día fue mío también, las cosas de la vida van tomando el curso de un tiempo sin mañana como un río sin un mar a quien abrazar. No puedo dejar de pensar que puse mi grano de arena en esa oscuridad que llega. Me dicen que no debo preocuparme, que todo irá bien, que lo que ha de ser, será. Pero me niego a esperar el dolor sin compartir la esperanza.

Me negiego a esperar el dolor sin compartir la esperanza

   Estas a punto de casarte. Como te dije no hace mucho, Pilar es una gran muchacha y el futuro sonreía para los dos, pero las cosas han cambiado. Lo estás viviendo. No es la pandemia del Sars Cov dos. La terrible enfermedad que ocasiona el virus es la consecuencia, el efecto de la ceguera en la que el hombre ha vivido desde la noche de los tiempos. Tiempos que están llegando a su fin. Nunca fui pesimista en vida, lo sabes. Nunca me dejé vencer por los altibajos, por las tempestades que la vida, de vez en cuando, dejaba caer sobre el que fue mi hogar, que era también el tuyo. No es pesimismo, es una realidad que se está construyendo.  La realidad humana del presente ha sido sembrada desde hace eones y la semilla enterrada en el corazón humano llevaba el odio como bandera. Y los tiempos del odio están llegando a su fin. Parece magnífico, pero nunca una muerte tan anunciada y tan deseada llegaría con tanta vehemencia y tanta locura. El ser humano no ha sido capaz de romper las cadenas que lo esclavizaban, y lo esclavizan, a sus creencias y muchos son los que prefieren morir arrasando todo a su paso antes de ceder y enfrentar sus creencias fallidas. El virus no es el problema, es el instrumento que se está usando para dar comienzo al fin de la inhumanidad de una humanidad huérfana de bondad.

El tiemo del odio está llegando a su fin

   Bien sabes que en nuestra casa la bandera había sido la Santa Madre Iglesia,Romana,Católica y Apostólica, con sus domingos y fiestas de guardar, sus sacramentos inviolables y sus mandamientos para mancillar y dar pábulo, de ese modo, a las sotanas confesionales. Bien sabes que nunca tome en serio todo ese teatro, ni siquiera cuando me dejaron abandonado en aquella residencia y sabía que era cuestión de horas o días o semanas el llamado de la parca. Pero al cruzar el umbral, la frontera de los camaleónicos sentidos, entré en este reino que no es de ese mundo, el tuyo y el otrora mío. A quién te recuerda esa frase. Sí, al Maestro, al Nazareno “Mi reino no es de este mundo”. Cuántas veces en mis años encarnados habré escuchado ese sermón y cuan poca atención presté. Qué sorpresa llevé al enterarme que el Gran Maestro no solo es real, más real que la propia existencia de lo que creemos existente, sino que sus palabras no pasarán. Sí, aquí supe del gran engaño, del poder maléfico que tergiversó sus enseñanzas para el beneficio de unos pocos. Aquí, ayer mismo para el tiempo humano, me enteré que, si los tiempos del mal no fuesen acortados, el ser humano no tendría refugio en ningún otro sitio del universo. El hombre tiene que aprender en su casa, aunque luego esté llamado a conquistar las estrellas. 

El Hombre tiene que encontrarse a sí mismo antes de partir a las estrellas

   Nadie sabe la hora, ni el Maestro, pero las señales que él anunció están dadas. No sé cómo decirte que tomes en serio este sueño, pues sé que tu corazón es bondadoso, pero el mal arrasará con todo su poder y hasta los más santos serán tentados para que solo vean y velen por sí mismos. Solo hay una forma de salir airoso a los tiempos por venir. No, no te preocupes, no hay infiernos ni nada por el estilo, pero en este plano, nadie puede hacer trampa. No hay engaños. Lo que no aprendas en tu vida humana, aquello que venías arrastrando en tus últimas encarnaciones, estás condenado a aprenderlo en otros mundos, muy distintos, sí, pero aquí aprendí que todos los infiernos se parecen. La única forma de salir airoso es no olvidando que los tiempos, tras la tempestad, serán de una calma nunca vivida en el hermoso planeta azul y que la forma de llegar a vivir esos nuevos tiempos es ayudando, ayudando, ayudando a todo aquel que lo necesite. Y tendrás muchas oportunidades antes del fin, pues las trompetas no dejarán de sonar hasta que el último de los enviados encuentre refugio. No puedo decir más.

Cuando despiertes, sal corriendo a hacer el bien sin mirar a quien. Cuántas veces lo hemos oído ¿Te recuerdas? Yo mismo te lo enseñaba. Todos los domingos, antes del oficio, mientras saboreabas un helado de chocolate con maní y yo mi vermut, rojo, con dos aceitunas y sin naranja, te lo decía con solemnidad. Pero no fui buen ejemplo. Lo sé, la teoría todos la sabemos, pero lo importante es saber ponerla en práctica y pocos lo hacen, muy pocos. A mí me han dado el beneplácito de vivir esos nuevos tiempos, no sin antes, convencerte a través de estos sueños, que no dejes para mañana lo que puedes hacer nada más despertar. Los tiempos están cerca. Despierta.

ESTOY BIEN

Querido Nano, mi querido Nano, perdona que interrumpa tus sueños y me cuele en ellos, pero estoy feliz, tan feliz, que no pude esperar para contarte lo que estoy viviendo. Estoy bien, muy bien.

   Tú, mejor que nadie, has podido comprender lo que significaron esos últimos días en la Residencia ante el flagelo de aquella pandemia de COVID 19. Tú pudiste intuir vivamente lo que significó la soledad y el abandono al que fuimos sometidos por esas indolentes almas que solo veían el negocio y el beneficio que da la vejez. Tú siempre intuiste que yo no estaba a gusto encerrado en esa prisión de lujo, mucho menos desde que tu abuela Amparo me dejó solo frente aquella soledad. Te digo, mi querido nano, te adelanto, que tu abuela está radiante, como nunca. Jamás pensé, mientras estuve encarnado en esa última vida, que el cielo sería como lo estoy viendo y que los infiernos, tal y como me los enseñaron de niño, no existen. Cuánto me marcó aquellas pesadillas humanas que manaban, supuestamente, de seres que decían enseñarte el camino hacia Dios.

Siempre me negué a creer en la existencia de infiernos más allá de los que el hombre es capaz de construir. Dios, mi querido Nano, está en todo, es todo. El infierno no es más que el olvido y el alejamiento de esa divinidad que somos cuando encarnamos para ir experimentando nuestra propia conciencia. Dime si podía esperar a contarte esto. Nada más que me dijeron que no había problemas, me colé en ese tu sueño que te estaba llevando a esquiar con tu nueva novia. Sí, me fui sin conocerla en esa vida, pero la conozco muy bien. Fui su hijo en otra vida, hace muchos siglos. Es un maravilloso Ser y os ayudaréis mucho en esta nueva experiencia humana, en estos albores del siglo XXI y en ese pedacito de tierra llamada España. Sabes, desde esta dimensión, lo primero que sentí fue el desapego a todo lo material y a todo lo que implicará un sentido de pertenencia. Solo vibras, como no podrás imaginarte humanamente, en un amor sin ataduras. Solo vibras experimentando amor en todo lo que haces y si recuerdas los errores de las encarnaciones, solo sientes la necesidad imperiosa de poder rectificarlos en otra nueva vida, en otras experiencias de ser, y te pones a trabajar en ello planificando otra nueva experiencia.

ESTOY FELIZ AQUÍ, PERO VUELVO A TU LADO

   Sí, estoy feliz aquí, Nano, pero dejé muchas cosas pendientes en esa última encarnación en la Tierra. Fue una época muy complicada, no solo para mi existencia, sino para todas las almas que nacimos bajo el signo del siglo XX en tan bello planeta. Por cierto, aquí no la conocen como Tierra, sino como la casa azul del Padre. Ese siglo fue el comienzo de los dolores. Sí, Nano, el comienzo. Me está permitido decírtelo. Sí, aquí se cuidan mucho de todo lo que se puede decir o no, pero no como entre los hombres, que la censura tiene un aire de dominio, sino para no herir y no interferir en la trayectoria de cada quien. Vamos a la tierra a vivir experiencias de ser que nos hagan crecer y enriquecer a la misma conciencia, pero esto es otra letra para otra carta. Te decía, Nano, que los dolores están comenzando para la especie humana, pero son dolores de parto. Al final, traerá alegrías y risas a las almas hermanas que habitarán los nuevos tiempos. Yo voy a regresar dentro de muy poco, a tiempo para ser partícipe de los nuevos tiempos tras esos períodos, inevitables, de cambios drásticos. Soy uno de los muchos a los que se nos ha permitido regresar a pesar de que la nueva tierra ya no dará más a luz hijos de las tinieblas ¿Te suena extraño lo que te estoy diciendo? Jajajajajaj Imagino la cara que estarás poniendo, más cuando me recordarás huraño y siempre despotricando contra todo lo que tuviese aroma a espíritus y altares. Ya ves, si me han permitido regresar es porque mis “cosas pendientes” no son imposibles de solucionar en los nuevos tiempos por venir.

Nos dejaron solos

   Lo mejor es que no sabes con quien voy a regresar, quiénes van a ser mis padres. Sí, lo intuiste bien. Serás tú y Ana, tu novia de hoy en día, mi madre de hace siglos. Repito madre y tú serás, por vez primera, mi padre. Cuánto deseo que llegue ya ese día. Siempre fuiste mi ojito derecho. Nunca supe por qué. Ahora sé que vamos viviendo todo aquello que necesitamos ir reparando porque la libertad de Ser tiene ese precio, el tener que superar esos errores y fallos que cometemos en las vidas que vamos experimentando. Confundimos la libertad de Ser, de crear, con la libertad de hacer y en ese trance vamos cayendo en daños hacia los demás y hacia uno mismo. No todo está permitido. Las conciencias no son creadas para hacer daño, sino para crear y vivir realidades. Lo maravilloso es que somos nosotros mismos, nuestra propia conciencia, los que hacemos los guiones de cada una de nuestras vidas y sí, también, los que elegimos con cuales otras conciencias queremos vivir y aprender en esa vida ¿Te sorprende? Imagina a tu abuelo entrando por ese túnel de luz que me llevó a este paraíso.

ESTOY BIEN AQUÍ, PERO DEBO AYUDAR A CONSTRUIR EL NUEVO MUNDO

   Me empeñé en que estudiarás ciencias porqué, te decía, las letras estaban envejecidas, en desuso, y solo servían para dividir más y más a los hombres. La palabra hizo al hombre y el poder de la palabra lo estaba condenando a su extinción. No iba muy errado mi querido Nano. Los tiempos que viviremos serán, como te escribí líneas atrás, casi insufribles. Muchas almas están condenadas a partir a otros infiernos humanos, pero lejos de la Casa Azul. Siempre pensé que, tarde o temprano, el auge de la ciencia terminaría con el egoísmo humano, pero estaba equivocado. La sed de poder y el egoísmo no tienen fondo en algunas almas y siempre había nuevas palabras para crear falsas esperanzas.

Estoy bien. Cuídate mucho y no se dejen esclavizar

Además, son estas almas las que, por líneas generales, han gobernado el mundo humano hasta hoy en día.  El mundo, esta última humanidad, nació condenada desde casi su mismo nacimiento. Pero esta historia te la contaré cuando yo cumpla mis quince años de vida a vuestro lado. A esa edad, ya todo el dolor del parto por venir será un recuerdo en los nuevos tiempos y estaré cursando mi primer nivel de Historia Humana. Sí, he decidido entregarme al estudio de la Historia. Muy grande será el sufrimiento que los hombres se ocasionarán entre sí, nación contra nación, padres contra hijos, mujeres contra hombres, pero más grande será lo que los ojos humanos sobrevivientes verán llegar de los cielos. Lo veremos. Este guion lo escribimos entre todos los que habitaremos la nueva morada azul. Hoy sé que no fue fácil, pero ya ves, para el amor no hay nada imposible. Nos veremos en un par de años. Aún estás conociendo a Ana y tenéis que disfrutar un poco de vuestro encuentro antes que yo llegue a darles la bienvenida al mundo del mañana.

MUERTE EN LA RESIDENCIA “UNA VEJEZ FELIZ”

Querido nieto, querido Tato, te escribo antes de que la muerte en la residencia me lleve de improviso. Podría decirte que estoy asustado, pero te mentiría. Soy hijo de la Gripe Española ¿te acuerdas del cuento de tu bisabuelo? Aquella gripe que terminó con cincuenta millones de vidas a principios del siglo XX, hizo que mis padres, tus bisabuelos, se conocieran. Eran otros tiempos y las historias de amor, como las del desamor, también. Cada época, cada generación, tiene el derecho a elegir su propio camino. Tu bisabuelo se contagió una noche de juerga, inflándose a vino dulce mientras gritaba a las estrellas poemas de amor, y tu bisabuela lo conoció mientras lo cuidaba en el hospital La Cruz de Jesús. Qué tiempos mi querido Tato.

No permitas que te encierren para pasar una vejez feliz

Han pasado poco más de cien años de aquel amor entre mis padres que dejaría cinco hijos, diez nietos y ya quince bisnietos y tres tataranietos. Soy el único sobreviviente de aquella primera horneada. La vida va cambiando de actores que van actuando en una misma comedia o tragedia. Cada quien escribe el libreto de su vida acorde a las creencias que le fueron dadas y que, en la mayor parte de los casos, jamás se cuestionan. Vamos repitiendo los errores sin siquiera a veces darnos cuenta y en muchos casos, aun reconociendo los fallos, el orgullo impide reconocer que nos equivocamos y mucho menos pensar en pedir perdón. Que fallamos a nuestra familia, a nosotros mismos y a la humanidad que somos. No nos enseñaron ni a pedir perdón ni a perdonar y si lo hicieron siempre fue a costa de algo y el perdón, como el amor, no se vende ni se compra, se da o se recibe, simplemente.

Muerte en la Residencia #La vejez feliz#

Esta locura de hoy en día, esta pandemia que llaman Coronavirus, que me llevará al lado de tu abuela, no es ajena al olvido del hombre de su propia condición de humanidad. No sabes los deseos de encontrarme con ella. La otra noche, cuando supe de la muerte de Francisco, el vecino de la habitación colindante, lloré y me dejé llevar por un sinfín de recuerdos ¿Me creerás que, entre lágrimas, vi a tu abuela en mi habitación llamándome y diciéndome “no tengas miedo”? Estaba radiante como cuando nos conocimos por vez primera. Me tiró un beso y me dijo “te espero. Recuerda, no tengas miedo

LA MUERTE EN LA RESIDENCIA EN LOS TIEMPOS DE CORONAVIRUS

  Acepté ingresar en esta residencia el día que tu abuela necesitó recluirse por ese alzhéimer que le fue borrando todo lo que vivimos juntos, todos nuestros triunfos, derrotas, esperanzas, sueños y todo ese amor inmenso que nos profesamos, incluso en las épocas más duras. Recuerdo que a tu papá y a mí nos costó aceptar que era la única forma de que tu abuela estuviera cuidada. Mi salud, como bien sabes, también estaba mermada por otros males y mis hijos estaban sumergidos en mil y un problemas para tener tiempo para cuidarnos. A tu papá le fue muy difícil aceptar este encierro. Mi querido tato, no permitas que, llegado a estas edades seniles, te encierren, por muy bella que sea la cárcel, por muchas promesas que te ofrezcan de un sinfín de cuidados.

Si te obligan a olvidar a tus mayores, qué harán contigo?

El dinero no compra el tiempo que dejamos de estar con nuestros seres queridos. Tu bisabuelo siempre vivió encadenado a las creencias que a su vez recibió sobre las nuevas formas de esclavitud y yo seguí sus creencias y, lo peor, las transmití a tu padre y a tus tíos. Estamos en sociedades enfermas, deshumanizadas. Hemos cambiado nuestra humanidad por un puñado de euros o por unos gramos de oro ¿para qué? ¿Por qué? Para que un puñado de indolentes vivan a cuerpo de rey a costa de tu tiempo, de tu vida. Tu vida es tu tiempo, el tiempo para dar lo mejor de ti, tanto a tu familia como al resto de las demás conciencias que te acompañan, no para desperdiciarla por un puñado de ideas trasnochadas y sangrientas que te dicen que todo se compra y todo se vende. No, mi querido Tato, nunca dejes que te encierren. No permitas que hagan negocio con tu vida, con el tiempo que te quede por vivir.

LA MUERTE EN LA RESIDENCIA S.A.

   ¿Te acuerdas que tu papá te impidió ir a las marchas contra la privatización de la sanidad? Era cosa de rojos, te decía. Perdóname, fue mi culpa. Fue lo que le enseñé, lo que me enseñaron. Hoy sé que fue una locura, pero no porque crea que esos marxismos de todo tipo tengan razón, no. La salida a estos tiempos de infiernos de todo tipo, donde todo está a la venta, incluso la salud, la educación, la muerte y hasta la vida, no está en ningún marxismo, en ninguna ideología política o religiosa. El mundo ha olvidado su humanidad. Y este olvido es producto, en gran parte, de obligar a los seres humanos a elegir entre opciones fallidas y que no han sabido evolucionar acorde a los tiempos. No necesita el mundo de políticos, ni de dioses y mucho menos de guardianes de la política o de la fe. Necesitamos mucho amor, mucho diálogo y crecer en el conocimiento, no el que niega y reniega a esa fuerza primigenia, a ese primer motor, diría Aristóteles, sino el que es capaz de sacar lo mejor de sí a cada alma humana. Todos nacemos para experimentar la vida, la sensación de ser y no para esclavizarnos a ideas que nos inoculan todo tipo de miedos y, peor aún, todo tipo de obligaciones contra nuestros semejantes. No te dejes vencer mi Tato.

Diviértete con tus abuelos, se feliz junto a ellos.

   Me voy tranquilo, ya casi en ocho décadas de vida he visto lo suficiente y aprendido la mayor lección que pudiera aprender, solo el amor nos puede salvar del odio que nos han inoculado en vena a través de mil y una creencias fallidas. No impongas, mi querido Tato, no intentes convencer a nadie que el amor es la única arma que nos podrá salvar del orgullo y del egoísmo. Nadie aprende por experiencia ajena y menos en unas sociedades que fomentan el egoísmo, el consumo desmedido y las zonas de confort.

No esperes una vejez tranquila de unos Estados indolentes

Ayuda y no esperes nada a cambio y ayuda sin mirar a quién, y si te es posible, ayuda a quien te ve de mala manera, a quien no comprende cómo eres e incluso a quien te odia. Y si alguna vez te quieren agradecer o pedirte perdón, solo dile aquello de “no hay nada que perdonar. Se bienvenido a la vida, se bienvenido al amor”

VIVIR Y MORIR EN EL PARAÍSO

Hacía años que no visitaba la tierra de Bolívar, la pequeña Venecia. Viví en ese paraíso por casi dos décadas antes de abandonarla por motivos muy claros, la violencia que se vivía en las calles de Caracas. Uno se acostumbró a leer los reportes de los asesinatos en la prensa de los lunes hasta que la lectura se convirtió en algo más personal. Un día cualquiera de noviembre de 1997, una balacera dejó tres muertos a menos de veinte metros de donde yo regentaba un pequeño negocio. Me acompañaban mi hija, de siete años, y mi primera esposa. Ese día comprendí que aquellas muertes anónimas que se leían semana tras semana tenían escondido el nombre de todos en las balas asesinas. Morir en el paraíso no era el futuro que deseaba para mi familia ni si quiera como posibilidad.

Cuando una situación se hace insostenible, es hora de aligerar las cargas

Está claro que la muerte es algo natural, pero perder la vida de manera violenta no lo es, al menos no debiera serlo en estos albores del nuevo milenio y entre una especie que se jacta de ser civilizada pero que muestra solo las garras y la sed de sangre. Sin embargo, es un hecho común en muchas latitudes la violencia que viven y sufren sus habitantes por mafias de todo tipo y por mafia, ojo, no solo intento señalar las dedicadas al hampa, en todas sus variedades, sino a todo poder político que ha olvidado, interesadamente, su misión como protectores de cada uno de los miembros de la sociedad.

EL PRECIO DE VIVIR Y MORIR EN ELPARAÍSO

La Venezuela Saudita nació de un mal amor entre el consumismo desmedido, fruto de querer sacar beneficio económico a todo, que la modernidad iba trayendo y una casta política que jamás entendió que una sociedad no es nada sin la prosperidad de todos sus miembros. Daniel, el abuelo Dani, para sus amigos, creció en el Paraíso, una hermosa zona de Caracas,  viendo como el paraíso venezolano, el Paraíso de todos, se iba convirtiendo en una pesadilla sacada de cualquier infierno dantesco. El precio de vivir y morir en el Paraíso, el de todos, decía el abuelo Dani a sus nietos, ya casi a finales de la segunda década del siglo XXI, no se ha valorado aún en su justa medida porque aún no ha llegado a su máximo descalabro. El daño que ha sufrido la familia venezolana, le decía a sus nietos, aún vuestros hijos lo estarán pagando.

La paz es el camino. La paz se alcanza cuando aprendemos a amar y perdonar sin nada esperar

El consuelo de los tontos, insistía el abuelo Dani, es pensar y decir que Venezuela es un ejemplo más de los tantos que hay por el mundo. Venezuela había nacido para ser ejemplo de prosperidad y hermandad entre sus gentes. Dios, les decía el abuelo Dani, había premiado a este pedacito de cielo en la tierra con excelsas virtudes, un buen clima, terreno fértil y, lo más preciado en el siglo XX,  el oro negro que yace en sus entrañas y que tanto ha servido para el crecimiento y la muerte de las naciones. Sí, la codicia, decía el abuelo Dani a unos nietos boquiabiertos, ha logrado que las gentes olviden su humanidad y persigan espejismos envueltos en falsas realidades.  Nunca permitáis que ese mal humano invada vuestros corazones. Si olvidáis que vuestro hermano humano, sea quien sea, es vuestro otro yo, estaréis perdidos.

EL AMOR COMO ARMA PARA NO MORIR EN EL PARAÍSO

¿Qué quieres decir abuelo con eso de vuestro otro yo? ¿y qué es la codicia? No entiendo, decía el más pequeño de los nietos, Rubén, de ocho añitos. Perdona Rubencito, a veces olvido que tienes ocho añitos y hablo de una manera rara para ti. Mira -le dijo el abuelo Dani mientras lo sentaba sobre sus rodillas, aún fuertes- te voy a explicar. En la escuela tienes muchos amiguitos, unos más que otros ¿no? Sí Nono -así le llamaba Rubén al abuelo- . Ya, pero, aunque eres más amiguito de unos que de otros, seguro que no deseas mal a ninguno ¿no? Bueno -comenzó a decir Rubén mientras sus ojos buscaban un punto del techo como queriendo recordar-, al pesado de Manolo lo mataría con mis propias manos cuando me quita mis lápices de colores. Pero ¿lo harías? Le preguntó el abuelo mientras lo miraba con cariño. No Nono, como lo iba a matar ¿con quién iba a jugar después al DevilForce? Es el mejor de la clase, caza demonios como ninguno. Ya, ya, dijo el abuelo Dani sin entender mucho de lo que le estaba hablando. Pues bien Rubencito, Manolo es tu otro yo. Sois distintos, a veces os peláis, a veces jugáis juntos, estudiáis y tantas cosas, pero aunque a veces quisieras matarlo con tus propias manos sabes que nunca lo harías porqué él es tu otro yo ¿vas comprendiendo? Pues Nono, un poco, pero no mucho ¿Quieres decir que aunque él es gordo y yo flaco, a él le gusta las hamburguesas y yo las detesto guagggkala, qué asco…bueno, a los dos nos gusta María, pero hemos hablado y no vamos a pelear por ella…hemos decidido que sea ella quien elija, pero yo voy a ganar, lo sé, ella me prefiere a mí, me lo ha dicho en secreto. Ya, dijo el abuelo y ¿si ella al final prefiere a Manolo? ¿Qué harías? Nono, María me dijo que me quiere a mí ¿por qué iba a cambiar ahora porque tú lo digas? No, dijo el abuelo Dani mientras sonreía, no se trata de que yo lo quiera, sino que te pregunto y si ella cambiase de opinión, tú, qué harías. Pues no lo había pensado, dijo casi entristecido Rubén. Le quitaría los cromos que le regalé como muestra de mi amor. Los tenía guardados como un gran tesoro. Bueno, la verdad no lo haría. Se los regalé porque le gustaban mucho y ella no los tenía. Quizá cuando tenga doce años me prefiera a mí -seguía cavilando Rubén mientras su incipiente tristeza iba dando paso a un rostro de aceptación- y seremos más grandes y podremos darnos besos de verdad, verdad. El abuelo Dani comenzó a reír a carcajada  limpia. De qué te ríes Nono. Nada, nada Rubencito…mira ¿viste? Qué vi Nono. Pues que tú aceptarías que María se hiciera novia de Manolo aunque tú la quisieras y no le quitarías los cromos que le diste como prueba de tu amor. Significa, mi querido Rubencito, que tú no eres codicioso, que no tienes la sangre envenenada con la codicia. Si fueras codicioso, harías lo posible por que Manolo no fuese novio de María y le quitarías todos los cromos a ella, y sabe Dios qué más cosas harías por codicia y rencor. Ahhh Nono, ya voy entendiendo y qué es el rencor. Pues, le explicaba el abuelo, no aceptar las cosas y las decisiones de otros y querer vengarte. Tú no eres rencoroso, saliste a tu abuela. Yo tuve que aprender a no serlo y me costo mucho, más de media vida, pero esto es otra historia. Por hoy está bien Rubencito, debo ir a dormir mi siesta ¿Y tus hermanos? Se han pirado -dijo Rubén-…los voy a matar…

GALLO, EL ABUELO QUE SUPO REINVENTARSE A SÍ MISMO

Lo conocí rumbo a los noventa años. Conservaba el aspecto de haber sido un hombre de buen ver en sus años de juventud y un poco más allá y de costumbres que trascendían las modas y los manuales de buen ciudadano y mejor compañero que imponían los tiempos. Había nacido en Campo Florido, un pequeño pueblo cercano a La Habana, en el año bisiesto de 1924 y en el mes de las flores, mayo. Año que en la memoria de Cuba también quedará como el año en el que la provincia de Pinar del Río fue azotada sin piedad por el huracán Diez, el más poderoso que se haya registrado en la isla hasta estos albores del siglo XXI. Había nacido para experimentar una vida de novela romántica y de tragicomedia, al buen estilo griego. Barbero de oficio, periodista de profesión, diplomático y espía por imposición y come… por convicción.  

   Cuando conocí a Héctor Gallo, Emilia, su amada esposa, la horma de su zapato, seguía a su lado. Casi setenta años de andaduras y diabluras compartidas por medio mundo como pocas parejas humanas. El amor suele durar poco hoy en día. El amor, acompañando a los tiempos milenial, dura lo que dura un juego de moda. No es que el amor esté en desuso, sino, más bien, que el ser humano va perdiendo la cordura en aras de una locura efímera y virtual, como si no existiera mañana, como si la inmortalidad solo fuese un cuento de niños narrado sobre una pantalla de plasma. Cuando Emilia se fue de este mundo, Gallo siguió saludándola con un beso por las mañanas, no porque se hubiera vuelto loco, sino porque sabía que el amor nunca muere y que, de una u otra forma, los muertos están vivos y sienten el afecto que se les da.

El jardín de los afectos habla de amor en un mundo cargado de odios

   Gallo conservaba una memoria prodigiosa. Reconocía él mismo que era un don que venía a suplir, según relataba, su escasa inteligencia. Yo no podía opinar lo mismo. Para mí, un ser que es capaz de mirar el pasado sin rencor hacia sí mismo y hacia los demás por los errores cometidos y de vivir cada instante presente con el mayor amor del mundo, es un ser cuya inteligencia está más que mostrada. Lo demás es información. Gallo se comenzó a reinventar a sí mismo en el mismo año que la edad lo jubiló de sus labores al servicio de la Revolución. Siempre se sintió un marxista biológico, pero por encima de su ideología estaba el amor al ser humano, el amor a la humanidad.

EL GALLO QUE MIRABA LA MAR CON LA PASIÓN DE UN MARINERO EN TIERRA

A pocos metros de su casa-museo en Alamar, su jardín de afectos, su pedacito de cielo en la tierra del apóstol Martí, Gallo contemplaba las aguas violáceas del Estrecho de la Florida buscando respuestas a todo lo que estaba aconteciendo tras el derrumbe de la Unión Soviética y la orden del comandante Fidel de resistir a cualquier precio. ¡Aquí no se rinde nadie! ni ayer ni hoy ni nunca, se oía decir a viva voz a tantos que habían dado su juventud y su vida por aquel proyecto libertario y que amenazaba con ser pasto del desplome soviético. Gallo no era uno menos, pero estaba llamado a ser libre y no convertirse en un héroe de vitrina. Gallo comenzó a reinventarse de la mano del arte. Comenzó a trabajar con sus manos los miedos que le asaltaban en esta nueva etapa y comenzó a tallar su propia alma con las enseñanzas de su mamá y su papá.

Gallo y la memoria de una revolución de amor

Un hogar donde la decencia y el respeto comenzaba con la honestidad hacia los demás y donde la mentira era proscrita porque era vista como un aliado del diablo mismo. Era preferible callar que mentir. Siempre recuerda que fue un milagro llegar a este mundo, pues nació de una madre que ya estaba cerca del medio siglo de vida. Aun hoy, buscando la edad centenaria, he conocido pocas personas que, como gallo, al hablar de su madre pareciera que le están dando un abrazo, un beso, una caricia en su cabello. Gallo tuvo la imperiosa necesidad de reinventarse no para no morir de hambre, sino para comenzar a vivir la verdadera sensación de estar vivo en un mundo que gritaba su propia destrucción. Gallo nunca dejó de ser marxista, de creer que el mundo debía buscar en el marxismo la solución a la convivencia, pero enterró el fanatismo, el extremismo y con ellos, comenzó a contemplar el mundo del amor como el camino hacia la conciliación. Los demonios humanos son pocos y muchos seres son los que anhelan un mundo de convivencia en paz y equilibrio.

LOS ROSTROS DE GALLO

La ingente obra de Gallo está repleta de rostros. Su rostro. En cada una de esas caras, Gallo fue dejando todas sus preguntas con las respuestas que le iban llegando a través de sus propias manos convertidas en ángeles creadores. Los rostros de Gallo le hablan al mundo, al que vivió, al que dejó de vivir, al que le hubiera gustado vivir y solo alcanzó a soñar. Hablan sus rostros al oído, casi susurrantes.

Más vale un gallo cantarín que un gallo en el caldero

Los rostros de Gallo miran con amor a todo aquel que busca entre sus miedos al hermano que un día odio, aquel semejante que dejó de ser un enemigo para convertirse en un amigo con el que compartir el hoy y el mañana, sin ayeres que restaurar. Los rostros de Gallo tocan las campanas para que nadie olvide que la melodía de la vida está sonando por ti, por cada ser que viene a este mundo a amar y a perdonar. Las campanas del jardín de los afectos de Gallo esperan por ti, para darte la bienvenida al mundo de Gallo, donde nadie escapa a su amor y a su sabiduría. Una sabiduría aderezada por los años dedicados a encontrarse en cada uno de los rostros que fue dejando tras de sí.

LO APRENDÍ DEL ABUELO, LAS MENTIRAS DE FAMILIA

   Mi abuelo se fue sin despedirse. Un día de verano, sin ton ni son, con una horchata en la mano y la mente volando al Cancún de hace treinta años, la muerte le dijo ven. Y como acostumbraba a decirme mi abuelo cuando hablaba de cómo conquistó a la abuela, cuando la parca llegó también le dijo “si tú me dices ven, lo dejo todo…”. El abuelo fue quien me enseñó que la vida, la importancia de la vida, no la puedes buscar en lo que otros digan de ella, pues hablarán solo desde sus atalayas.

Siempre hay una última vez, siempre nos quedarán tantas cosas por hacer, por decirnos.

Él solía decirme que, desde Protágoras, el sabio griego, nadie había definido mejor el mundo de las creencias “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son”. Ya imaginan que nunca suspendí la asignatura de Filosofía del instituto, aunque, para ser sincero, entre la teoría y la práctica en el sumo arte de filosofar, nunca pude superar al abuelo. Él era un sabio a la antigua usanza. Lo preguntaba todo, lo cuestionaba todo, y nadie se enojaba con él pues todo el mundo captaba la inocencia con la que buscaba las cinco patas al gato. Sabía decir las cosas. Recuerdo la última lección que me dio antes que un golpe de calor lo llevará a otra dimensión, donde la abuela de seguro le estaría esperando para darle un beso y preguntarle qué tal tu día, Fermín. Me habló de las mentiras de familia.

DE CÓMO SURGEN LAS MENTIRAS DE FAMILIA

Las familias guardan sus secretos a través de las mentiras, me decías. Yo te miraba perplejo, con la cara de domingo de un adolescente que estaba ansioso por descubrir el mundo por venir y cometer el primer pecado contra la carne. Y por qué las familias tienen secretos, le pregunté al abuelo. Porque tenemos miedo a decirnos la verdad y tenemos miedo a decir la verdad porque tememos romper las tradiciones. Tenemos miedos porque somos cobardes, pero la cobardía de la que te hablo no es la que anhela disfrazarse de hombría, sino la que llora en silencio porque no encuentra el camino a decir lo que brota de su corazón. Mi querido nieto, me decías, nunca calles aquello que tu corazón grita, nunca dejes que nadie, ni tu propia familia, hablen por ti. La tradición existe para que cada nueva generación la cambie, la ponga patas arriba, la triture y se la dé a comer a los gatos. Me decías esto mientras una explosiva risa brotaba de tu boca y yo me contagiaba de ella. Y qué secretos tienes tú, abuelo, qué mentiras de familia me ocultas, le pregunté con más curiosidad que picardía. Me miraste a los ojos como nadie lo había hecho y nadie lo hará jamás. Me miraste con la ternura de quien da todo el amor del mundo sin esperar nada a cambio. Me miraste como quien mira los errores del pasado sin la losa de la culpa. Son muchos, me dijiste. Ya sabes que nuestra familia es de larga tradición, apostillaste mientras volvías a soltar otra carcajada.

LAS MENTIRAS DE FAMILIA Y LOS HELADOS DE VAINILLA

¿Qué helado es el que más me gusta? Me preguntaste mientras nos dirigíamos a una heladería veraniega en el parque del Buen Retiro para poder mitigar los cuarenta y dos grados a la sombra. Qué tontería me preguntas abuelo, toda la familia sabe que te derrites por los helados de vainilla ¿Viste? Nunca me gustaron los helados de vainilla. Desde muy pequeño me enseñaron que el sabor que me debía gustar no era el de chocolate, ni el de fresa, que era el preferido de tu bisabuela, sino el de vainilla, como le gustaba a tu bisabuelo. Puede parecer una tontería ¿no? Qué importancia tiene, total, realmente me gustan todos los sabores de helado que fui probando a lo largo de mi vida, incluso el de pistacho, pero ni de lejos el de vainilla es mi preferido. Cuando fui creciendo y abriendo mi mente al mundo, me fui dando cuenta de que nuestra familia era un tanto especial, pues tenía muchos secretos que guardar.

El abuelo me enseñó a dudar de todo aquello que me enseñaron a creer

El gusto de mi padre, tu bisabuelo, por el helado de vainilla no era producto de sus papilas gustativas, sino del rechazo a un antiguo amorío de tu bisabuela. Sí, oculto tras una cortina, tu bisabuelo se enteró cómo su esposa le traicionaba con su mejor amigo mientras saboreaban un helado de chocolate. Desde aquel entonces, a pesar que de aquel amorío no quedó rastro en la memoria de la familia, sí quedó la prohibición de tomar helado de chocolate en la casa familiar. Lo cómico es que, a mi padre, tu bisabuelo, antes de aquel incidente, le encantaba hasta enloquecer los sentidos el helado de chocolate. Aquel incidente convirtió a un simple sabor de helado en una de las tantas mentiras de familia que me moldearon, como te moldearon a ti. Pero no me preguntes más, pues te toca a ti indagar por ti mismo qué mentiras de familia te salpican directamente. No me gusta ni mentirme ni mentir, pero tampoco juzgar, pues como decía el sabio nazareno, quien esté libre de pecado, tire la primera piedra.

Las mentiras de familia nacen de miedos a romper las tradiciones

    Aquella lección del abuelo, que me dio antes de irse de este plano terrenal, me dejó marcado. Nunca conocí a mi bisabuelo, pero mi padre sí y recuerdo cómo hablaba y habla de su abuelo con una veneración divina. Tras la partida del abuelo fui inquisitivamente indagando en las mentiras de familia y pude comprender que mi bisabuela no le fue infiel a mi bisabuelo por un capricho de la carne, sino como respuesta a las infidelidades de aquel hombre victoriano que se negaba a ver el mundo con otros ojos que no fuesen la del imperante machismo de su época. A mi padre le encanta el helado de vainilla, pero a mí no me hace cosquillas y aunque en la casa se sigue comprando solo ese sabor, yo empecé a llevar mi helado de chocolate. Alguien dijo que me estaba convirtiendo en la oveja negra de la familia. Recordé al abuelo y me dije para mis adentros que prefería ser la oveja, aunque fuese negra, que el lobo. Nunca dejes de luchar por lo que tú creas, no por lo que te han enseñado a creer, me dijo el abuelo como última lección la mañana en la que teníamos pensado cenar juntos para contarme más secretos de familia. Se fue sin avisar. Siempre hay una última vez, siempre nos quedarán tantas cosas por hacer, por decirnos, pero estoy seguro que un día nos encontraremos y me terminará de contar los pormenores de la historia de aquel helado de chocolate.