LO APRENDÍ DEL ABUELO, LAS MENTIRAS DE FAMILIA

   Mi abuelo se fue sin despedirse. Un día de verano, sin ton ni son, con una horchata en la mano y la mente volando al Cancún de hace treinta años, la muerte le dijo ven. Y como acostumbraba a decirme mi abuelo cuando hablaba de cómo conquistó a la abuela, cuando la parca llegó también le dijo “si tú me dices ven, lo dejo todo…”. El abuelo fue quien me enseñó que la vida, la importancia de la vida, no la puedes buscar en lo que otros digan de ella, pues hablarán solo desde sus atalayas.

Siempre hay una última vez, siempre nos quedarán tantas cosas por hacer, por decirnos.

Él solía decirme que, desde Protágoras, el sabio griego, nadie había definido mejor el mundo de las creencias “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son”. Ya imaginan que nunca suspendí la asignatura de Filosofía del instituto, aunque, para ser sincero, entre la teoría y la práctica en el sumo arte de filosofar, nunca pude superar al abuelo. Él era un sabio a la antigua usanza. Lo preguntaba todo, lo cuestionaba todo, y nadie se enojaba con él pues todo el mundo captaba la inocencia con la que buscaba las cinco patas al gato. Sabía decir las cosas. Recuerdo la última lección que me dio antes que un golpe de calor lo llevará a otra dimensión, donde la abuela de seguro le estaría esperando para darle un beso y preguntarle qué tal tu día, Fermín. Me habló de las mentiras de familia.

DE CÓMO SURGEN LAS MENTIRAS DE FAMILIA

Las familias guardan sus secretos a través de las mentiras, me decías. Yo te miraba perplejo, con la cara de domingo de un adolescente que estaba ansioso por descubrir el mundo por venir y cometer el primer pecado contra la carne. Y por qué las familias tienen secretos, le pregunté al abuelo. Porque tenemos miedo a decirnos la verdad y tenemos miedo a decir la verdad porque tememos romper las tradiciones. Tenemos miedos porque somos cobardes, pero la cobardía de la que te hablo no es la que anhela disfrazarse de hombría, sino la que llora en silencio porque no encuentra el camino a decir lo que brota de su corazón. Mi querido nieto, me decías, nunca calles aquello que tu corazón grita, nunca dejes que nadie, ni tu propia familia, hablen por ti. La tradición existe para que cada nueva generación la cambie, la ponga patas arriba, la triture y se la dé a comer a los gatos. Me decías esto mientras una explosiva risa brotaba de tu boca y yo me contagiaba de ella. Y qué secretos tienes tú, abuelo, qué mentiras de familia me ocultas, le pregunté con más curiosidad que picardía. Me miraste a los ojos como nadie lo había hecho y nadie lo hará jamás. Me miraste con la ternura de quien da todo el amor del mundo sin esperar nada a cambio. Me miraste como quien mira los errores del pasado sin la losa de la culpa. Son muchos, me dijiste. Ya sabes que nuestra familia es de larga tradición, apostillaste mientras volvías a soltar otra carcajada.

LAS MENTIRAS DE FAMILIA Y LOS HELADOS DE VAINILLA

¿Qué helado es el que más me gusta? Me preguntaste mientras nos dirigíamos a una heladería veraniega en el parque del Buen Retiro para poder mitigar los cuarenta y dos grados a la sombra. Qué tontería me preguntas abuelo, toda la familia sabe que te derrites por los helados de vainilla ¿Viste? Nunca me gustaron los helados de vainilla. Desde muy pequeño me enseñaron que el sabor que me debía gustar no era el de chocolate, ni el de fresa, que era el preferido de tu bisabuela, sino el de vainilla, como le gustaba a tu bisabuelo. Puede parecer una tontería ¿no? Qué importancia tiene, total, realmente me gustan todos los sabores de helado que fui probando a lo largo de mi vida, incluso el de pistacho, pero ni de lejos el de vainilla es mi preferido. Cuando fui creciendo y abriendo mi mente al mundo, me fui dando cuenta de que nuestra familia era un tanto especial, pues tenía muchos secretos que guardar.

El abuelo me enseñó a dudar de todo aquello que me enseñaron a creer

El gusto de mi padre, tu bisabuelo, por el helado de vainilla no era producto de sus papilas gustativas, sino del rechazo a un antiguo amorío de tu bisabuela. Sí, oculto tras una cortina, tu bisabuelo se enteró cómo su esposa le traicionaba con su mejor amigo mientras saboreaban un helado de chocolate. Desde aquel entonces, a pesar que de aquel amorío no quedó rastro en la memoria de la familia, sí quedó la prohibición de tomar helado de chocolate en la casa familiar. Lo cómico es que, a mi padre, tu bisabuelo, antes de aquel incidente, le encantaba hasta enloquecer los sentidos el helado de chocolate. Aquel incidente convirtió a un simple sabor de helado en una de las tantas mentiras de familia que me moldearon, como te moldearon a ti. Pero no me preguntes más, pues te toca a ti indagar por ti mismo qué mentiras de familia te salpican directamente. No me gusta ni mentirme ni mentir, pero tampoco juzgar, pues como decía el sabio nazareno, quien esté libre de pecado, tire la primera piedra.

Las mentiras de familia nacen de miedos a romper las tradiciones

    Aquella lección del abuelo, que me dio antes de irse de este plano terrenal, me dejó marcado. Nunca conocí a mi bisabuelo, pero mi padre sí y recuerdo cómo hablaba y habla de su abuelo con una veneración divina. Tras la partida del abuelo fui inquisitivamente indagando en las mentiras de familia y pude comprender que mi bisabuela no le fue infiel a mi bisabuelo por un capricho de la carne, sino como respuesta a las infidelidades de aquel hombre victoriano que se negaba a ver el mundo con otros ojos que no fuesen la del imperante machismo de su época. A mi padre le encanta el helado de vainilla, pero a mí no me hace cosquillas y aunque en la casa se sigue comprando solo ese sabor, yo empecé a llevar mi helado de chocolate. Alguien dijo que me estaba convirtiendo en la oveja negra de la familia. Recordé al abuelo y me dije para mis adentros que prefería ser la oveja, aunque fuese negra, que el lobo. Nunca dejes de luchar por lo que tú creas, no por lo que te han enseñado a creer, me dijo el abuelo como última lección la mañana en la que teníamos pensado cenar juntos para contarme más secretos de familia. Se fue sin avisar. Siempre hay una última vez, siempre nos quedarán tantas cosas por hacer, por decirnos, pero estoy seguro que un día nos encontraremos y me terminará de contar los pormenores de la historia de aquel helado de chocolate.

LAS ESTAFAS DE LA JUBILACIÓN: pensiones mínimas

La vejez es el estado humano donde mejor se puede evidenciar el maltrato que sufre el hombre encadenado a modelos sociales inhumanos. Modelos sociales enfermos de indiferencia donde el dinero, el cómo conseguir dinero, se ha convertido en una institución religiosa de culto diario. El nuevo dios es el comercio y el beneficio a cualquier precio. El que nada tiene que comerciar ya sabe que lo que le resta es vender su vida, el tiempo de su vida, al mejor postor y negociar lo mejor posible su esclavitud.  Poco o nada  importa el modelo ideológico en el que se sustenta la esclavitud, pues en el fondo lo que prima, de todo este circo humano, es el hecho de que llegar a viejo puede ser no solo una pesada carga para el cuerpo, sino el sufrimiento provocado por no haber visto a tiempo los errores de sistemas políticos y económicos que querían reducir al ser humano a un mera mercancía de cambio o, quizá peor aún,a un ideal del manual del partido. Sí, lo sabemos, hubo tiempos que miraras donde miraras, solo había precipicios y nadie sabía volar.

La vejez es el período humano que mejor refleja el estado enfermizo de las sociedades humanas

ESTAFAS Y PENSIONES MÍNIMAS: EL ENGAÑO

Los abuelos de hoy, no importa en qué cárcel social se desenvolvieron en vida, si en la Rusia soviética o en la del zar Putin, en la del bolchevique infiltrado con su firstAmerica o en la del delfín Felipe y su corona de papel,  deberían ser recompensados y enaltecidos como verdaderos héroes.

La esencia de la vejez es reencontrase con el niño que fue y volver a vivir desde el Ser

Los abuelos de hoy han sido presa de ideologías donde el hombre fue deshumanizado en aras de las ideas y convertido en una mera sombra de sí mismo. Puede parecer cruel y muchos se consolarán con aquello de que el mundo es así, no lo he inventado yo o, peor aún, se culparán a sí mismos de los errores que la tradición les lego  en forma de valores. Valores de qué, de cómo asesinar en nombre del nuevo dios, Don dinero, o valores que cotizan en bolsa y que pretenden quebrar en el momento oportuno sin importar si esa quiebra deja en la calle a los abuelos del mañana.

Las ideologías políticas, económicas y religiosas han desfigurado el rostro de la vejez

Por supuesto que el sujeto humano es político por antonomasia, entendiendo por política el arte de organizarse en sociedad y no dejar al azar el sustento de la tribu y otros quehaceres menos apremiantes, pero antes de ser un sujeto político, debe ser un sujeto y eso no lo han conseguido ni los dispares sistemas sociales ni las religiones de turno que, digámoslo claro, se han unido al festín del saqueo humano, eso sí, en nombre de dios. ¡Válgame Dios! -diría Don Unamuno- 

   Los abuelos de hoy merecerán todo el reconocimiento de la sociedad que pueda surgir del salto social que vendrá cuando los abuelos del mañana decidan despertar del canto de sirena de las ideologías de la indiferencia. No es seguro que lo logren pues el circo de la deshumanización se ha encargado de hacer creer que en la lucha ideológica está la solución y no, no es así. La solución al mercadeo de los sentimientos y lograr salvar la humanidad del hombre  de las manos de un comercio a cualquier precio pasa, necesariamente, por un salto de conciencia individual. La sociedad debe servir para desarrollar a ese sujeto que un día pueda convertirse en un sujeto social y aportar al conjunto de la sociedad su capacidad creadora. Pero en la sociedad de hoy en día el individuo tiene su vista puesta en sobrevivir a cualquier precio sin darse cuenta que no hay salvación individual, sino colectiva. Ni los verdugos de hoy se salvarán de ser sus propias víctimas mañana. La paradoja está servida y la solución, gracias a Dios la hay, pasa por las nuevas tecnologías. Sí, empujados al precipicio, el hombre se dio cuenta que le salían alas para volar.

PENSIONES, ESTAFAS: EL DESENGAÑO

Los abuelos de hoy pueden vivir en el más cruel desengaño y pueden disimular su impotencia de mil formas distintas, incluso muchos de ellos solo tienen la opción de olvidar,  pero estoy seguro de que sus nietos sabrán aprender la lección y de alguna forma resarcir el engaño al que fueron sometidos sus abuelos.

Los Estados modernos han olvidado al hombre de carne y hueso para endiosar las instituciones que se han vuelto impersonales

   Hoy da vergüenza ajena ver cómo tienen que sobrevivir muchos ancianos, la gran mayoría, con pensiones miserables, en condiciones infrahumanas y muchos de ellos en una terrible soledad, aún puedan pagarse una residencia cinco estrellas. El abandono al que es sometida la vejez habla de las sociedades enfermas que el ser humano ha construido a la lo largo de la historia. Muchos ancianos han sido sometidos a tal presión que prefieren la soledad de su espacio, por pobre que sea, a seguir sintiendo los latigazos a que son sometidos a diario por el simple hecho de llegar a viejo y ya no estar en condiciones de jugar al juego de la explotación. Ya no pueden ser explotados como en su juventud ni consumen lo suficiente para ser rentables. Sí, sobre el papel, esta actitud hacia la tercera y cuarta edad no existe, es condenable, es bárbaro, pero en el mundo real, el que va más allá de la demagogia política, el desprecio a la vejez es la consecuencia lógica de un sistema social donde el hombre es un simple objeto de negocio, que se puede vender, alquilar, intercambiar o desechar, dependiendo del beneficio que una u otra cosa pueda dar.

La vejez, como la niñez, son los estados más cercanos a la esencia del Ser

   No es agradable escribir sobre las miserias de la vejez. Miserias que no vienen por su estado, por ese hermoso período de la vida en el que se pudiera dar aún lo mejor de sí por la experiencia adquirida, sino miserias que vienen de la mano por el más nefasto egoísmo que impera en cada átomo de muchos seres que dicen ser gobernantes y que solo son bestias endemoniadas en pieles humanas. Pero, sí, otro mundo es posible. Otro mundo en el que llegar a la vejez sea el regocijo de ir preparando el camino hacia el más allá, sin preocupaciones ni penurias materiales, donde la salud no esté en manos del beneficio a toda costa, sino en el equilibrio de una sociedad que ha encontrado su razón de ser en el desarrollo pleno del ser humano.

   A los abuelos del mañana solo desearles que lleguen despiertos a su vejez y recordarles que por muy altos que sean los obstáculos, más grande es la recompensa por salvarlos.

UN MOJITO CUBANO A LOS PIES DE LA TORRE EIFFEL

Querido nano, te escribo este correo porque me dijiste, antes de salir hacia Cuba, que no me olvidara de tomar un buen mojito o un par de ellos nada más llegara a esta tierra de tocororos y sueños violetas, a ser posible uno en la Bodeguita del Medio, en pleno corazón habanero, al lado de la casa que sirvió a Alejo Carpentier para ambientar  una de sus novelas y que hoy da cobijo a una fundación que estudia su obra y lleva su nombre. Pues ya lo estoy haciendo, mientras te escribo, pero estoy tomando mi primer mojito cubano en Varadero, bajo una sensual palmera y con un calor inclemente. Me están haciendo recordar estas palabras aquellos paseos por el Retiro, en pleno agosto madrileño y cuando me decías, si fueras un helado, estarías derretido. Como me gustaba jugar contigo. Bueno todavía disfruto mucho, muchísimo,  tu compañía, aunque ni tú ni yo tengamos ya edades para corretear persiguiéndonos uno al otro.

La juventud idealiza utopías fallidas que les han inoculado para mantener la inercia de un mundo hostil

   Anoche, tras la llegada al hotel y ya en la cama, esperando el despuntar del alba para comenzar a saborear el primer día en Varadero, estuve pensando sobre la historia que me contaste, tu primer mojito cubano a los pies de la torre Eiffel, allá por mayo del 68, en plena ebullición social y que amenazaba convertir la guerra fría en  algo más caliente en la vieja Europa.

CÓMO BEBER UN MOJITO CUBANO EN VARADERO ESTANDO EN PARÍS

Recuerdo que me contaste que aquel mes de aquel año estabas caminando por París, recién llegado de la Cuba revolucionaria. Fuiste a respirar por ti mismo aquellos sueños habaneros que un puñado de jóvenes fueron capaces de contagiar a todo un pueblo y a medio mundo. Unmundo que en aquella década aún vivía en todo su esplendor los golpes y sin sabores del mayor siglo ideológico de la historia humana. Aún, me confesaste, creías en las utopías políticas aunque ya el humo de los horrores, se sabía, no solo pertenecían a un bando. Aún el hombre se creía dueño y señor de una última y absoluta verdad y por ella no solo era capaz de morir, sino de asesinar y, quién lo diría, llamarse a sí mismos santos  libertadores. Aún el hombre no había despertado del sueño de una razón despótica vestida de humanidad a  la carta. El hombre no necesita imponer a golpes –no puede, me decías con una voz quebrada como para que nunca lo olvidase- lo que no brota de su corazón de una manera espontánea. No se puede obligar a amar al prójimo, mas hay que enseñar el amor antes de enseñar a contar y leer, me dijiste aquella noche antes de irnos a dormir.Llegaste de aquella Cuba revolucionaria cargado de ilusiones, demasiadas ilusiones, soñando con un hombre nuevo,  sin comprender aún que los paraísos humanos están dentro de sus propios infiernos.

Soñar un mundo social donde el hombre conviva en paz consigo mismo solo será posible cuando todos y cada uno de los recién nacidos sean educado para Ser

   Recuerdo que me fui a la cama con tu viva imagen, cuarenta años más joven. La abuela me había mostrado una foto tuya en una terraza de un café parisino con la torre Eiffel de fondo. Estabas jovial, radiante, el pelo alocado, a lo James Dean, brindando con cuatro camaradas más el principio de un final que nadie se atrevía a ver y menos a vaticinar. El miedo aún estaba a flor de piel y nadie quería volver a vivir los infiernos del otro. Aún el hombre, me decías, no había comprendido que el infierno es él mismo cuando encierra las ideas entre los muros de la razón. Después vendría para ti otros viajes más profundos, la India, Jerusalén y, sobre todo, el cielo nocturno del Gran Cañón del Colorado desde donde podías observar tu verdadero hogar, las estrellas ¡Qué vida has tenido mi querido abuelo! No me extrañan las palabras que un día me dijo la abuela refiriéndose a ti, si le aguanté los primeros veinte años, podría estar con él toda la eternidad y, lo mejor, no me aburriría ni me cansaría. Tienes un abuelo de otro mundo.

EL PRECIO DE UN MOJITO CUBANO EN VARADERO

Te diré que ya en este primer día de playa y mojitos me han contado las vicisitudes y penurias de este pueblo sacrificado, noble y valeroso. Son ya unas cuantas generaciones las que han pagado y siguen pagando demasiados intereses vitales por unos sueños que ya han perdido el color y el entusiasmo de aquellos años. Nadie entiende el porqué de dejar a Cuba a la deriva y perder el tren de los nuevos tiempos aunque no lleven a parte alguna. No solo ha quedado la urbanidad y los autos estancados en aquella década de Girón y de la llegada a la Luna, sino la mentalidad de tantos que  siguen empeñados en ver el mundo bajo el prisma de un solo color como si el arco iris de la existencia fuese solo un producto de la imaginación humana. Si, la melancolía que produce el ver una Habana media derruida también tiene su encanto. Es como si su gente estuviese esperando, contracorriente y de una forma inconsciente, que aquel mundo soñado por aquellos jóvenes idealistas, se hiciese  realidad de la noche a la mañana. Pero en el mundo real  saben que están solos, que nadie volverá a rescatarlos de los nuevos tiempos. Me cuentan que los cubanos ya no sueñan en colores, sino en blanco y negro y temen, cada día más, perder la misma capacidad de soñar, la única que les permite levantarse cada mañana y salir a luchar para resolver el día.

Verse a sí mismo en el universo es lograr verse a sí mismo en cada conciencia

   Tú, mi querido nano, me enseñaste a escuchar antes de hablar y a dejar que la gente encuentre por sí misma el camino de sus vidas y lo que cada quien tiene que aprender. Me enseñaste que el hombre sí necesita organizarse para vivir en sociedad, pero no para matarse entre ellos e imponerse unos a otros formas de convivencia inhumanas. Me enseñaste que las más cortas y pesadas cadenas son las ideologías que esclavizan al hombre a miedos que no le pertenecen, a miedos que han sido inoculados en la noche de los tiempos y aún siguen causando temor y destrucción de generación a generación. Me enseñaste que el respeto a la vida comienza respetando aquello que no nos gusta y a quienes lo defienden, pues si somos capaces de respetar, seremos capaces de escuchar y si somos capaces de escuchar, podremos dialogar y con  el diálogo siempre se abre un camino entre la selva de las diferencias. La solución nunca está en imponer, sino en educar, pues al final, como solías y sueles decirme, somos hijos de las estrellas que han olvidado su casa común.Cuando sepamos de dónde venimos y hacia dónde vamos, la locura que llevó al hombre a matarse entre sí por un puñado de verdades infértiles, no tendrán razón de ser. Siempre sueño que tienes razón mi querido nano. Estoy apurando este mojito y creo que serán más de dos y de tres, pues el día es largo y lo que sobra aquí , en la querida Cuba, es tiempo para apurar los pequeños placeres de la vida. No te preocupes, no conduzco.

Despertar al Ser es despertar a la libertad que no encadena al hombre a unas ideas

EL PRIMER VERANO

Nano, mi querido Nano, el pasado verano fue el mejor verano de mi vida. Hoy, víspera de la noche de San Juan, comienzo mi segundo verano sin ti. Recuerdo que antes de partir me dijiste, nieto, mi querido Javier, no me llega la muerte por sorpresa y ya estoy cansado de estos dolores que no me dejan dormir ni dejan que tus padre, y hasta tú mismo, duerman. Pero sabes, quiero que este verano que apenas comienza para ti se convierta en el mejor verano de mi vida. Recuerdo aún los ojos que pusiste y la sonrisa que esbozaste al ver mi cara de perplejidad mientras unas lágrimas brotaban de mis ojos.  Estábamos solos en la habitación del hospital. Mis padres se aferraban a lo imposible. No pudimos disfrutar el uno del otro el tiempo que nos debíamos, mejor dicho, que te debía, me dijiste en voz baja, como si quisieras que eso nunca hubiese sucedido. Sí, recuerdo que tu padre jamás disfrutó de mí, ni yo de él. Nos enseñaron a que el tiempo de nuestras vidas no eran nuestros, que lo debíamos hipotecar para que otros disfrutaran de su tiempo de vida. Nos enseñaron a mantener tradiciones que olvidaban el más preciado tesoro que tiene el ser humano, la compañía de sus seres queridos y el tiempo compartido. En aquellos años de mi juventud, como hoy, solo nos dejaban el tiempo para  sacrificar nuestras vidas para que otras vidas vivieran sus sueños. Su tiempo, su forma de medir el tiempo, no era el mismo que el mío. Nos engañaron, nos dejamos engañar y, peor aún, enseñamos a nuestros hijos a repetir y adorar ese engaño. La vida era así, le decía a tu padre. Es mentira, me decía a mí mismo con más temor que confianza, una burda mentira, me repetía. Una casa, un plato de comida caliente, una muda para los domingos, unos zapatos, quizá una radio, era lo que la guerra civil nos dejó en penitencia para los que no entendíamos el porqué de tanto odio, el porqué de una esclavitud con aroma a botas militares y sotanas negras, el porqué de una vida escrita en el dorso de un billete de banco.

¡Gracias abuelo!

   Abuelo, como me pediste, dejé a mis padres pasar el luto que la tradición impone. Yo, con el poco dinero que tenía ahorrado, me escapé primero a una pequeña isla griega, Samotracia. Me perdí entre sus cascadas naturales de agua fría y cristalina para encontrarme de nuevo caminando entre su naturaleza salvaje. Me acuerdo que me hablaste muy bien de este paraje, donde, me confesaste, habías encontrado el primer amor perdido. Fue después de la guerra. Cuando todo el mundo emigraba para las Américas, tú probaste suerte en una Grecia devastada por guerras civiles y aromas a una pobreza próspera en utopías. Te seducían Homero, Pericles, Sófocles, Pitágoras, Platón y tantos otros que durante tu infancia te comenzaron a perseguir para nunca caer en el olvido. En esta pequeña isla encontraste, sufriste y perdiste la pasión de una mujer que, me dijiste, no era de este mundo ¿Sabes? La fui a buscar y la encontré. Era diez años mayor que tú. Eso no me lo confesaste, pícaro, mi pícaro abuelo. Te recordaba con la misma pasión con la que tú la mencionabas. Aprendí de ella y de ti que las únicas horas vividas son la que se alimentan del amor. No hay otra fuerza en el mundo, me dijiste una vez. Por el amor somos capaces de crear, caer y levantarse. Por amor no nos dejamos seducir por la desesperanza ni por quienes se dejan arrastrar por los miedos. Diana recordaba aún cómo se robaron mutuamente el primer beso y cómo había tardado media vida en perdonar a su hermano por haberte golpeado por no estar de acuerdo en esa relación. Me confesó que tardó más tiempo en comprender tu llanto de despedida. Le prometiste que la volverías a encontrar en otra vida y que no importaba en qué estrella lejana fuese a nacer, tú la encontrarías y le volverías a robar aquel primer beso y le volverías a dar todos los besos que os estaban robando en esta vida. La última imagen que le dejaste en su retina la transformó, me confesó, en esos besos prometidos. Murió a las pocas semanas de yo regresar a casa y recomenzar mi rutina sin ti. Sé que os habéis encontrado de nuevo. Sé que la abuela no se sentirá mal, pues ella me dijo una vez que la eternidad es el espectáculo más hermoso del mundo, viviremos todas las vidas soñadas en todos los mundos posibles.

Te has ido físicamente, pero aún me sigues enseñando

   Dejé Samotracia para cumplir mi promesa contigo. Me dijiste que fuera al Monte de los Olivos, que caminara por Jerusalén sin destino fijo, dejando mis pensamientos vagar entre las piedras que un día tú caminaste. Me pediste que pernoctara al menos una noche bajo el cielo de Galilea y que te buscara en alguna de esas estrellas que brillan con más intensidad en esas latitudes durante el mes de agosto. Lo cumplí y menos mal que me habías dejado algún que otro dinerillo, pues la aventura en Grecia había terminado con mis ahorros. Recordé que una vez, no tenía más de quince años, me dijiste que nunca sacrificara el tiempo de la vida por un puñado de dinero, que el dinero si no sirve para devolverte la esencia de la vida mientras buscas el sentido de tu propia vida, no sirve para nada salvo para esclavizar al hombre a él. Me enseñaste a que nunca me esclavizara a nada ni a nadie. Me enseñaste que el amor rompe cadenas, no ata a nadie y que nada ni nadie tiene precio, sino tiempo de vida para experimentar ese misterio que nos lleva a preguntarnos tantas cosas y que muchas veces solo escuchamos el silencio por respuesta. Lo importante, me decías, es no dejar de preguntarse y entre pregunta y pregunta, no dejar de amar. Si te enseñan a odiar, y te enseñarán, me decías con ahínco, busca dentro de tu corazón el perdón. No hay otro antídoto contra el odio.

Nos encontraremos de nuevo, no importa dónde y nos reconoceremos

   ¿Sabes abuelo? Ya este será mi segundo verano sin ti y este año conseguí que mis padres me acompañen a Samotracia. Me dijeron que quieren encontrarte en aquellas aguas, en aquellas arenas doradas por un sol que nunca se apaga  y que quieren vivir en carne propia ese pedacito de ti que yo les enseñé por vez primera cuando regresé de Jerusalén. Nos vamos, me dijiste una vez, con tantos secretos como con tantos sueños que dejamos partir porque las tradiciones, tantas veces, son cadenas que nos atan a vidas que no nos pertenecen. Sé tú mismo. Eso intento abuelo. Mañana saldremos hacia Grecia. Ya te contaré.

   Tu nieto

Javier

No hace falta que te diga lo mucho que te amo

DE QUÉ VAS HABLANDO EN LA VIDA, RELATOS SALVAJES

La vida son relatos salvajes y cortos, me decía mi padre antes, mucho antes, de yo siquiera saber el poder profundo de la palabra. No fueron años perdidos, sino años impregnándose de las experiencias suficientes para hacer de los recuerdos un buen relato, algo que valiese la pena leer y releer cuando ya apetezca más un sillón que un paseo por el asfalto de la ciudad que me verá morir.

RELATOS SALVAJES PARA ADOLESCENTES

   Comencé a comprender la adolescencia en mi vejez, cuando tú, mi querido nieto, mi querido Ramón, me hiciste recordar con tus locuras aquellos relatos salvajes que yo mismo fui. Ver como tomaste la mochila y con un puñado de ropa y menos euros en el bolsillo, te encaminaste, literalmente, hacia Roma, la ciudad eterna. Me decías que tenías todo el verano para llegar y regresar.

El tiempo se mide en el perdón
Tardamos tanto en aprender que el amor se nutre del perdón

Cien días para hacer casi cuatro mil kilómetros entre la ida y la vuelta y un par de días más para encontrarte a solas con La Piedad, del incomprendido hombre del cosmos, Miguel Ángel Buonarroti,  y otro par de días más para caminar sin rumbo ni mapas por la ciudad que te vio nacer. Tu madre estaba destinada en Roma cuando tú te empeñaste en ver la luz por vez primera bajo aquel cielo romano antes de que regresarán a Madrid. Tu padre, mi hijo, nunca se lo perdonó a tu madre. Siempre pensó que se había provocado el parto porque, se empeñó en creer, tu madre quería que nacieras bajo la protección de San Pedro. Hoy perdieron la fe, uno, tu padre, en el dinero, tu madre en sí misma, y caminan juntos por tener pánico a caminar a solas. Tú eres distinto. Lo sé.

cruce de libros
Los caminos se cruzan para que los destinos se encuentren

No llevas el miedo por bandera ni quieres caminar por las sendas que te enseñaron. Crees en ti mismo porque crees en los otros. Todo lo contrario a lo que enseñé, equivocadamente, a tu padre. Siempre prediqué la desconfianza hacia el género humano, conocido y desconocido. Siempre pensé que la vida era un circo romano donde nadie estaba a salvo de ser devorado, bien por los leones, por un tridente o una daga o, más violentamente, por la voluntad de un emperador que se creía un dios. Hoy bendigo en silencio tus pasos y no sé cómo pedir perdón a tu padre y a tu madre por el daño que les hice. Sí, solo cometí los mismos errores que me enseñaron y que aprendí tan bien, pero a veces el castigo no es la comprensión del error, sino la indiferencia de quienes hemos dañado y no quieren perdonarnos. Una indiferencia que quisiera llevar también sobre mis hombros para evitar que un día les haga daño a ellos. Sí, tardamos tanto en aprender.

RELATOS SALVAJES PARA DORMIR EN PAZ

   No te quise contar nada porque ni yo mismo me lo creía, pero, ya me conoces, los chismes son el pasatiempo de estos tiempos.

se tú propio escritor
No dejes que otros escriban el relato de tu vida, pero tampoco intentes escribir la vida de nadie

Sé que no te gustan, pero este seguro llamará tu atención aunque vaya teñido con nuestra sangre. Tus padres, mientras tú estás a las puertas de Roma, cual Aníbal, me invitaron la noche pasada a cenar en vuestra casa. Iba a vivir el más salvaje de los relatos salvajes de mi vejez, el perdón de tus padres. Muchas veces había intentado acercarme porque ya hace muchos años no solo reconocí mis errores para mis adentros, sino que también aprendí a comprender que rectificar y pedir perdón  es la mejor forma de reconocer las faltas cometidas y reconciliarse con el peor de los enemigos, uno mismo y aquellas creencias fallidas que tanto daño nos hacen. No creas que son pocos los que no se atreven a dar ese paso, pues prefieren morir con el orgullo de sus errores a sabiendas que su actitud les envenena todos los días de su vida.

Se tu relato
Leer los relatos de otras vidas, ayuda a comprender el relato que vamos siendo ¿eres el escritor de tu vida?

Prefieren vivir a diario en sus propios infiernos que dejar atrás una vida equivocada y comenzar a vivir un paraíso en la tierra. Y tus padres, gracias a Dios, se sinceraron y me perdonaron y se perdonaron entre ellos. Me confesaron que había llegado el tiempo de caminar solos, que sus vidas ya no tenían más nada en común que lo mejor y más bello que les había sucedido en ella, tú. Desde ese punto se hizo la velada más larga de mis últimos años. Pasamos toda la noche usando el poder de la palabra para cerrar heridas y, sobre todo, para reafirmar que nos tendríamos los unos a los otros en cualquier momento que necesitásemos una voz amiga o unos oídos prestos a recibir cualquier miedo. Sí, la vida está preñada de miedos que no nos pertenecen y se empeñan en que los vivamos vivamente. Tú, ya te lo dije, eres distinto.

   Esa noche que se hizo mañana, ya te dije que se nos fue el santo y la hora al cielo, llegue a casa con la intención de escribirte, pero no quise ser yo quien te comunicara lo que tus padres estaban ansiosos de comunicarte, la decisión de volver a ser felices y buscar dentro de sí mismos lo que no pudieron encontrar afuera ni siquiera juntos.

mirada hacia dentro
Cuando caminas hacia dentro de ti, comienzas a ver el universo que eres

Lo que yo tardé casi una vida en comprender, a ellos le llevo media y a ti, mi querido Ramón, casi nada, pues aún viven en ti los mejores años de la juventud. Coincidimos todos esa noche que tú eras de otra estirpe aun cuando tengas los genes de todos nosotros. Algo hay en estas juventudes de hoy que superan con creces todas nuestras pesadillas. Muchos se empeñan en callar a quienes están llamados a ser libres por vez primera en la historia de la humanidad, pero esto es otro cantar sobre el que tendremos que platicar cuando regreses a Madrid, si regresas claro. No sé, se me ha pasado por la mente que quizá te enamores de Roma o de alguna romana. Mientras, guardo en borrador este correo que estoy loco por que leas.

Te amo Ramón

EL AMIGO DE LA INFANCIA

   Reconocí aquel rostro por una cicatriz, en forma de cruz, la Cruz de los Ángeles, que mostraba en el dorso de su mano derecha. No podía creerlo. No podía ser cierto. Hacía más de 60 años que le había perdido la pista y estaba ahí, a diez pasos de mí.

El mensajero
La riqueza genuina no consiste en acumular, sino en dar

Lo miré perplejo. Observaba cómo su brazo extendido y su mano, formando un cuenco, hablaban por sí solos de los años perdidos. No podía dar crédito. No hacía veinte años un amigo común me había dicho del éxito que había tenido José en la vida. Habiendo heredado la empresa de su padre, siguió el negocio familiar hasta convertirlo en una sociedad anónima de ámbito internacional. Se había casado con la mujer de sus sueños, la misma niña que jugaba con nosotros en el patio de mi casa. Tenía tres o cuatro hijos, me había comentado Roberto.

LA CRUZ DE LOS ÁNGELES DE JOSÉ

   Sentí pánico. No sabía si acercarme o no. El verano dejaba mostrar no solo los surcos de una tez golpeada por los años, sino una mirada anclada en un pasado que, fuese el que fuese, le estaba robando el presente ¡José! Grité para mis adentros mientras mis labios balbuceaban su nombre a medio metro suyo.

mirada encarcelada
Raptamos a nuestros hijos cuando encarcelamos sus sueños a la tradición

Me miró y jamás podré olvidar esos ojos que parecían luchar por recordar el pasado, mi nombre, sus recuerdos. Gambito ¿me recuerdas? Cuando escuchó el sobrenombre con el que solía, únicamente yo, llamarle, alzó sus cejas como queriendo reconocer en mis facciones al niño que fuimos.  Bajó la mirada como si sintiera vergüenza, como si mi presencia le hiciera sentir que el tiempo volvía para recordarle lo que él quería olvidar.

   ¿Quieres un café? atiné a preguntar sin saber siquiera cómo comportarme con aquel amigo con quien había compartido tantos instantes de mi infancia y juventud. Abandonamos aquella esquina de la calle Uría rumbo al café Rialto, el refugio de nuestros padres. En ese mismo refugio en el que nos confesamos el primer beso que robamos a nuestro primer amor. El suyo, siempre fue la niña de sus sueños. El mío fue cambiando a través de los años. Caminábamos en silencio. Le miraba la Cruz de los Ángeles, que parecía brillar en su mano con luz propia para señalar el alfa y omega de la vida, mientras intentaba adecuar mis pensamientos para no ofender la memoria de quien el destino, la suerte, alguna maldición o él mismo, le habían llevado a mendigar en las mismas calles que lo vieron nacer y triunfar.

Olvidar para nacer
Cuando los recuerdos se convierten en pesadillas, es hora de olvidar

Nos sentamos frente a frente. Pedí dos cafés y rechazó mi ofrecimiento para que tomara un pastel. Las milhojas de Rialto siempre le habían gustado, pero hoy las miraba como quien mira algo sin deseo.

LA HISTORIA DE LA CRUZ DE LOS ÁNGELES

   Tardé en reconocerte -comenzó a decirme mientras el pulgar de su mano izquierda acariciaba la Cruz de las Ángeles de su mano derecha-  porque desde hace mucho me juré a mí mismo que el José de siempre, el que había triunfado en la vida, el que había seguido los cánones del éxito, según la tradición, había muerto en aquel día que descubrí que todo el oro del mundo no compra un segundo de paz con uno mismo.

buscando paz
No hay dinero que compre la paz interior

Una paz que siempre busqué fuera, según los mandamientos que heredé de una tradición que me enseñaba cómo amar, a quién amar y cuándo dejar de amar. Una paz que estaba bañada en el oro de las apariencias y de las buenas maneras. Pero las buenas maneras eran simples caretas que escondían los más bajos sentimientos. No sé cómo ocurrió, amigo, mi amigo Alfil -así me llamaba José cuando éramos niños- . Un día descubrí que en la niña de mis sueños jamás había estado yo en sus sueños ¿te recueras? Era demasiado bella para ser impura, pero el corazón no sabe de apariencias, sino de sentimientos verdaderos y por mucho que los ocultemos, tarde o temprano, siempre se manifiestan. Fue un duro golpe, pero me repuse. Otro día vi a mis hijos partir hacia sus propios éxitos con las mismas reglas que yo les había legado. Con cuánto amor hacemos daño a quienes más amamos. No quisieron saber nada de la empresa familiar, ese negocio en el que dejé la piel para verlo crecer. Mi padre me había enseñado a ganar dinero, a multiplicarlo. Fui uno de los mejores en ese arte de olvidar las vidas que se martirizan por la generosa y noble causa de acumular en las arcas un puñado de oro  ¿Sabes cuánta fortuna llegue a poseer?

contradicciones
La genuina riqueza no se ve ¿Quién es el rico, quién el pobre?

Ni yo mismo lo supe jamás con certeza, tampoco me importaba. El reto era llegar a ser el mejor, a tener más, a cualquier precio. Un día lo perdí todo. Tampoco me importó. Ya en ese entonces mi existencia estaba tan vacía como lleno de diamantes el mundo que estaba a punto de mostrase ante mis ojos. Un día me vi durmiendo en un albergue público y comiendo en un comedor social. Ese día supe que era libre. Comencé a recorrer caminos que en otras épocas atravesé con el último Audi del año. Comencé a ver los paisajes de entonces a la velocidad de mis pasos. Fui descubriendo todas las mentiras de mi vida. Sé que tengo nietos que no conozco porque un día llamé a cada uno de mis hijos para pedirles perdón, perdón por no haberles enseñado que la vida no es lo que les había enseñado.

Hay pasos lentos que te llevan lejos
Despertar al espíritu no es una cuestión de velocidad

Tampoco me hicieron caso. Hay heridas que tardan en cicatrizar y lecciones que solo se pueden aprende solo y a su tiempo. Nadie es maestro de tu vida y por mucho que quieras no alargas ni acortas un segundo de tu existencia. Solo tú puedes alcanzar tu propio ser cuando has tirado a la basura la máscara que te ponen al nacer, ese cúmulo de creencias y tradiciones que llevan a la muerte a tantos y tantos sin siquiera llegar a conocerse a sí mismos.

    Hace unos meses decidí regresar a estas calles. Quería ver con mis propios ojos las calles que un día recorrí siendo distinto al que hoy soy. Cada instante, cada presente, nos convertimos en otro, más sabios, más humanos, pero nos empeñamos en poner fronteras a nuestro espíritu para encerrarlo en cárceles que nos sean familiares. Necesitamos zonas de confort que  permitan mantener al ego sin sobresaltos, hipnotizado por los éxitos efímeros de tiempos que creemos nunca acabarán. Apenas llegué ayer y hoy me encontraste, amigo Alfil. Parece que fue ayer que jugábamos al ajedrez. Recuerdo nuestro último juego, venciste.

EL ARREBATO DE LA CRUZ DE LOS ÁNGELES

   Recuerdo aquel último día que también fue nuestro último juego. No vencí aquella partida. José me dejó vencer. Acostumbrándose a las leyes de la tradición familiar, algo había en él que rechazaba esa regla de oro del éxito, no te importe arrasar a quien sea con tal de ganar. Primero tú y tu familia, luego tú y tu familia. Si queda tiempo y dinero, comienza siempre por las más fieles a tu causa.

Sin ser un juego, la vida se convierte en un juego: tomar conciencia de sí mismo como parte del Todo y de todos

Quedé con José para vernos al día siguiente. Nunca apareció a la cita. Lo busqué. Temí lo peor y lo peor se dio. En su entierro solo estábamos presentes el cura, los sepultureros y yo. Era un año más joven que yo, pero sin duda vivió muchos más años que yo. Nunca tuve el valor de romper con aquello que me ató nada más nacer. No fue por ignorancia. Todos sabemos dónde está el bien y el mal, lo que está bien y lo que está mal, para nosotros y para los demás, sean o no familia, pero pocos se atreven a renunciar a sí mismos, a su yo,  para encontrase a sí mismos. José ganó la última partida, hoy lo sé. La Cruz de los Ángeles hoy brilla de otra forma en mi recuerdo cada vez que paso por aquella esquina donde lo encontré, después de tantos años, por  primera vez y última vez.

EL ABUELO EMIGRANTE

Ramón, mi querido, recordado y único nieto. No te puedes imaginar cuánto te extraño. Aquí, encerrado en esta jaula de oro, entre paredes que no me dicen nada de quien fui ni de quien soy, dejo volar mi imaginación hacia ti. Recuerdo que naciste casi en medio de la nada, en una Patagonia que tu madre, mi hija, se empeñó en visitar, con ocho meses de embarazo, para ver con sus propios ojos las penurias de mi juventud.

nada es sin amor
El lujo de un hogar es el amor que habita entre sus paredes

Quien no ha vivido la aventura de la migración forzosa, buscando un pedazo de pan que alimenten otros sueños, jamás entenderá la soledad vista desde la amargura de estar lejos de los tuyos, de tu gente, de tu barrio, de tus calles. Naciste de milagro y, hoy sé, por la intercesión del Padre Pío. Solo a las mujeres como tu madre el desafío de lo desconocido les trae sin cuidado. Por alguna extraña razón, saben que el destino no está escrito en los miedos, sino en la vida que día a día se muestra y se llena con pequeños gestos de amor y valentía. Una vida que no es una lucha, como nos enseñaron, como enseñé a mis hijos y como te enseñé a ti. Uno tarda en comprender y aprender, pero aún más en rectificar lo que por tradición recibimos. Al menos, ese fue mi caso.

Se puede cuando el amor lo anhela
Se pueden trascender las tradiciones fallidas

Y quiero darte las gracias porque tú, siendo mi nieto, mi querido nieto, me ensañaste que no hay fronteras más peligrosas que las que uno se traza a sí mismo. Nos enseñaron, a mí y mis hermanos, con mucho amor, que hay cosas imposibles cuando en realidad lo imposible, lo que no puede ser, es negar la capacidad del ser humano para superarse día a día, generación a generación, e ir alcanzando otros territorios, otras formas de entendernos a nosotros mismos en medio de este universo que se abre cada noche a quien se deja acariciar por la verdad y el amor. Tantas veces cortamos las alas de nuestros hijos por amor, tantas veces. Pero todos los días sale el sol y sale para todos. Eso me dices siempre. A mí me gusta mirar las estrellas también porque de ellas venimos y a ellas volveremos. Sí, sé que tú me acompañas en esta visión de lo desconocido para tantos y tan familiar para nosotros. Pero ¿qué quería decirte?

LAS HERIDAS DE LA INMIGRACIÓN

    Pasé casi toda la vida fuera de mi tierra, en la Pampa Argentina primero, después en Venezuela y terminé en México. Perdí a la mujer de mi vida, tu abuela, y con ellas a mis hijas, por causa de faldas y amores bajo palmeras. Nunca valoré el amor que me dio tu abuela hasta que llegué a pasar esta última etapa de mi vejez en esta prisión de lujo, en las costas mallorquinas. Sí, no me falta el dinero que tantos y tantos claman para poder comer siquiera.

Deshumanización del hombre
El rostro de la falta de humanidad de las sociedades enfermas

Otros tienen que quitarse el pan de la boca para mandarle el dinero a sus familias , allende el Estrecho, allende el Atlántico y puedan comer ese pan que él se priva. El amor lo da todo sin esperar nada a cambio. Son tantas las injusticias humanas que han visto mis ojos a lo largo de mi vida y tantas veces miré hacia otro lado. Me preocupé solo de sobrevivir a esta barbarie y acumular, acumular y seguir acumulando dinero para que no tuviera que pasar yo y mi familia por tantas penurias. Sé lo que es el hambre porque el emigrante, las más de las veces, sale de su país con una mano adelante y otra atrás, como me decía tu abuela. Fueron muchas lágrimas derramadas hasta el día que dije ¡basta! Ese día, sí, comencé a prosperar y en muy poco tiempo pasé de estar casi en la calle a conseguir aquella primera casa en la que nació tu madre. Pero ese día de aquel “basta” también empecé a morir un poco como ser humano. Hoy lo sé y casi saboreando la muerte, que no me asusta, lo confieso. No solo perdí a tu abuela a los pocos años de nacida tu mamá y tu tía, sino que fui perdiendo la cordura de saberme hombre entre hombres y no entre enemigos o seres ajenos a mí. Cuando el hombre deja fuera de su visión y su realidad la tristeza y las desgracias de los otros, deja de ser hombre él mismo y se convierte en una simple marioneta de tradiciones heredadas para seguir manteniendo este circo humano de sufrimiento y muerte. Por qué el ateo no puede comulgar con un creyente. Por qué se incita a odiar a lo distinto en la superficie de las costumbres.

esperanza
Por qué…tú, querido nieto, me enseñaste a ver lo que ya había olvidado

Acaso ver a nuestros niños jugando en un lodazal, en una aldea perdida de África, con la pobreza como bandera y comida, no es suficiente para darnos cuenta de que todos llegamos puros a este hermoso planeta. Me niego a creer, y sí, también tú me lo enseñaste, que estamos determinados a odiar a nuestros semejantes porque son diferentes en costumbres, hábitos o creencias. Somos más que la suma de todas nuestras diferencias. Prefiero pensar que ese odio inculcado es producto de la ignorancia de otras épocas y que vosotros, los milenials de hoy y de mañana, puedan conquistar la tierra del hombre del mañana, su alma, su Ser.

EMIGRANTES SIN FRONTERAS

   Querido Ramón, no sé por qué te estoy escribiendo. Ya, ya recuerdo. No sé si vendrás en estos días a visitarme, pero quiero darte una sorpresa. Decidí que estas paredes sin vida que me acompañan mañana, tarde y noche, vuelvan a latir de esperanza. Sabes que compré una casa con demasiadas habitaciones, demasiados baños, para un anciano que va despojándose, poco a poco, de lo que nunca fue. Así que he decidido dar acogida a inmigrantes, no solo techo, comida y alimentos, sino esperanza. Hablarles de mi vida quizá me sirva y les sirva de algún modo. Quizá siga siendo un egoísta, pues sé que lo que voy a recibir de ellos es mucho más de lo que yo pueda darles.

sociedad enferma por el odio
En una sociedad enferma, todos somos refugiados

El amor y la calidez de sus sueños no tienen precio. Pero sabes, no lo hago por sentirme acompañado, ni por limpiar mis errores de antaño, sino porque, rozando el misterio, soy otro, aquel que fui de niño y recuerdo que de niño, nunca te lo conté, soñaba cambiar el mundo. Ahora, a estos años, comprendí que quien tiene que cambiar para cambiar el mundo es uno y no el mundo. Te espero. No sé que día es ¿martes? ¿jueves?  pero ya llamé a aquella ONG de la que me hablaste y ya mañana llegarán los primeros inmigrantes a mi casa y yo me convertiré en su primer refugiado.

   Te amo Ramón. Saluda a tu mamá y a tu abuela.

EL ARTE DE ENVEJECER FELIZ

Edades encontradas
Qué edad es la correcta para jubilarse y disfrutad de la nueva etapa de la vida

   Envejecer feliz no es algo que ni siquiera se planteen los jóvenes menores de 40 años y, si me apuran un poco, tampoco los que sobrepasan esta edad y aún no han llegado a esa edad en la que la sociedad te desecha para tu bien, dicen, para tu descanso y deciden que has de jubilarte. Por cierto, y al respecto, qué edad es la ideal, la correcta, para disfrutar con vitalidad y plenitud los años dedicados al conjunto social. Es una gran hipocresía social, heredados de sistemas ajenos a la felicidad humana y solo centrados en el beneficio económico de una pequeña parte de la población, el plantear si quiera alargar la edad de jubilación para seguir alimentando a una economía que ve la vejez desatendida como un problema más familiar que social y al hombre mismo como una mera mercancía más de un sistema productivo egoísta. Hipocresía pura y dura que solo puede manifestar, una vez más, la impersonalidad y deshumanización de un sistema económico y político que ha olvidado la esencia del hombre, su Ser.

La vejez no se vende
La vejez no es un valor en bolsa

 

 

 

 

 

EL ARTE DE ENVEJECER FELIZ SIN MIRAR ATRÁS

   Suelen decir que todo pasado fue mejor. Es una mentira y un método de control. Es una mentira porque solo el presente es el tiempo real de la existencia.

La felicidad se vive en el presente
El tiempo de la felicidad solo se conjuga en presente

No importa cuán desgraciada pudo haber sido y sea la vida de alguien, siempre se puede cambiar el ahora, el presente. Siempre se puede, digan lo que digan. Si eres de esos abuelos que han llegado a este período de la vida habiendo trabajado como un loco y a destajo para alimentar a tus hijos, a tu familia, y has vivido inmerso en un tipo de sociedad completamente deshumanizada, solo preocupada por el interés y beneficio económico de una minoría, y no encuentras la forma de encajar con los nuevos tiempos de jubilado, solo tienes que saber que sí puedes encontrar la felicidad en tu tiempo presente. No hace falta refugiarse en las zonas de confort de un pasado que, por sí mismo, y en muchos casos, solo fueron espejismos en el desierto de la deshumanización de la sociedad. Sí, la familia, los seres queridos, son el natural refugio de los malestares, pero no podemos olvidar que en las sociedades enfermas, nadie está inmune a la indiferencia y nuestros jóvenes están viviendo en tiempo presente lo que para los abuelos es agua pasada. Sin embargo, romper la inercia para alcanzar la felicidad en la vejez es posible con poco esfuerzo, pero con mucha tenacidad.

Confusiones interesadas
Algunos confunde GOLD (oro) con GOD (DIOS)

Se necesita poco esfuerzo porque solo depende de ti y sí necesitas mucha tenacidad porque has de romper la inercia que te hace pensar que todo tiempo pasado fue mejor o, peor aún, creyendo que el tiempo ya no te pertenece. Mientras tengas vida, tuyo es el tiempo.

FORMAS DE ENVEJECER FELIZ EN LOS TIEMPOS DE INTERNET

   Aún para los que todavía queda lejos la edad de la jubilación, puede parecernos el mundo de internet como un cuento de fantasía, como algo que disfrutamos sin comprender el alcance real de lo que significa ese instrumento tecnológico. Sí, los más jóvenes, inmersos en la red desde que han nacido, ven el mundo de otra manera. Quizás las nuevas tecnologías puedan servir para algo más que rentabilizarlas económicamente a través de mil y un plataformas nacidas y diseñadas, en tantos casos, para fomentar el olvido y el sin sentido desordenado de los tiempos presentes.

El futuro está en la red
La red es el camino hacia el futuro lleno de presentes

Las nuevas tecnologías no solo han venido para enriquecer más un sistema económico obsoleto e inhumano, sino, quizá también, para trascenderlo y los más ancianos, digan lo que digan, tiene la ventaja, la enorme ventaja, de haber vivido en un mundo donde las comunicaciones no solo eran lentas y tediosas, sino muy tergiversadas. Muchos de ellos recién en su senectud han comenzado a ver el mundo de engaños en los que nacieron y vivieron. Muchos de ellos desean encontrar su verdad y no la  verdad que les impusieron a sangre y fuego. La felicidad en los tiempos de internet está dejando de ser una cuestión ajena al individuo, como gustaba fomentar pasados recientes y que ponían el pódium de la felicidad en cualquier ideología de masas gregarias que se hacía pasar por humana.

Tú puedes encontrar tu lugar
El reto es vencer las creencias fallidas

Hoy, los abuelos, como la mayoría de los mortales, incluidos los milenials, aún sin saber cómo funciona la red, pueden buscar la felicidad en la misma búsqueda de sí mismos. En ningún tiempo pasado la felicidad estuvo tan visible y tan a la mano como en estos tiempos de gigas y viajes virtuales. Sin embargo, se sigue fomentando que la felicidad es algo fuera del individuo, que hay que perseguir para, a crédito o al contado, comprarla.

ENVEJECER FELIZ SIN TARJETAS DE CRÉDITO

   La felicidad es el estado natural del Ser. Envejecer feliz no es una cuestión de tener, de posesiones, ni si quiera carnales en nombre del amor, sino de reencontrase a sí mismo tras tantas cortinas de humo que la civilización económica siembra en cada neonato que llega a este mundo.

Eres muchos más de lo que puedas alcanzar a tener
Tu Ser no sabe de tu tener

El Ser humano nace emocionalmente herido por llegar a un mundo, a una sociedad, y ninguna se salva hasta los presentes, ajena al sentido del Ser. La tradición, la malsana tradición, transmitida de padres a hijos, de generación a generación, no ha podido frenar la inercia que representa el ver el mundo, las relaciones humanas, en base al conflicto e intereses encontrados, cada cual defendiendo su realidad bajo el prisma de sus creencias, la mayor parte fallidas y solo destinadas a seguir separando a unos hombres de otros. Sin embargo, estos tiempos de internautas, incluidos nuestros abuelos, pueden representar esa fuerza nunca antes vista que permita no solo frenar esa inercia malsana, sino de cambiar realmente el rumbo de nuestras sociedades. No se trata de envejecer feliz con una tarjeta de crédito sin límites, sino de encontrar la felicidad dentro de uno mismo y poder transmitirla en cada acto de nuestras vidas. Un abuelo feliz contagia felicidad a su entorno y no se pueden imaginar el poder que tiene ver a nuestros abuelos felices a la hora de cambiar el mundo.

Su despertar es el despertar de la humanidad
Temen el despertar de los abuelos

No crean que es mentira la actitud generalizada de indiferencia hacia nuestros abuelos, aunque la maquillen de políticas sociales y humanas, y que solo persigue el fin de mantener a nuestros abuelos en el limbo de otros tiempos. No quieren, bajo ningún concepto, que nuestros abuelos despierten y transmitan su vida, su verdad. Muchos de los que hoy dirigen estas sociedades deshumanizadas saben que el día que los abuelos despierten, otro mundo virtual y real nacerá.

LA ABDUCCIÓN DE MI ABUELO

Esta historia me la relató mi abuelo poco antes de morir. Yo tenía catorce años y él cerca de los noventa. No los cumplió. Me dijo que nunca se la había confiado a nadie porque siempre sintió miedo de que se burlaran de él o, peor aún, que lo tomaran por loco. Me dijo también que yo le había demostrado ser lo suficientemente abierto de mente, a pesar de mi edad, para contarme lo que le sucedió aquella mañana helada, propia de un invierno burgalés, cuando apenas contaba veinte años.

¿QUÉ ES UNA ABDUCCIÓN?

   Era la década de los cincuenta. Burgos aún respiraba los aires de los primeros años de la posguerra dejándose acariciar por una cierta industrialización. A sus calles llegaría mi abuelo en busca de la prosperidad que al campo le era negada. Era oriundo de una pequeña aldea del occidente asturiano, Moal.

Camino al paraíso
Moal, Paraíso, ayer y hoy

En aquellos años, me decía mi abuelo, el futuro pasaba por bajar a las minas cercanas o dedicarse a las faenas de un campo que había que mimar con las manos minuto a minuto para a comer al menos una vez al día. Él, sin embargo, soñaba con otros mundos, quería buscar su propio paraíso. Así llegó a Burgos, a la casa de los padres de quien más tarde sería mi abuela. Allí comenzó realmente su pasión por las estrellas. Me contaba cómo iban cada noche, a escondidas, mi abuela y él, a la ermita de San Amaro para contemplar el cielo estival y robarse unos besos uno al otro. Cuando el invierno hacía imposible aquellos pequeños placeres, cuenta mi abuelo que, sin saber por qué, decidió un 20 de enero acercarse a los prados adyacentes al santuario.

La ermita
El santuario de San Amaro

No sabe cómo llegó allí y si eran las diez o las once de la noche. Un frío que helaba cualquier pensamiento y que atravesaba esa montaña de ropa que lo abrigaba se apoderó de él y, cuando estaba a punto de despertar de esa locura, sintió el calor de una luz que lo cegó y le calentó hasta el último centímetro de piel. Se sentía desnudo y como sumergido en un mar en calma.

 

 

LA ABDUCCIÓN QUE VIVIÓ MI ABUELO

   Mi abuelo era letrado y se había leído las obras del perseguido y quemado monje Giordano Bruno.

Giordano Bruno, el monje que ni la hoguera pudo impedir que viviera sus sueños

Cómo él, soñaba también con mundos distantes pero no tan distintos en cuanto a los seres que los habitaban, pues todos eran, pensaba para sus adentros, hijos del mismo Dios. Aquella noche, sin embargo, pudo ver con sus ojos y sentir en su alma la verdadera naturaleza de Dios y el universo que lo permea. Sí, me confesó mi abuelo que estos seres que lo llevaron no sabe a dónde, de alguna manera le hicieron comprender algunas cosas y entre ellas que el universo no pertenece a Dios, es Dios mismo. Que los distintos seres que lo pueblan no difieren tanto en su morfología, sino en su camino hacia reconocerse como partes de esa Conciencia Divina que lo impregna todo. No somos seres de carne y hueso, venía a decirme, sino espíritus que encarnan para que Dios experimentase todas las formas posibles de ser. El tiempo era una ilusión de ese espíritu que se encarna y vibra en busca de sí mismo. Realmente nadie hubiera creído a mi abuelo, pero yo sabía que no me mentía, que era incapaz de sembrar en mí alguna falsedad y mucho menos ofender a esa divinidad que, desde entonces, mi abuelo ama sin nombrarla, sin darle más atributo que ser puro Amor. Sí, también le enseñaron que el Amor no es un estado de la conciencia del ser humano, ni siquiera de otros seres del universo, de la infinidad de seres que pueblan el infinito, sino es Dios mismo creando y recreándose en cada Conciencia que brota de Él mismo.

REGRESANDO DE LA ABDUCCIÓN

   Me contó mi abuelo que tras su regreso habían pasado cinco horas y que despertó en su cama como si nada hubiese ocurrido, pero él sabía muy bien que lo vivido no había sido un sueño ni un delirio. Los zapatos aún embarrados daban fe de la experiencia vivida. Estuvo días sin mediar casi palabra. Hasta mi abuela llegó a pensar que había otra mujer, que su comportamiento era como el que ocultaba algo. Jamás se atrevió mi abuelo a comentar nada de nada, ni siquiera a ella, que era a quien más amaba en este mundo. Mi abuelo quiso dedicarse a la astronomía, pero en aquella época, en aquella España católica, apostólica y romana, donde los astros estaban aún al servicio del clero, aunque hacía ya años que el sentido común iba penetrando, poco a poco, las mentes obtusas de la iglesia, no había lugar para él y su nueva visión del mundo.

La mirada hacia el infinito
Mirando el infinito

Optó por estudiar la mejor carrera posible, hacer feliz a mi abuela. Pudo entrar en el negocio de la fotografía, montar su propio estudio, con ayuda de mi bisabuelo, e ir, poco a poco, escudriñando más y más los cielos burgaleses en busca del infinito. Nunca dijo nada del porqué de esa afición, ni siquiera cuando compró su primer telescopio y lo instaló en el ático de la que hoy en día es la casa de mis padres. Él sabía que aquello que buscaba ya lo había hallado hacía muchos años, pero cada 20 de enero, no importaba  el clima ni las circunstancias, siempre volvía, a las diez de la noche, al santuario de San Amaro. Pasaba, ya no tantas horas como en los primeros años tras la abducción, mirando los cielos nocturnos como quien se mira a sí mismo en el espejo. Desde algún lugar, lo sabía, lo estaban observando y, aún más, cuidando y, aún más, amando.

YO SÍ ESPERO MI ABDUCCIÓN

   Tenía catorce años cuando mi abuelo me contó su experiencia y yo, que quería ser futbolista, pues los estudios no eran mi fuerte, me dediqué a estudiar lo que él soñaba ser. Y no me arrepiento, soy doctor en astronomía y me fascina lo que hago.

No estamos solos
Millones de planetas esperan a ser descubiertos

He descubierto más de un exoplaneta y estoy seguro que seré uno de los primeros en dar la bienvenida oficial a esos seres que pueblan el universo y que, nos guste o no, lo admitamos o no, lo aceptemos o no, están ahí, observando a que el hombre deje de mirar el universo con miedo o perplejidad y pueda reconocerse como hijos de las estrellas. No tengo miedo a expresar mis opiniones, aunque camino a la tercera década del siglo XXI, aún hay mentes que no quieren ver más allá de sus creencias limitadas y fallidas, más allá de sus saberes sujetos a fórmulas tergiversadas del hombre y de la vida. Razón tenía mi abuelo cuando le pregunté por qué no se había atrevido, ya de mayor, a contar lo que más que visto había experimentado en todo su ser  y me contestó, mirándome a los ojos, el hombre no puede ver con los ojos lo que su mente no es capaz de ver y menos aún puede comprender con la razón, con la mente, lo que su corazón no es capaz de amar. No sé bien por qué me lo dijo, pero intento, desde entonces, ver las estrellas con el corazón y, sorprendentemente, siempre encuentro nuevos datos que me llevan a convencer a aquellos que se niegan a ver y si no me llevan a convencerlos, que tampoco es mi tarea, sí a callarlos.

   No sé dónde estás abuelo, pero sé que estás viviendo lo que en este mundo soñaste cuando mirabas el infinito.

QUIERO UN ABUELO PARA NAVIDAD

Los deseos no bastan para hacer de una buena intención algo real. Para construir la realidad se necesita también ejecutar la voluntad de querer alcanzarla. Los deseos, muchas veces, solo son refugios para calmar la mente de muchas frustraciones. Abuelos y navidad pueden parecernos conceptos que no casan, que, a lo sumo, se encuentran en esas fechas por un efecto colateral de tradiciones que no comprendemos y seguimos con ellas por una inercia visceral. Sin embargo, para ahondar en esta afirmación, he aquí el relato de un nieto que nunca conoció a su abuelo y jamás pudo pasar una navidad junto a él.

CONOCÍ A MI ABUELO POR NAVIDAD

   Cuando pregunté a mi papá por mi abuelo, su papá, era víspera de Navidad y tenía yo siete años.  Solo me contestó que el abuelo hacía mucho no estaba entre nosotros, que estaba en el cielo. Siguieron los años de la inocencia marcados por esas palabras sin preguntar más. Cuando cumplí trece años supe la verdad.

MI abuelo comenzó a vivir en mí a los trece años

Mi abuelo no estaba muerto, solo mis padres así lo creían por cosas que no comprendía en ese entonces. Siguieron pasando los años de la desconfianza y la rebeldía. La nostalgia por mi abuelo continuaba creciendo hasta que un día, a escondidas, pude conocer su bello rostro en fotos. Encontré una vieja fotografía en un aún más viejo libro, Los viajes de Gulliver, en una edición de 1863 y que estaba autografiada y dedicada a mi abuelo por alguien que sólo sé de él apenas su nombre, Belarmino Buendía. Aún hoy, a mis setenta años, sigo pensando cómo llegó ese vetusto libro a mis manos y, hoy día lo sé, desde entonces comencé a revelarme contra las casualidades y los misterios. Todo tenía que tener un por qué, un motivo. Las cosas no podían ser así como así solo porque nos negásemos a aceptar lo que no  nos agrada o, peor aún, por desidia, desgana, falta de enfrentar con coraje lo que no comprendemos. Mi padre rehusó de su padre dejándome sin abuelo por algo que, hoy sé, fue más un arrebato del autoritarismo que heredó de mi propio abuelo que por su propia voz interior, desgarrada por la falta de valor a la hora de hablar de tú a tú con quien más quiso. Sí, repetimos tantas cosas que nos desagradan para aprender, tardíamente, a trascenderlas. Hay errores que se convierten en nuestra sombra. Un día, ya hartos de tropezar una y otra vez en la misma piedra, decidimos rodearla. Mi padre cometió con mi abuelo lo que mi abuelo hizo con él por amor a la tradición. Ni mi padre ni mi abuelo pudieron trascender su condición de machistas empedernidos, todo por amor, según les habían enseñado a sangre y fuego.

El peso del ADN cultural
El ADN cultural tiene más peso que el ADN genético

A mí me costó pasar página, y solo pude hacerlo cuando decidí cambiar de libro. Comencé a leer otros libros  de la vida que nada tenían que ver con aquellos que mi tradición tenían como libros de cabecera. Comencé a dejar de ser otros para ser yo mismo. A estas edades, ya con varios nietos rondándome las canas y mis fuerzas, hubiese querido tener a mi abuelo por navidad para decirle lo mucho que lo amo sin haberle conocido, sin haberle podido dar un beso o una caricia.

LA NAVIDAD EN LA QUE BUSQUÉ A MI ABUELO Y SUPE QUE YA NO ESTABA

   Fue el diciembre más frío que recuerdo. Nunca sentí tanto terror a la nieve y a los rayos como aquel año en el que recibí la noticia de la muerte de mi abuelo. Ya rondaba yo la mitad de la década de los treinta años, con un hijo a cuestas y otro en camino, cuando fui el único en la familia que fue a enterrar la tradición.

La tradición de la muerte
hay tumbas que nunca se cierran

Mi abuelo murió solo, en una residencia. Supe que llevaba años sin querer hablar con nadie. Nunca perdió la cabeza y hoy quisiera que la hubiese perdido para así no sufrir lo que debió sufrir por no tener presente sino solo pasados que revivir. Paradójicamente ese año, en el que había decidido buscarlo, llegué justo para velarlo. Ni siquiera pude pedirle perdón, ni siquiera pude ver el brillo de sus ojos y decirle lo mucho que lo amaba, lo mucho que sentía no haberle ido a visitar dejando que el tiempo profundizase las heridas. Solemos extrañar lo que se nos va sin darnos cuenta que, muchas veces, dejamos partir lo que queremos por tradiciones que nos aman envenenándonos de creencias. Creencias que solo sirven para mantener a los muertos en sus propios infiernos.

   Desde aquella tarde decembrina no volvía a ser yo. Pero no para restregarme mis equivocaciones, mis errores, y seguir la tradición de odiar lo que uno no comprende o no le han enseñado a comprender. No sé por qué, qué fue lo que paso en mí al verme solo, con unos pocos trabajadores de la residencia donde murió, frente a un féretro que buscaba su lugar en la tierra que lo vio nacer.

Superando creencias
El valor se mide por la capacidad de superar tradiciones y creencias fallidas

Supe entonces, como si un cielo  gris encapotado hubiera dado paso a un azul puro con un sol embellecido por los ángeles, que nunca dejaría que tradición alguna estuviese por encima de un ser humano. Dejé de creer en las tradiciones para creer en los hombres de carne y hueso, en los que se dejan arrastrar por miedos que no les pertenecen, que no los definen y comencé a acercarme a mi padre, de quien ya me había alejado y comencé a construir otra relación con mi hijo de siete años.

LA NAVIDAD QUE ME CONVIRTIÓ EN ABUELO

   Mi padre murió en su propia tradición y aunque aprendió a disimular ante mi distinta visión de la vida, nunca dio el paso para aparcar su orgullo y conversar con uno de tú a tú de sus propios miedos. Por más que lo intenté, solo conseguí de él su mirada despectiva y misericorde. Se creía superior tal y como la tradición espetaba a los padres de familia, tú eres la cabeza, tuya tu tribu. Nunca dejó de pensar en sus seres queridos como meras mercancías con alma. Pero yo, gracias a mi abuelo, al recuerdo que fabriqué a través de los años de los días que me robaron su amor y su presencia,  y a mil factores más que van moldeando la fuerza para vencer la inercia que nos trae al mundo, logré entrar en la senectud con el alma puesta en mis nietos.

   Me hicieron abuelo el día que enterré a mi padre. Era un día de Navidad. En la familia se pensaba que el pequeño Felipe venía con malos augurios, sin embargo, desde el mismo instante que empezó el runruneo dejé claro que no había desgracias y fatalidades, que la llegada de Felipe era una bendición para todos.

No hay límites a la hora de cambiar
En cualquier lugar, en todo momento, se puede recomenzar

No solo era mi primer nieto, hoy ya tengo ocho, sino que su llegada nos enseñaba, les dije en un cónclave improvisado en el cementerio, que en la vida no hay más demonios que los que uno decide adoptar como propios, que no hay desgracias más allá de las naturales y que una vida tiene identidad propia y que no se puede manchar con nuestros propios miedos. Tras terminar la pequeña letanía pude ver en el rostro de mis hijos la complicidad de los nuevos tiempos. Habíamos roto la tradición aunque fuese al precio de enterrar en nuestras memorias, y para siempre, a nuestros muertos.

   Hoy me siento feliz de ver que mis nietos me quieren como regalo para sus días más allá de estas fechas de Navidad. Los busco y los ayudo en lo que las fuerzas me permiten pero, debo confesar, desde que vi cómo iba aumentando la familia, no niego que las fuerzas no siguieron su trayectoria natural, sino, todo lo contrario, comencé a rejuvenecer en las risas de mis nietos. Sé que un día me iré pero también sé que luché con todas mis fuerzas para quedar en la memoria de mis hijos y mis nietos no como un hombre de tradición, sino como el abuelo que rompió la tradición.