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QUIERO UN ABUELO PARA NAVIDAD

Los deseos no bastan para hacer de una buena intención algo real. Para construir la realidad se necesita también ejecutar la voluntad de querer alcanzarla. Los deseos, muchas veces, solo son refugios para calmar la mente de muchas frustraciones. Abuelos y navidad pueden parecernos conceptos que no casan, que, a lo sumo, se encuentran en esas fechas por un efecto colateral de tradiciones que no comprendemos y seguimos con ellas por una inercia visceral. Sin embargo, para ahondar en esta afirmación, he aquí el relato de un nieto que nunca conoció a su abuelo y jamás pudo pasar una navidad junto a él.

CONOCÍ A MI ABUELO POR NAVIDAD

   Cuando pregunté a mi papá por mi abuelo, su papá, era víspera de Navidad y tenía yo siete años.  Solo me contestó que el abuelo hacía mucho no estaba entre nosotros, que estaba en el cielo. Siguieron los años de la inocencia marcados por esas palabras sin preguntar más. Cuando cumplí trece años supe la verdad.

MI abuelo comenzó a vivir en mí a los trece años

Mi abuelo no estaba muerto, solo mis padres así lo creían por cosas que no comprendía en ese entonces. Siguieron pasando los años de la desconfianza y la rebeldía. La nostalgia por mi abuelo continuaba creciendo hasta que un día, a escondidas, pude conocer su bello rostro en fotos. Encontré una vieja fotografía en un aún más viejo libro, Los viajes de Gulliver, en una edición de 1863 y que estaba autografiada y dedicada a mi abuelo por alguien que sólo sé de él apenas su nombre, Belarmino Buendía. Aún hoy, a mis setenta años, sigo pensando cómo llegó ese vetusto libro a mis manos y, hoy día lo sé, desde entonces comencé a revelarme contra las casualidades y los misterios. Todo tenía que tener un por qué, un motivo. Las cosas no podían ser así como así solo porque nos negásemos a aceptar lo que no  nos agrada o, peor aún, por desidia, desgana, falta de enfrentar con coraje lo que no comprendemos. Mi padre rehusó de su padre dejándome sin abuelo por algo que, hoy sé, fue más un arrebato del autoritarismo que heredó de mi propio abuelo que por su propia voz interior, desgarrada por la falta de valor a la hora de hablar de tú a tú con quien más quiso. Sí, repetimos tantas cosas que nos desagradan para aprender, tardíamente, a trascenderlas. Hay errores que se convierten en nuestra sombra. Un día, ya hartos de tropezar una y otra vez en la misma piedra, decidimos rodearla. Mi padre cometió con mi abuelo lo que mi abuelo hizo con él por amor a la tradición. Ni mi padre ni mi abuelo pudieron trascender su condición de machistas empedernidos, todo por amor, según les habían enseñado a sangre y fuego.

El peso del ADN cultural
El ADN cultural tiene más peso que el ADN genético

A mí me costó pasar página, y solo pude hacerlo cuando decidí cambiar de libro. Comencé a leer otros libros  de la vida que nada tenían que ver con aquellos que mi tradición tenían como libros de cabecera. Comencé a dejar de ser otros para ser yo mismo. A estas edades, ya con varios nietos rondándome las canas y mis fuerzas, hubiese querido tener a mi abuelo por navidad para decirle lo mucho que lo amo sin haberle conocido, sin haberle podido dar un beso o una caricia.

LA NAVIDAD EN LA QUE BUSQUÉ A MI ABUELO Y SUPE QUE YA NO ESTABA

   Fue el diciembre más frío que recuerdo. Nunca sentí tanto terror a la nieve y a los rayos como aquel año en el que recibí la noticia de la muerte de mi abuelo. Ya rondaba yo la mitad de la década de los treinta años, con un hijo a cuestas y otro en camino, cuando fui el único en la familia que fue a enterrar la tradición.

La tradición de la muerte
hay tumbas que nunca se cierran

Mi abuelo murió solo, en una residencia. Supe que llevaba años sin querer hablar con nadie. Nunca perdió la cabeza y hoy quisiera que la hubiese perdido para así no sufrir lo que debió sufrir por no tener presente sino solo pasados que revivir. Paradójicamente ese año, en el que había decidido buscarlo, llegué justo para velarlo. Ni siquiera pude pedirle perdón, ni siquiera pude ver el brillo de sus ojos y decirle lo mucho que lo amaba, lo mucho que sentía no haberle ido a visitar dejando que el tiempo profundizase las heridas. Solemos extrañar lo que se nos va sin darnos cuenta que, muchas veces, dejamos partir lo que queremos por tradiciones que nos aman envenenándonos de creencias. Creencias que solo sirven para mantener a los muertos en sus propios infiernos.

   Desde aquella tarde decembrina no volvía a ser yo. Pero no para restregarme mis equivocaciones, mis errores, y seguir la tradición de odiar lo que uno no comprende o no le han enseñado a comprender. No sé por qué, qué fue lo que paso en mí al verme solo, con unos pocos trabajadores de la residencia donde murió, frente a un féretro que buscaba su lugar en la tierra que lo vio nacer.

Superando creencias
El valor se mide por la capacidad de superar tradiciones y creencias fallidas

Supe entonces, como si un cielo  gris encapotado hubiera dado paso a un azul puro con un sol embellecido por los ángeles, que nunca dejaría que tradición alguna estuviese por encima de un ser humano. Dejé de creer en las tradiciones para creer en los hombres de carne y hueso, en los que se dejan arrastrar por miedos que no les pertenecen, que no los definen y comencé a acercarme a mi padre, de quien ya me había alejado y comencé a construir otra relación con mi hijo de siete años.

LA NAVIDAD QUE ME CONVIRTIÓ EN ABUELO

   Mi padre murió en su propia tradición y aunque aprendió a disimular ante mi distinta visión de la vida, nunca dio el paso para aparcar su orgullo y conversar con uno de tú a tú de sus propios miedos. Por más que lo intenté, solo conseguí de él su mirada despectiva y misericorde. Se creía superior tal y como la tradición espetaba a los padres de familia, tú eres la cabeza, tuya tu tribu. Nunca dejó de pensar en sus seres queridos como meras mercancías con alma. Pero yo, gracias a mi abuelo, al recuerdo que fabriqué a través de los años de los días que me robaron su amor y su presencia,  y a mil factores más que van moldeando la fuerza para vencer la inercia que nos trae al mundo, logré entrar en la senectud con el alma puesta en mis nietos.

   Me hicieron abuelo el día que enterré a mi padre. Era un día de Navidad. En la familia se pensaba que el pequeño Felipe venía con malos augurios, sin embargo, desde el mismo instante que empezó el runruneo dejé claro que no había desgracias y fatalidades, que la llegada de Felipe era una bendición para todos.

No hay límites a la hora de cambiar
En cualquier lugar, en todo momento, se puede recomenzar

No solo era mi primer nieto, hoy ya tengo ocho, sino que su llegada nos enseñaba, les dije en un cónclave improvisado en el cementerio, que en la vida no hay más demonios que los que uno decide adoptar como propios, que no hay desgracias más allá de las naturales y que una vida tiene identidad propia y que no se puede manchar con nuestros propios miedos. Tras terminar la pequeña letanía pude ver en el rostro de mis hijos la complicidad de los nuevos tiempos. Habíamos roto la tradición aunque fuese al precio de enterrar en nuestras memorias, y para siempre, a nuestros muertos.

   Hoy me siento feliz de ver que mis nietos me quieren como regalo para sus días más allá de estas fechas de Navidad. Los busco y los ayudo en lo que las fuerzas me permiten pero, debo confesar, desde que vi cómo iba aumentando la familia, no niego que las fuerzas no siguieron su trayectoria natural, sino, todo lo contrario, comencé a rejuvenecer en las risas de mis nietos. Sé que un día me iré pero también sé que luché con todas mis fuerzas para quedar en la memoria de mis hijos y mis nietos no como un hombre de tradición, sino como el abuelo que rompió la tradición.