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EL ABUELO EMIGRANTE

Ramón, mi querido, recordado y único nieto. No te puedes imaginar cuánto te extraño. Aquí, encerrado en esta jaula de oro, entre paredes que no me dicen nada de quien fui ni de quien soy, dejo volar mi imaginación hacia ti. Recuerdo que naciste casi en medio de la nada, en una Patagonia que tu madre, mi hija, se empeñó en visitar, con ocho meses de embarazo, para ver con sus propios ojos las penurias de mi juventud.

nada es sin amor
El lujo de un hogar es el amor que habita entre sus paredes

Quien no ha vivido la aventura de la migración forzosa, buscando un pedazo de pan que alimenten otros sueños, jamás entenderá la soledad vista desde la amargura de estar lejos de los tuyos, de tu gente, de tu barrio, de tus calles. Naciste de milagro y, hoy sé, por la intercesión del Padre Pío. Solo a las mujeres como tu madre el desafío de lo desconocido les trae sin cuidado. Por alguna extraña razón, saben que el destino no está escrito en los miedos, sino en la vida que día a día se muestra y se llena con pequeños gestos de amor y valentía. Una vida que no es una lucha, como nos enseñaron, como enseñé a mis hijos y como te enseñé a ti. Uno tarda en comprender y aprender, pero aún más en rectificar lo que por tradición recibimos. Al menos, ese fue mi caso.

Se puede cuando el amor lo anhela
Se pueden trascender las tradiciones fallidas

Y quiero darte las gracias porque tú, siendo mi nieto, mi querido nieto, me ensañaste que no hay fronteras más peligrosas que las que uno se traza a sí mismo. Nos enseñaron, a mí y mis hermanos, con mucho amor, que hay cosas imposibles cuando en realidad lo imposible, lo que no puede ser, es negar la capacidad del ser humano para superarse día a día, generación a generación, e ir alcanzando otros territorios, otras formas de entendernos a nosotros mismos en medio de este universo que se abre cada noche a quien se deja acariciar por la verdad y el amor. Tantas veces cortamos las alas de nuestros hijos por amor, tantas veces. Pero todos los días sale el sol y sale para todos. Eso me dices siempre. A mí me gusta mirar las estrellas también porque de ellas venimos y a ellas volveremos. Sí, sé que tú me acompañas en esta visión de lo desconocido para tantos y tan familiar para nosotros. Pero ¿qué quería decirte?

LAS HERIDAS DE LA INMIGRACIÓN

    Pasé casi toda la vida fuera de mi tierra, en la Pampa Argentina primero, después en Venezuela y terminé en México. Perdí a la mujer de mi vida, tu abuela, y con ellas a mis hijas, por causa de faldas y amores bajo palmeras. Nunca valoré el amor que me dio tu abuela hasta que llegué a pasar esta última etapa de mi vejez en esta prisión de lujo, en las costas mallorquinas. Sí, no me falta el dinero que tantos y tantos claman para poder comer siquiera.

Deshumanización del hombre
El rostro de la falta de humanidad de las sociedades enfermas

Otros tienen que quitarse el pan de la boca para mandarle el dinero a sus familias , allende el Estrecho, allende el Atlántico y puedan comer ese pan que él se priva. El amor lo da todo sin esperar nada a cambio. Son tantas las injusticias humanas que han visto mis ojos a lo largo de mi vida y tantas veces miré hacia otro lado. Me preocupé solo de sobrevivir a esta barbarie y acumular, acumular y seguir acumulando dinero para que no tuviera que pasar yo y mi familia por tantas penurias. Sé lo que es el hambre porque el emigrante, las más de las veces, sale de su país con una mano adelante y otra atrás, como me decía tu abuela. Fueron muchas lágrimas derramadas hasta el día que dije ¡basta! Ese día, sí, comencé a prosperar y en muy poco tiempo pasé de estar casi en la calle a conseguir aquella primera casa en la que nació tu madre. Pero ese día de aquel “basta” también empecé a morir un poco como ser humano. Hoy lo sé y casi saboreando la muerte, que no me asusta, lo confieso. No solo perdí a tu abuela a los pocos años de nacida tu mamá y tu tía, sino que fui perdiendo la cordura de saberme hombre entre hombres y no entre enemigos o seres ajenos a mí. Cuando el hombre deja fuera de su visión y su realidad la tristeza y las desgracias de los otros, deja de ser hombre él mismo y se convierte en una simple marioneta de tradiciones heredadas para seguir manteniendo este circo humano de sufrimiento y muerte. Por qué el ateo no puede comulgar con un creyente. Por qué se incita a odiar a lo distinto en la superficie de las costumbres.

esperanza
Por qué…tú, querido nieto, me enseñaste a ver lo que ya había olvidado

Acaso ver a nuestros niños jugando en un lodazal, en una aldea perdida de África, con la pobreza como bandera y comida, no es suficiente para darnos cuenta de que todos llegamos puros a este hermoso planeta. Me niego a creer, y sí, también tú me lo enseñaste, que estamos determinados a odiar a nuestros semejantes porque son diferentes en costumbres, hábitos o creencias. Somos más que la suma de todas nuestras diferencias. Prefiero pensar que ese odio inculcado es producto de la ignorancia de otras épocas y que vosotros, los milenials de hoy y de mañana, puedan conquistar la tierra del hombre del mañana, su alma, su Ser.

EMIGRANTES SIN FRONTERAS

   Querido Ramón, no sé por qué te estoy escribiendo. Ya, ya recuerdo. No sé si vendrás en estos días a visitarme, pero quiero darte una sorpresa. Decidí que estas paredes sin vida que me acompañan mañana, tarde y noche, vuelvan a latir de esperanza. Sabes que compré una casa con demasiadas habitaciones, demasiados baños, para un anciano que va despojándose, poco a poco, de lo que nunca fue. Así que he decidido dar acogida a inmigrantes, no solo techo, comida y alimentos, sino esperanza. Hablarles de mi vida quizá me sirva y les sirva de algún modo. Quizá siga siendo un egoísta, pues sé que lo que voy a recibir de ellos es mucho más de lo que yo pueda darles.

sociedad enferma por el odio
En una sociedad enferma, todos somos refugiados

El amor y la calidez de sus sueños no tienen precio. Pero sabes, no lo hago por sentirme acompañado, ni por limpiar mis errores de antaño, sino porque, rozando el misterio, soy otro, aquel que fui de niño y recuerdo que de niño, nunca te lo conté, soñaba cambiar el mundo. Ahora, a estos años, comprendí que quien tiene que cambiar para cambiar el mundo es uno y no el mundo. Te espero. No sé que día es ¿martes? ¿jueves?  pero ya llamé a aquella ONG de la que me hablaste y ya mañana llegarán los primeros inmigrantes a mi casa y yo me convertiré en su primer refugiado.

   Te amo Ramón. Saluda a tu mamá y a tu abuela.