Archivo por meses: marzo 2019

EL AMIGO DE LA INFANCIA

   Reconocí aquel rostro por una cicatriz, en forma de cruz, la Cruz de los Ángeles, que mostraba en el dorso de su mano derecha. No podía creerlo. No podía ser cierto. Hacía más de 60 años que le había perdido la pista y estaba ahí, a diez pasos de mí.

El mensajero
La riqueza genuina no consiste en acumular, sino en dar

Lo miré perplejo. Observaba cómo su brazo extendido y su mano, formando un cuenco, hablaban por sí solos de los años perdidos. No podía dar crédito. No hacía veinte años un amigo común me había dicho del éxito que había tenido José en la vida. Habiendo heredado la empresa de su padre, siguió el negocio familiar hasta convertirlo en una sociedad anónima de ámbito internacional. Se había casado con la mujer de sus sueños, la misma niña que jugaba con nosotros en el patio de mi casa. Tenía tres o cuatro hijos, me había comentado Roberto.

LA CRUZ DE LOS ÁNGELES DE JOSÉ

   Sentí pánico. No sabía si acercarme o no. El verano dejaba mostrar no solo los surcos de una tez golpeada por los años, sino una mirada anclada en un pasado que, fuese el que fuese, le estaba robando el presente ¡José! Grité para mis adentros mientras mis labios balbuceaban su nombre a medio metro suyo.

mirada encarcelada
Raptamos a nuestros hijos cuando encarcelamos sus sueños a la tradición

Me miró y jamás podré olvidar esos ojos que parecían luchar por recordar el pasado, mi nombre, sus recuerdos. Gambito ¿me recuerdas? Cuando escuchó el sobrenombre con el que solía, únicamente yo, llamarle, alzó sus cejas como queriendo reconocer en mis facciones al niño que fuimos.  Bajó la mirada como si sintiera vergüenza, como si mi presencia le hiciera sentir que el tiempo volvía para recordarle lo que él quería olvidar.

   ¿Quieres un café? atiné a preguntar sin saber siquiera cómo comportarme con aquel amigo con quien había compartido tantos instantes de mi infancia y juventud. Abandonamos aquella esquina de la calle Uría rumbo al café Rialto, el refugio de nuestros padres. En ese mismo refugio en el que nos confesamos el primer beso que robamos a nuestro primer amor. El suyo, siempre fue la niña de sus sueños. El mío fue cambiando a través de los años. Caminábamos en silencio. Le miraba la Cruz de los Ángeles, que parecía brillar en su mano con luz propia para señalar el alfa y omega de la vida, mientras intentaba adecuar mis pensamientos para no ofender la memoria de quien el destino, la suerte, alguna maldición o él mismo, le habían llevado a mendigar en las mismas calles que lo vieron nacer y triunfar.

Olvidar para nacer
Cuando los recuerdos se convierten en pesadillas, es hora de olvidar

Nos sentamos frente a frente. Pedí dos cafés y rechazó mi ofrecimiento para que tomara un pastel. Las milhojas de Rialto siempre le habían gustado, pero hoy las miraba como quien mira algo sin deseo.

LA HISTORIA DE LA CRUZ DE LOS ÁNGELES

   Tardé en reconocerte -comenzó a decirme mientras el pulgar de su mano izquierda acariciaba la Cruz de las Ángeles de su mano derecha-  porque desde hace mucho me juré a mí mismo que el José de siempre, el que había triunfado en la vida, el que había seguido los cánones del éxito, según la tradición, había muerto en aquel día que descubrí que todo el oro del mundo no compra un segundo de paz con uno mismo.

buscando paz
No hay dinero que compre la paz interior

Una paz que siempre busqué fuera, según los mandamientos que heredé de una tradición que me enseñaba cómo amar, a quién amar y cuándo dejar de amar. Una paz que estaba bañada en el oro de las apariencias y de las buenas maneras. Pero las buenas maneras eran simples caretas que escondían los más bajos sentimientos. No sé cómo ocurrió, amigo, mi amigo Alfil -así me llamaba José cuando éramos niños- . Un día descubrí que en la niña de mis sueños jamás había estado yo en sus sueños ¿te recueras? Era demasiado bella para ser impura, pero el corazón no sabe de apariencias, sino de sentimientos verdaderos y por mucho que los ocultemos, tarde o temprano, siempre se manifiestan. Fue un duro golpe, pero me repuse. Otro día vi a mis hijos partir hacia sus propios éxitos con las mismas reglas que yo les había legado. Con cuánto amor hacemos daño a quienes más amamos. No quisieron saber nada de la empresa familiar, ese negocio en el que dejé la piel para verlo crecer. Mi padre me había enseñado a ganar dinero, a multiplicarlo. Fui uno de los mejores en ese arte de olvidar las vidas que se martirizan por la generosa y noble causa de acumular en las arcas un puñado de oro  ¿Sabes cuánta fortuna llegue a poseer?

contradicciones
La genuina riqueza no se ve ¿Quién es el rico, quién el pobre?

Ni yo mismo lo supe jamás con certeza, tampoco me importaba. El reto era llegar a ser el mejor, a tener más, a cualquier precio. Un día lo perdí todo. Tampoco me importó. Ya en ese entonces mi existencia estaba tan vacía como lleno de diamantes el mundo que estaba a punto de mostrase ante mis ojos. Un día me vi durmiendo en un albergue público y comiendo en un comedor social. Ese día supe que era libre. Comencé a recorrer caminos que en otras épocas atravesé con el último Audi del año. Comencé a ver los paisajes de entonces a la velocidad de mis pasos. Fui descubriendo todas las mentiras de mi vida. Sé que tengo nietos que no conozco porque un día llamé a cada uno de mis hijos para pedirles perdón, perdón por no haberles enseñado que la vida no es lo que les había enseñado.

Hay pasos lentos que te llevan lejos
Despertar al espíritu no es una cuestión de velocidad

Tampoco me hicieron caso. Hay heridas que tardan en cicatrizar y lecciones que solo se pueden aprende solo y a su tiempo. Nadie es maestro de tu vida y por mucho que quieras no alargas ni acortas un segundo de tu existencia. Solo tú puedes alcanzar tu propio ser cuando has tirado a la basura la máscara que te ponen al nacer, ese cúmulo de creencias y tradiciones que llevan a la muerte a tantos y tantos sin siquiera llegar a conocerse a sí mismos.

    Hace unos meses decidí regresar a estas calles. Quería ver con mis propios ojos las calles que un día recorrí siendo distinto al que hoy soy. Cada instante, cada presente, nos convertimos en otro, más sabios, más humanos, pero nos empeñamos en poner fronteras a nuestro espíritu para encerrarlo en cárceles que nos sean familiares. Necesitamos zonas de confort que  permitan mantener al ego sin sobresaltos, hipnotizado por los éxitos efímeros de tiempos que creemos nunca acabarán. Apenas llegué ayer y hoy me encontraste, amigo Alfil. Parece que fue ayer que jugábamos al ajedrez. Recuerdo nuestro último juego, venciste.

EL ARREBATO DE LA CRUZ DE LOS ÁNGELES

   Recuerdo aquel último día que también fue nuestro último juego. No vencí aquella partida. José me dejó vencer. Acostumbrándose a las leyes de la tradición familiar, algo había en él que rechazaba esa regla de oro del éxito, no te importe arrasar a quien sea con tal de ganar. Primero tú y tu familia, luego tú y tu familia. Si queda tiempo y dinero, comienza siempre por las más fieles a tu causa.

Sin ser un juego, la vida se convierte en un juego: tomar conciencia de sí mismo como parte del Todo y de todos

Quedé con José para vernos al día siguiente. Nunca apareció a la cita. Lo busqué. Temí lo peor y lo peor se dio. En su entierro solo estábamos presentes el cura, los sepultureros y yo. Era un año más joven que yo, pero sin duda vivió muchos más años que yo. Nunca tuve el valor de romper con aquello que me ató nada más nacer. No fue por ignorancia. Todos sabemos dónde está el bien y el mal, lo que está bien y lo que está mal, para nosotros y para los demás, sean o no familia, pero pocos se atreven a renunciar a sí mismos, a su yo,  para encontrase a sí mismos. José ganó la última partida, hoy lo sé. La Cruz de los Ángeles hoy brilla de otra forma en mi recuerdo cada vez que paso por aquella esquina donde lo encontré, después de tantos años, por  primera vez y última vez.