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EL PRIMER VERANO

Nano, mi querido Nano, el pasado verano fue el mejor verano de mi vida. Hoy, víspera de la noche de San Juan, comienzo mi segundo verano sin ti. Recuerdo que antes de partir me dijiste, nieto, mi querido Javier, no me llega la muerte por sorpresa y ya estoy cansado de estos dolores que no me dejan dormir ni dejan que tus padre, y hasta tú mismo, duerman. Pero sabes, quiero que este verano que apenas comienza para ti se convierta en el mejor verano de mi vida. Recuerdo aún los ojos que pusiste y la sonrisa que esbozaste al ver mi cara de perplejidad mientras unas lágrimas brotaban de mis ojos.  Estábamos solos en la habitación del hospital. Mis padres se aferraban a lo imposible. No pudimos disfrutar el uno del otro el tiempo que nos debíamos, mejor dicho, que te debía, me dijiste en voz baja, como si quisieras que eso nunca hubiese sucedido. Sí, recuerdo que tu padre jamás disfrutó de mí, ni yo de él. Nos enseñaron a que el tiempo de nuestras vidas no eran nuestros, que lo debíamos hipotecar para que otros disfrutaran de su tiempo de vida. Nos enseñaron a mantener tradiciones que olvidaban el más preciado tesoro que tiene el ser humano, la compañía de sus seres queridos y el tiempo compartido. En aquellos años de mi juventud, como hoy, solo nos dejaban el tiempo para  sacrificar nuestras vidas para que otras vidas vivieran sus sueños. Su tiempo, su forma de medir el tiempo, no era el mismo que el mío. Nos engañaron, nos dejamos engañar y, peor aún, enseñamos a nuestros hijos a repetir y adorar ese engaño. La vida era así, le decía a tu padre. Es mentira, me decía a mí mismo con más temor que confianza, una burda mentira, me repetía. Una casa, un plato de comida caliente, una muda para los domingos, unos zapatos, quizá una radio, era lo que la guerra civil nos dejó en penitencia para los que no entendíamos el porqué de tanto odio, el porqué de una esclavitud con aroma a botas militares y sotanas negras, el porqué de una vida escrita en el dorso de un billete de banco.

¡Gracias abuelo!

   Abuelo, como me pediste, dejé a mis padres pasar el luto que la tradición impone. Yo, con el poco dinero que tenía ahorrado, me escapé primero a una pequeña isla griega, Samotracia. Me perdí entre sus cascadas naturales de agua fría y cristalina para encontrarme de nuevo caminando entre su naturaleza salvaje. Me acuerdo que me hablaste muy bien de este paraje, donde, me confesaste, habías encontrado el primer amor perdido. Fue después de la guerra. Cuando todo el mundo emigraba para las Américas, tú probaste suerte en una Grecia devastada por guerras civiles y aromas a una pobreza próspera en utopías. Te seducían Homero, Pericles, Sófocles, Pitágoras, Platón y tantos otros que durante tu infancia te comenzaron a perseguir para nunca caer en el olvido. En esta pequeña isla encontraste, sufriste y perdiste la pasión de una mujer que, me dijiste, no era de este mundo ¿Sabes? La fui a buscar y la encontré. Era diez años mayor que tú. Eso no me lo confesaste, pícaro, mi pícaro abuelo. Te recordaba con la misma pasión con la que tú la mencionabas. Aprendí de ella y de ti que las únicas horas vividas son la que se alimentan del amor. No hay otra fuerza en el mundo, me dijiste una vez. Por el amor somos capaces de crear, caer y levantarse. Por amor no nos dejamos seducir por la desesperanza ni por quienes se dejan arrastrar por los miedos. Diana recordaba aún cómo se robaron mutuamente el primer beso y cómo había tardado media vida en perdonar a su hermano por haberte golpeado por no estar de acuerdo en esa relación. Me confesó que tardó más tiempo en comprender tu llanto de despedida. Le prometiste que la volverías a encontrar en otra vida y que no importaba en qué estrella lejana fuese a nacer, tú la encontrarías y le volverías a robar aquel primer beso y le volverías a dar todos los besos que os estaban robando en esta vida. La última imagen que le dejaste en su retina la transformó, me confesó, en esos besos prometidos. Murió a las pocas semanas de yo regresar a casa y recomenzar mi rutina sin ti. Sé que os habéis encontrado de nuevo. Sé que la abuela no se sentirá mal, pues ella me dijo una vez que la eternidad es el espectáculo más hermoso del mundo, viviremos todas las vidas soñadas en todos los mundos posibles.

Te has ido físicamente, pero aún me sigues enseñando

   Dejé Samotracia para cumplir mi promesa contigo. Me dijiste que fuera al Monte de los Olivos, que caminara por Jerusalén sin destino fijo, dejando mis pensamientos vagar entre las piedras que un día tú caminaste. Me pediste que pernoctara al menos una noche bajo el cielo de Galilea y que te buscara en alguna de esas estrellas que brillan con más intensidad en esas latitudes durante el mes de agosto. Lo cumplí y menos mal que me habías dejado algún que otro dinerillo, pues la aventura en Grecia había terminado con mis ahorros. Recordé que una vez, no tenía más de quince años, me dijiste que nunca sacrificara el tiempo de la vida por un puñado de dinero, que el dinero si no sirve para devolverte la esencia de la vida mientras buscas el sentido de tu propia vida, no sirve para nada salvo para esclavizar al hombre a él. Me enseñaste a que nunca me esclavizara a nada ni a nadie. Me enseñaste que el amor rompe cadenas, no ata a nadie y que nada ni nadie tiene precio, sino tiempo de vida para experimentar ese misterio que nos lleva a preguntarnos tantas cosas y que muchas veces solo escuchamos el silencio por respuesta. Lo importante, me decías, es no dejar de preguntarse y entre pregunta y pregunta, no dejar de amar. Si te enseñan a odiar, y te enseñarán, me decías con ahínco, busca dentro de tu corazón el perdón. No hay otro antídoto contra el odio.

Nos encontraremos de nuevo, no importa dónde y nos reconoceremos

   ¿Sabes abuelo? Ya este será mi segundo verano sin ti y este año conseguí que mis padres me acompañen a Samotracia. Me dijeron que quieren encontrarte en aquellas aguas, en aquellas arenas doradas por un sol que nunca se apaga  y que quieren vivir en carne propia ese pedacito de ti que yo les enseñé por vez primera cuando regresé de Jerusalén. Nos vamos, me dijiste una vez, con tantos secretos como con tantos sueños que dejamos partir porque las tradiciones, tantas veces, son cadenas que nos atan a vidas que no nos pertenecen. Sé tú mismo. Eso intento abuelo. Mañana saldremos hacia Grecia. Ya te contaré.

   Tu nieto

Javier

No hace falta que te diga lo mucho que te amo