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LO APRENDÍ DEL ABUELO, LAS MENTIRAS DE FAMILIA

   Mi abuelo se fue sin despedirse. Un día de verano, sin ton ni son, con una horchata en la mano y la mente volando al Cancún de hace treinta años, la muerte le dijo ven. Y como acostumbraba a decirme mi abuelo cuando hablaba de cómo conquistó a la abuela, cuando la parca llegó también le dijo “si tú me dices ven, lo dejo todo…”. El abuelo fue quien me enseñó que la vida, la importancia de la vida, no la puedes buscar en lo que otros digan de ella, pues hablarán solo desde sus atalayas.

Siempre hay una última vez, siempre nos quedarán tantas cosas por hacer, por decirnos.

Él solía decirme que, desde Protágoras, el sabio griego, nadie había definido mejor el mundo de las creencias “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son”. Ya imaginan que nunca suspendí la asignatura de Filosofía del instituto, aunque, para ser sincero, entre la teoría y la práctica en el sumo arte de filosofar, nunca pude superar al abuelo. Él era un sabio a la antigua usanza. Lo preguntaba todo, lo cuestionaba todo, y nadie se enojaba con él pues todo el mundo captaba la inocencia con la que buscaba las cinco patas al gato. Sabía decir las cosas. Recuerdo la última lección que me dio antes que un golpe de calor lo llevará a otra dimensión, donde la abuela de seguro le estaría esperando para darle un beso y preguntarle qué tal tu día, Fermín. Me habló de las mentiras de familia.

DE CÓMO SURGEN LAS MENTIRAS DE FAMILIA

Las familias guardan sus secretos a través de las mentiras, me decías. Yo te miraba perplejo, con la cara de domingo de un adolescente que estaba ansioso por descubrir el mundo por venir y cometer el primer pecado contra la carne. Y por qué las familias tienen secretos, le pregunté al abuelo. Porque tenemos miedo a decirnos la verdad y tenemos miedo a decir la verdad porque tememos romper las tradiciones. Tenemos miedos porque somos cobardes, pero la cobardía de la que te hablo no es la que anhela disfrazarse de hombría, sino la que llora en silencio porque no encuentra el camino a decir lo que brota de su corazón. Mi querido nieto, me decías, nunca calles aquello que tu corazón grita, nunca dejes que nadie, ni tu propia familia, hablen por ti. La tradición existe para que cada nueva generación la cambie, la ponga patas arriba, la triture y se la dé a comer a los gatos. Me decías esto mientras una explosiva risa brotaba de tu boca y yo me contagiaba de ella. Y qué secretos tienes tú, abuelo, qué mentiras de familia me ocultas, le pregunté con más curiosidad que picardía. Me miraste a los ojos como nadie lo había hecho y nadie lo hará jamás. Me miraste con la ternura de quien da todo el amor del mundo sin esperar nada a cambio. Me miraste como quien mira los errores del pasado sin la losa de la culpa. Son muchos, me dijiste. Ya sabes que nuestra familia es de larga tradición, apostillaste mientras volvías a soltar otra carcajada.

LAS MENTIRAS DE FAMILIA Y LOS HELADOS DE VAINILLA

¿Qué helado es el que más me gusta? Me preguntaste mientras nos dirigíamos a una heladería veraniega en el parque del Buen Retiro para poder mitigar los cuarenta y dos grados a la sombra. Qué tontería me preguntas abuelo, toda la familia sabe que te derrites por los helados de vainilla ¿Viste? Nunca me gustaron los helados de vainilla. Desde muy pequeño me enseñaron que el sabor que me debía gustar no era el de chocolate, ni el de fresa, que era el preferido de tu bisabuela, sino el de vainilla, como le gustaba a tu bisabuelo. Puede parecer una tontería ¿no? Qué importancia tiene, total, realmente me gustan todos los sabores de helado que fui probando a lo largo de mi vida, incluso el de pistacho, pero ni de lejos el de vainilla es mi preferido. Cuando fui creciendo y abriendo mi mente al mundo, me fui dando cuenta de que nuestra familia era un tanto especial, pues tenía muchos secretos que guardar.

El abuelo me enseñó a dudar de todo aquello que me enseñaron a creer

El gusto de mi padre, tu bisabuelo, por el helado de vainilla no era producto de sus papilas gustativas, sino del rechazo a un antiguo amorío de tu bisabuela. Sí, oculto tras una cortina, tu bisabuelo se enteró cómo su esposa le traicionaba con su mejor amigo mientras saboreaban un helado de chocolate. Desde aquel entonces, a pesar que de aquel amorío no quedó rastro en la memoria de la familia, sí quedó la prohibición de tomar helado de chocolate en la casa familiar. Lo cómico es que, a mi padre, tu bisabuelo, antes de aquel incidente, le encantaba hasta enloquecer los sentidos el helado de chocolate. Aquel incidente convirtió a un simple sabor de helado en una de las tantas mentiras de familia que me moldearon, como te moldearon a ti. Pero no me preguntes más, pues te toca a ti indagar por ti mismo qué mentiras de familia te salpican directamente. No me gusta ni mentirme ni mentir, pero tampoco juzgar, pues como decía el sabio nazareno, quien esté libre de pecado, tire la primera piedra.

Las mentiras de familia nacen de miedos a romper las tradiciones

    Aquella lección del abuelo, que me dio antes de irse de este plano terrenal, me dejó marcado. Nunca conocí a mi bisabuelo, pero mi padre sí y recuerdo cómo hablaba y habla de su abuelo con una veneración divina. Tras la partida del abuelo fui inquisitivamente indagando en las mentiras de familia y pude comprender que mi bisabuela no le fue infiel a mi bisabuelo por un capricho de la carne, sino como respuesta a las infidelidades de aquel hombre victoriano que se negaba a ver el mundo con otros ojos que no fuesen la del imperante machismo de su época. A mi padre le encanta el helado de vainilla, pero a mí no me hace cosquillas y aunque en la casa se sigue comprando solo ese sabor, yo empecé a llevar mi helado de chocolate. Alguien dijo que me estaba convirtiendo en la oveja negra de la familia. Recordé al abuelo y me dije para mis adentros que prefería ser la oveja, aunque fuese negra, que el lobo. Nunca dejes de luchar por lo que tú creas, no por lo que te han enseñado a creer, me dijo el abuelo como última lección la mañana en la que teníamos pensado cenar juntos para contarme más secretos de familia. Se fue sin avisar. Siempre hay una última vez, siempre nos quedarán tantas cosas por hacer, por decirnos, pero estoy seguro que un día nos encontraremos y me terminará de contar los pormenores de la historia de aquel helado de chocolate.