Archivo por meses: enero 2021

VILLANCICOS DESDE LA SIERRA

Queridos Tata y Yayo

    No me acostumbro a sentir vuestra presencia solo en sueños, por muy hermosos que sean y por muy bien que me hagan. Os extraño mucho. Sé que estáis bien, mejor que nosotros, que, por los vientos que soplan, aún tenemos tempestades que sortear. Cómo no sé a dónde enviaros estas cartas, he decidido dejarlas en tu baúl, abuela, Tata. Está intacto. Ni mis padres ni mis tíos quisieron sacar nada de ese baúl de tus recuerdos. De alguna manera sé que ahí estarán bien y que, no sé cómo, podréis leer. Quizá no hiciese falta ni escribiros, pero también me hace bien. Cada palabra que escribo me recuerda que nada en la vida es humo, que todos y todo está, no entiendo cómo, interconectado. A propósito, abuelo, la pegaste, te la comiste. El celular duró lo que comentaste en sueños. Ni un día más ni un día menos. Lo gracioso es que estaba bien, funcionaba bien, y yo, un día antes me dije “el abuelo falló. Este celular está perfecto. Si lo compré hace nada”. Al día siguiente, en la cafetería de Blas, tomando mi café con churros, el celular ni se despidió ni me dejó hacer la llamada de costumbre a Carmen. Sin ton ni son comencé a reír a carcajadas sin darme cuenta que la cafetería estaba como de luto. Ya sabes, la pandemia no deja ni reírnos de nuestros recuerdos. Blas, sin decirme nada, me lo dijo todo con su mirada y la vieja del quinto, me comió con sus ojos. Ya sabes que no es fácil lidiar con las mentes cuadradas. Eso lo aprendí de ti, Yayo. Recuerdo aquella tarde cuando, entre bambalinas, mientras me cambiaba el traje para hacer de otro personaje en aquella obra de teatro ¿te recuerdas?, me dijiste “Nano, tienes catorce años y ya tienes edad para saber que hay personas con mente de pollo y perros con mentes humanas”. No entiendo, te dije. Y comenzaste aquel discurso sobre la vieja del quinto jajajajjaj También me viene a la memoria cuando, pasados ya muchos años, me confesaste que fue un error haber mantenido tanta tirantez con Maruja, la del quinto. Recuerdo que te pregunté qué te había hecho cambiar de opinión y aún, hoy, me deja perplejo tu respuesta: nadie tiene la culpa de no saber cambiar en sociedades que premian las tradiciones. No habías terminado de decir esto cuando me espetaste “no cometas con tus hijos los errores que tú consideras que hemos cometido contigo, pero aún te falta mucho para tener hijos…ve y haz el mejor papel de Fumanchú”.

Los dulces de la abuela

   Empecé a escribiros y me embrollé todo. Lo que quería deciros hoy, aparte de comentaros mi canal de comunicación con vosotros, el baúl de la abuela, era que esta Navidad, Carmen y yo vamos a pasarlo solos. Hemos decidido quedarnos aquí, en El escorial. Mis padres comprendieron, aunque a mamá no le hizo mucha gracia, pero al final aceptó o se resignó. Siempre me lo decías, tu mamá es una santa, con lo cabezón que es tu padre, solo ella puede aguantarlo. El amor todo lo puede. Pues sí, abuelos, mis queridos Yayo y Tata, esta Navidad tendremos dos invitados especiales, vosotros. No sé cómo os vais a arreglar, pero vamos a poner dos cubiertos en la mesa. Carmen le encantó la idea. Ya sabes que le comentó mis sueños contigo, Yayo, y ella está muy convencida que vuestra realidad es más real que la nuestra. Así que, al son de los villancicos que tanto me gustan, y que tanto os gustan, os esperamos para festejar esa tradición que me enseñaste a mirar de otra manera.

Escucho tantas veces vuestras voces que no sé si estáis vivos o yo vivo en vosotros

   Ah, se me olvidaba. Carmen y yo nos hemos apuntado a una ONG que está comenzando a tener auge y que nos caló hondo cuando supimos de ella. Recordando lo que me dijiste la otra vez, esta asociación trata de ayudar a personas mayores que no tienen ninguna familia, que están sin nadie. Muchos de ellos viven en residencias, otros en sus casas, solos. Esta asociación está buscando la forma de que vivan juntos, que compartan techo. No es suficiente que se reúnan para pasar un rato, sino que convivan. Es una tarea gigantesca, pues hay que conseguir salvar muchas trabas, pero cuando ves cómo puede cambiar la forma de vivir los últimos años de sus vidas a personas que se creían condenadas a morir en soledad, no os puedo explicar la felicidad que irradian. Nos sentimos humanos. Recuerdo, Yayo, cuando hablamos una de las últimas veces antes de la partida de Tata, me dijiste, nunca me sentí tan humano como cuando comencé a mirar a los demás como si fueran parte de mí. No se trata de ayudar, se trata de ser, ser humano.