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Y SIGUE LA PANDEMIA ¿HASTA CUÁNDO LA PANDEMIA?

Queridos Tata y Yayo

Durante esta madrugada soñé contigo, Yayo. Me decías que pronto te comunicarías conmigo de una forma inusual. No entendí bien qué quisiste decirme, pero ya, acostumbrado a este tipo de relación, espero cualquier cosa y, sobre todo, no me asusto ya de nada. Tantos miedos que le han sembrado a uno ya desde que comienzan los primeros pasos y tanto que cuesta quitárselos de encima, pero, gracias a ti, que me fuiste enseñando el valor a perder el miedo a tener miedo, ya miro las cosas de otro modo, incluso en estos tiempos de pandemia. Más ahora que sé, de primera mano, de nuevo gracias a ti y a la abuela, que la vida no termina con este mundo que nos toca vivir, malvivir dirían muchos, ni con este cuerpo condenado a envejecer.

No quiero envejecer con los miedos de hoy, abuelo

  Me prometí a mí mismo y a Carmen que os contaría sobre estos tiempos de virus y de normalidades anormales. Hay tanto miedo, querido Yayo, tanto miedo. Tampoco me extraña. Como me solías enseñar, en estas sociedades enfermas, de economías antropófagas, sembramos miedos desde la más tierna infancia ¿qué podemos cosechar? La gente, me decías, embobada en nuestros mundos, en ese corre y corre que solo beneficia a unos pocos y cansa a todos, incluso, no me cabe la menor duda, a quienes ven los toros desde la barrera, la gente, querido Nano, tiene mucho miedo. Las cosas no han cambiado mucho, Yayo, por no decir que si ha habido cambios es de intensidad ante la incertidumbre y el dolor que se está viviendo, pero agravado con la sensación y la percepción de que vamos hacia ninguna parte. Que, si hay salida, las pocas personas que toman las decisiones por todos no tienen idea de dónde queda y, como me solías decir, lo obvio solo casa con la obvia, si no se sabe a dónde ir, no hay camino que seguir.

El cansancio de llegar a ninguna parte

La gente está cansada de ir hacia ningún lugar. Sí, lo sé, me vino a la cabeza, aquella vez que me hiciste dar diez vueltas al parque y yo sin saber por qué. Al final, ya cansado y con la mente solo en el helado que me prometiste, me preguntaste ¿a dónde llegaste? Recuerdo que te dije, abuelo ¡qué pregunta! ¡al mismo sitio de donde partí! Y recuerdo que me miraste a esos mis ojos pre adolescentes para decir con esa mirada fija y penetrante que ponías cuando querías que te escucharan con atención “jamás te canses para llegar al mismo sitio” para a continuación espetarme aquello de “no hay peor cansancio que el esfuerzo que no te lleva a crecer” Tarde mucho en comprender aquellas palabras, mi querido Yayo, y no estoy seguro de haber llegado a parte alguna. Las cosas están mal por tu querida España y peor aún por el resto del mundo. Sí, sé que me vas a decir que eso no es correcto, que por todos lados está naufragando el bote humano, pero lo malo conocido es más llevadero que lo bueno ajeno, ya no digamos lo malo. Perdona, Yayo, algo me ha quedado de tu sarcasmo inocente, sin malicia ¡Cómo les extraño!

Hay tiempos verbales y tiempos vitales…

   Antes de que se me olvide, pues tengo que salir corriendo antes que cierren el súper. Con Carmen estamos ayudando a la ONG que te comenté la otra vez y estamos aportando nuestro granito de arena para ayudar a consolidar esos pisos compartidos para los abuelos. En el próximo encuentro te digo, pero te adelanto que creo que dimos la patada en la lata.

Extraño vuestra sonrisa

   Te quiero mucho, cuídate y un abrazo enorme a Tata, que no la mencioné hoy pero siempre la llevo, os llevo, en mi corazón.