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EL PRIMER VERANO

Nano, mi querido Nano, el pasado verano fue el mejor verano de mi vida. Hoy, víspera de la noche de San Juan, comienzo mi segundo verano sin ti. Recuerdo que antes de partir me dijiste, nieto, mi querido Javier, no me llega la muerte por sorpresa y ya estoy cansado de estos dolores que no me dejan dormir ni dejan que tus padre, y hasta tú mismo, duerman. Pero sabes, quiero que este verano que apenas comienza para ti se convierta en el mejor verano de mi vida. Recuerdo aún los ojos que pusiste y la sonrisa que esbozaste al ver mi cara de perplejidad mientras unas lágrimas brotaban de mis ojos.  Estábamos solos en la habitación del hospital. Mis padres se aferraban a lo imposible. No pudimos disfrutar el uno del otro el tiempo que nos debíamos, mejor dicho, que te debía, me dijiste en voz baja, como si quisieras que eso nunca hubiese sucedido. Sí, recuerdo que tu padre jamás disfrutó de mí, ni yo de él. Nos enseñaron a que el tiempo de nuestras vidas no eran nuestros, que lo debíamos hipotecar para que otros disfrutaran de su tiempo de vida. Nos enseñaron a mantener tradiciones que olvidaban el más preciado tesoro que tiene el ser humano, la compañía de sus seres queridos y el tiempo compartido. En aquellos años de mi juventud, como hoy, solo nos dejaban el tiempo para  sacrificar nuestras vidas para que otras vidas vivieran sus sueños. Su tiempo, su forma de medir el tiempo, no era el mismo que el mío. Nos engañaron, nos dejamos engañar y, peor aún, enseñamos a nuestros hijos a repetir y adorar ese engaño. La vida era así, le decía a tu padre. Es mentira, me decía a mí mismo con más temor que confianza, una burda mentira, me repetía. Una casa, un plato de comida caliente, una muda para los domingos, unos zapatos, quizá una radio, era lo que la guerra civil nos dejó en penitencia para los que no entendíamos el porqué de tanto odio, el porqué de una esclavitud con aroma a botas militares y sotanas negras, el porqué de una vida escrita en el dorso de un billete de banco.

¡Gracias abuelo!

   Abuelo, como me pediste, dejé a mis padres pasar el luto que la tradición impone. Yo, con el poco dinero que tenía ahorrado, me escapé primero a una pequeña isla griega, Samotracia. Me perdí entre sus cascadas naturales de agua fría y cristalina para encontrarme de nuevo caminando entre su naturaleza salvaje. Me acuerdo que me hablaste muy bien de este paraje, donde, me confesaste, habías encontrado el primer amor perdido. Fue después de la guerra. Cuando todo el mundo emigraba para las Américas, tú probaste suerte en una Grecia devastada por guerras civiles y aromas a una pobreza próspera en utopías. Te seducían Homero, Pericles, Sófocles, Pitágoras, Platón y tantos otros que durante tu infancia te comenzaron a perseguir para nunca caer en el olvido. En esta pequeña isla encontraste, sufriste y perdiste la pasión de una mujer que, me dijiste, no era de este mundo ¿Sabes? La fui a buscar y la encontré. Era diez años mayor que tú. Eso no me lo confesaste, pícaro, mi pícaro abuelo. Te recordaba con la misma pasión con la que tú la mencionabas. Aprendí de ella y de ti que las únicas horas vividas son la que se alimentan del amor. No hay otra fuerza en el mundo, me dijiste una vez. Por el amor somos capaces de crear, caer y levantarse. Por amor no nos dejamos seducir por la desesperanza ni por quienes se dejan arrastrar por los miedos. Diana recordaba aún cómo se robaron mutuamente el primer beso y cómo había tardado media vida en perdonar a su hermano por haberte golpeado por no estar de acuerdo en esa relación. Me confesó que tardó más tiempo en comprender tu llanto de despedida. Le prometiste que la volverías a encontrar en otra vida y que no importaba en qué estrella lejana fuese a nacer, tú la encontrarías y le volverías a robar aquel primer beso y le volverías a dar todos los besos que os estaban robando en esta vida. La última imagen que le dejaste en su retina la transformó, me confesó, en esos besos prometidos. Murió a las pocas semanas de yo regresar a casa y recomenzar mi rutina sin ti. Sé que os habéis encontrado de nuevo. Sé que la abuela no se sentirá mal, pues ella me dijo una vez que la eternidad es el espectáculo más hermoso del mundo, viviremos todas las vidas soñadas en todos los mundos posibles.

Te has ido físicamente, pero aún me sigues enseñando

   Dejé Samotracia para cumplir mi promesa contigo. Me dijiste que fuera al Monte de los Olivos, que caminara por Jerusalén sin destino fijo, dejando mis pensamientos vagar entre las piedras que un día tú caminaste. Me pediste que pernoctara al menos una noche bajo el cielo de Galilea y que te buscara en alguna de esas estrellas que brillan con más intensidad en esas latitudes durante el mes de agosto. Lo cumplí y menos mal que me habías dejado algún que otro dinerillo, pues la aventura en Grecia había terminado con mis ahorros. Recordé que una vez, no tenía más de quince años, me dijiste que nunca sacrificara el tiempo de la vida por un puñado de dinero, que el dinero si no sirve para devolverte la esencia de la vida mientras buscas el sentido de tu propia vida, no sirve para nada salvo para esclavizar al hombre a él. Me enseñaste a que nunca me esclavizara a nada ni a nadie. Me enseñaste que el amor rompe cadenas, no ata a nadie y que nada ni nadie tiene precio, sino tiempo de vida para experimentar ese misterio que nos lleva a preguntarnos tantas cosas y que muchas veces solo escuchamos el silencio por respuesta. Lo importante, me decías, es no dejar de preguntarse y entre pregunta y pregunta, no dejar de amar. Si te enseñan a odiar, y te enseñarán, me decías con ahínco, busca dentro de tu corazón el perdón. No hay otro antídoto contra el odio.

Nos encontraremos de nuevo, no importa dónde y nos reconoceremos

   ¿Sabes abuelo? Ya este será mi segundo verano sin ti y este año conseguí que mis padres me acompañen a Samotracia. Me dijeron que quieren encontrarte en aquellas aguas, en aquellas arenas doradas por un sol que nunca se apaga  y que quieren vivir en carne propia ese pedacito de ti que yo les enseñé por vez primera cuando regresé de Jerusalén. Nos vamos, me dijiste una vez, con tantos secretos como con tantos sueños que dejamos partir porque las tradiciones, tantas veces, son cadenas que nos atan a vidas que no nos pertenecen. Sé tú mismo. Eso intento abuelo. Mañana saldremos hacia Grecia. Ya te contaré.

   Tu nieto

Javier

No hace falta que te diga lo mucho que te amo

EL AMIGO DE LA INFANCIA

   Reconocí aquel rostro por una cicatriz, en forma de cruz, la Cruz de los Ángeles, que mostraba en el dorso de su mano derecha. No podía creerlo. No podía ser cierto. Hacía más de 60 años que le había perdido la pista y estaba ahí, a diez pasos de mí.

El mensajero
La riqueza genuina no consiste en acumular, sino en dar

Lo miré perplejo. Observaba cómo su brazo extendido y su mano, formando un cuenco, hablaban por sí solos de los años perdidos. No podía dar crédito. No hacía veinte años un amigo común me había dicho del éxito que había tenido José en la vida. Habiendo heredado la empresa de su padre, siguió el negocio familiar hasta convertirlo en una sociedad anónima de ámbito internacional. Se había casado con la mujer de sus sueños, la misma niña que jugaba con nosotros en el patio de mi casa. Tenía tres o cuatro hijos, me había comentado Roberto.

LA CRUZ DE LOS ÁNGELES DE JOSÉ

   Sentí pánico. No sabía si acercarme o no. El verano dejaba mostrar no solo los surcos de una tez golpeada por los años, sino una mirada anclada en un pasado que, fuese el que fuese, le estaba robando el presente ¡José! Grité para mis adentros mientras mis labios balbuceaban su nombre a medio metro suyo.

mirada encarcelada
Raptamos a nuestros hijos cuando encarcelamos sus sueños a la tradición

Me miró y jamás podré olvidar esos ojos que parecían luchar por recordar el pasado, mi nombre, sus recuerdos. Gambito ¿me recuerdas? Cuando escuchó el sobrenombre con el que solía, únicamente yo, llamarle, alzó sus cejas como queriendo reconocer en mis facciones al niño que fuimos.  Bajó la mirada como si sintiera vergüenza, como si mi presencia le hiciera sentir que el tiempo volvía para recordarle lo que él quería olvidar.

   ¿Quieres un café? atiné a preguntar sin saber siquiera cómo comportarme con aquel amigo con quien había compartido tantos instantes de mi infancia y juventud. Abandonamos aquella esquina de la calle Uría rumbo al café Rialto, el refugio de nuestros padres. En ese mismo refugio en el que nos confesamos el primer beso que robamos a nuestro primer amor. El suyo, siempre fue la niña de sus sueños. El mío fue cambiando a través de los años. Caminábamos en silencio. Le miraba la Cruz de los Ángeles, que parecía brillar en su mano con luz propia para señalar el alfa y omega de la vida, mientras intentaba adecuar mis pensamientos para no ofender la memoria de quien el destino, la suerte, alguna maldición o él mismo, le habían llevado a mendigar en las mismas calles que lo vieron nacer y triunfar.

Olvidar para nacer
Cuando los recuerdos se convierten en pesadillas, es hora de olvidar

Nos sentamos frente a frente. Pedí dos cafés y rechazó mi ofrecimiento para que tomara un pastel. Las milhojas de Rialto siempre le habían gustado, pero hoy las miraba como quien mira algo sin deseo.

LA HISTORIA DE LA CRUZ DE LOS ÁNGELES

   Tardé en reconocerte -comenzó a decirme mientras el pulgar de su mano izquierda acariciaba la Cruz de las Ángeles de su mano derecha-  porque desde hace mucho me juré a mí mismo que el José de siempre, el que había triunfado en la vida, el que había seguido los cánones del éxito, según la tradición, había muerto en aquel día que descubrí que todo el oro del mundo no compra un segundo de paz con uno mismo.

buscando paz
No hay dinero que compre la paz interior

Una paz que siempre busqué fuera, según los mandamientos que heredé de una tradición que me enseñaba cómo amar, a quién amar y cuándo dejar de amar. Una paz que estaba bañada en el oro de las apariencias y de las buenas maneras. Pero las buenas maneras eran simples caretas que escondían los más bajos sentimientos. No sé cómo ocurrió, amigo, mi amigo Alfil -así me llamaba José cuando éramos niños- . Un día descubrí que en la niña de mis sueños jamás había estado yo en sus sueños ¿te recueras? Era demasiado bella para ser impura, pero el corazón no sabe de apariencias, sino de sentimientos verdaderos y por mucho que los ocultemos, tarde o temprano, siempre se manifiestan. Fue un duro golpe, pero me repuse. Otro día vi a mis hijos partir hacia sus propios éxitos con las mismas reglas que yo les había legado. Con cuánto amor hacemos daño a quienes más amamos. No quisieron saber nada de la empresa familiar, ese negocio en el que dejé la piel para verlo crecer. Mi padre me había enseñado a ganar dinero, a multiplicarlo. Fui uno de los mejores en ese arte de olvidar las vidas que se martirizan por la generosa y noble causa de acumular en las arcas un puñado de oro  ¿Sabes cuánta fortuna llegue a poseer?

contradicciones
La genuina riqueza no se ve ¿Quién es el rico, quién el pobre?

Ni yo mismo lo supe jamás con certeza, tampoco me importaba. El reto era llegar a ser el mejor, a tener más, a cualquier precio. Un día lo perdí todo. Tampoco me importó. Ya en ese entonces mi existencia estaba tan vacía como lleno de diamantes el mundo que estaba a punto de mostrase ante mis ojos. Un día me vi durmiendo en un albergue público y comiendo en un comedor social. Ese día supe que era libre. Comencé a recorrer caminos que en otras épocas atravesé con el último Audi del año. Comencé a ver los paisajes de entonces a la velocidad de mis pasos. Fui descubriendo todas las mentiras de mi vida. Sé que tengo nietos que no conozco porque un día llamé a cada uno de mis hijos para pedirles perdón, perdón por no haberles enseñado que la vida no es lo que les había enseñado.

Hay pasos lentos que te llevan lejos
Despertar al espíritu no es una cuestión de velocidad

Tampoco me hicieron caso. Hay heridas que tardan en cicatrizar y lecciones que solo se pueden aprende solo y a su tiempo. Nadie es maestro de tu vida y por mucho que quieras no alargas ni acortas un segundo de tu existencia. Solo tú puedes alcanzar tu propio ser cuando has tirado a la basura la máscara que te ponen al nacer, ese cúmulo de creencias y tradiciones que llevan a la muerte a tantos y tantos sin siquiera llegar a conocerse a sí mismos.

    Hace unos meses decidí regresar a estas calles. Quería ver con mis propios ojos las calles que un día recorrí siendo distinto al que hoy soy. Cada instante, cada presente, nos convertimos en otro, más sabios, más humanos, pero nos empeñamos en poner fronteras a nuestro espíritu para encerrarlo en cárceles que nos sean familiares. Necesitamos zonas de confort que  permitan mantener al ego sin sobresaltos, hipnotizado por los éxitos efímeros de tiempos que creemos nunca acabarán. Apenas llegué ayer y hoy me encontraste, amigo Alfil. Parece que fue ayer que jugábamos al ajedrez. Recuerdo nuestro último juego, venciste.

EL ARREBATO DE LA CRUZ DE LOS ÁNGELES

   Recuerdo aquel último día que también fue nuestro último juego. No vencí aquella partida. José me dejó vencer. Acostumbrándose a las leyes de la tradición familiar, algo había en él que rechazaba esa regla de oro del éxito, no te importe arrasar a quien sea con tal de ganar. Primero tú y tu familia, luego tú y tu familia. Si queda tiempo y dinero, comienza siempre por las más fieles a tu causa.

Sin ser un juego, la vida se convierte en un juego: tomar conciencia de sí mismo como parte del Todo y de todos

Quedé con José para vernos al día siguiente. Nunca apareció a la cita. Lo busqué. Temí lo peor y lo peor se dio. En su entierro solo estábamos presentes el cura, los sepultureros y yo. Era un año más joven que yo, pero sin duda vivió muchos más años que yo. Nunca tuve el valor de romper con aquello que me ató nada más nacer. No fue por ignorancia. Todos sabemos dónde está el bien y el mal, lo que está bien y lo que está mal, para nosotros y para los demás, sean o no familia, pero pocos se atreven a renunciar a sí mismos, a su yo,  para encontrase a sí mismos. José ganó la última partida, hoy lo sé. La Cruz de los Ángeles hoy brilla de otra forma en mi recuerdo cada vez que paso por aquella esquina donde lo encontré, después de tantos años, por  primera vez y última vez.

EL ABUELO EMIGRANTE

Ramón, mi querido, recordado y único nieto. No te puedes imaginar cuánto te extraño. Aquí, encerrado en esta jaula de oro, entre paredes que no me dicen nada de quien fui ni de quien soy, dejo volar mi imaginación hacia ti. Recuerdo que naciste casi en medio de la nada, en una Patagonia que tu madre, mi hija, se empeñó en visitar, con ocho meses de embarazo, para ver con sus propios ojos las penurias de mi juventud.

nada es sin amor
El lujo de un hogar es el amor que habita entre sus paredes

Quien no ha vivido la aventura de la migración forzosa, buscando un pedazo de pan que alimenten otros sueños, jamás entenderá la soledad vista desde la amargura de estar lejos de los tuyos, de tu gente, de tu barrio, de tus calles. Naciste de milagro y, hoy sé, por la intercesión del Padre Pío. Solo a las mujeres como tu madre el desafío de lo desconocido les trae sin cuidado. Por alguna extraña razón, saben que el destino no está escrito en los miedos, sino en la vida que día a día se muestra y se llena con pequeños gestos de amor y valentía. Una vida que no es una lucha, como nos enseñaron, como enseñé a mis hijos y como te enseñé a ti. Uno tarda en comprender y aprender, pero aún más en rectificar lo que por tradición recibimos. Al menos, ese fue mi caso.

Se puede cuando el amor lo anhela
Se pueden trascender las tradiciones fallidas

Y quiero darte las gracias porque tú, siendo mi nieto, mi querido nieto, me ensañaste que no hay fronteras más peligrosas que las que uno se traza a sí mismo. Nos enseñaron, a mí y mis hermanos, con mucho amor, que hay cosas imposibles cuando en realidad lo imposible, lo que no puede ser, es negar la capacidad del ser humano para superarse día a día, generación a generación, e ir alcanzando otros territorios, otras formas de entendernos a nosotros mismos en medio de este universo que se abre cada noche a quien se deja acariciar por la verdad y el amor. Tantas veces cortamos las alas de nuestros hijos por amor, tantas veces. Pero todos los días sale el sol y sale para todos. Eso me dices siempre. A mí me gusta mirar las estrellas también porque de ellas venimos y a ellas volveremos. Sí, sé que tú me acompañas en esta visión de lo desconocido para tantos y tan familiar para nosotros. Pero ¿qué quería decirte?

LAS HERIDAS DE LA INMIGRACIÓN

    Pasé casi toda la vida fuera de mi tierra, en la Pampa Argentina primero, después en Venezuela y terminé en México. Perdí a la mujer de mi vida, tu abuela, y con ellas a mis hijas, por causa de faldas y amores bajo palmeras. Nunca valoré el amor que me dio tu abuela hasta que llegué a pasar esta última etapa de mi vejez en esta prisión de lujo, en las costas mallorquinas. Sí, no me falta el dinero que tantos y tantos claman para poder comer siquiera.

Deshumanización del hombre
El rostro de la falta de humanidad de las sociedades enfermas

Otros tienen que quitarse el pan de la boca para mandarle el dinero a sus familias , allende el Estrecho, allende el Atlántico y puedan comer ese pan que él se priva. El amor lo da todo sin esperar nada a cambio. Son tantas las injusticias humanas que han visto mis ojos a lo largo de mi vida y tantas veces miré hacia otro lado. Me preocupé solo de sobrevivir a esta barbarie y acumular, acumular y seguir acumulando dinero para que no tuviera que pasar yo y mi familia por tantas penurias. Sé lo que es el hambre porque el emigrante, las más de las veces, sale de su país con una mano adelante y otra atrás, como me decía tu abuela. Fueron muchas lágrimas derramadas hasta el día que dije ¡basta! Ese día, sí, comencé a prosperar y en muy poco tiempo pasé de estar casi en la calle a conseguir aquella primera casa en la que nació tu madre. Pero ese día de aquel “basta” también empecé a morir un poco como ser humano. Hoy lo sé y casi saboreando la muerte, que no me asusta, lo confieso. No solo perdí a tu abuela a los pocos años de nacida tu mamá y tu tía, sino que fui perdiendo la cordura de saberme hombre entre hombres y no entre enemigos o seres ajenos a mí. Cuando el hombre deja fuera de su visión y su realidad la tristeza y las desgracias de los otros, deja de ser hombre él mismo y se convierte en una simple marioneta de tradiciones heredadas para seguir manteniendo este circo humano de sufrimiento y muerte. Por qué el ateo no puede comulgar con un creyente. Por qué se incita a odiar a lo distinto en la superficie de las costumbres.

esperanza
Por qué…tú, querido nieto, me enseñaste a ver lo que ya había olvidado

Acaso ver a nuestros niños jugando en un lodazal, en una aldea perdida de África, con la pobreza como bandera y comida, no es suficiente para darnos cuenta de que todos llegamos puros a este hermoso planeta. Me niego a creer, y sí, también tú me lo enseñaste, que estamos determinados a odiar a nuestros semejantes porque son diferentes en costumbres, hábitos o creencias. Somos más que la suma de todas nuestras diferencias. Prefiero pensar que ese odio inculcado es producto de la ignorancia de otras épocas y que vosotros, los milenials de hoy y de mañana, puedan conquistar la tierra del hombre del mañana, su alma, su Ser.

EMIGRANTES SIN FRONTERAS

   Querido Ramón, no sé por qué te estoy escribiendo. Ya, ya recuerdo. No sé si vendrás en estos días a visitarme, pero quiero darte una sorpresa. Decidí que estas paredes sin vida que me acompañan mañana, tarde y noche, vuelvan a latir de esperanza. Sabes que compré una casa con demasiadas habitaciones, demasiados baños, para un anciano que va despojándose, poco a poco, de lo que nunca fue. Así que he decidido dar acogida a inmigrantes, no solo techo, comida y alimentos, sino esperanza. Hablarles de mi vida quizá me sirva y les sirva de algún modo. Quizá siga siendo un egoísta, pues sé que lo que voy a recibir de ellos es mucho más de lo que yo pueda darles.

sociedad enferma por el odio
En una sociedad enferma, todos somos refugiados

El amor y la calidez de sus sueños no tienen precio. Pero sabes, no lo hago por sentirme acompañado, ni por limpiar mis errores de antaño, sino porque, rozando el misterio, soy otro, aquel que fui de niño y recuerdo que de niño, nunca te lo conté, soñaba cambiar el mundo. Ahora, a estos años, comprendí que quien tiene que cambiar para cambiar el mundo es uno y no el mundo. Te espero. No sé que día es ¿martes? ¿jueves?  pero ya llamé a aquella ONG de la que me hablaste y ya mañana llegarán los primeros inmigrantes a mi casa y yo me convertiré en su primer refugiado.

   Te amo Ramón. Saluda a tu mamá y a tu abuela.

QUIERO UN ABUELO PARA NAVIDAD

Los deseos no bastan para hacer de una buena intención algo real. Para construir la realidad se necesita también ejecutar la voluntad de querer alcanzarla. Los deseos, muchas veces, solo son refugios para calmar la mente de muchas frustraciones. Abuelos y navidad pueden parecernos conceptos que no casan, que, a lo sumo, se encuentran en esas fechas por un efecto colateral de tradiciones que no comprendemos y seguimos con ellas por una inercia visceral. Sin embargo, para ahondar en esta afirmación, he aquí el relato de un nieto que nunca conoció a su abuelo y jamás pudo pasar una navidad junto a él.

CONOCÍ A MI ABUELO POR NAVIDAD

   Cuando pregunté a mi papá por mi abuelo, su papá, era víspera de Navidad y tenía yo siete años.  Solo me contestó que el abuelo hacía mucho no estaba entre nosotros, que estaba en el cielo. Siguieron los años de la inocencia marcados por esas palabras sin preguntar más. Cuando cumplí trece años supe la verdad.

MI abuelo comenzó a vivir en mí a los trece años

Mi abuelo no estaba muerto, solo mis padres así lo creían por cosas que no comprendía en ese entonces. Siguieron pasando los años de la desconfianza y la rebeldía. La nostalgia por mi abuelo continuaba creciendo hasta que un día, a escondidas, pude conocer su bello rostro en fotos. Encontré una vieja fotografía en un aún más viejo libro, Los viajes de Gulliver, en una edición de 1863 y que estaba autografiada y dedicada a mi abuelo por alguien que sólo sé de él apenas su nombre, Belarmino Buendía. Aún hoy, a mis setenta años, sigo pensando cómo llegó ese vetusto libro a mis manos y, hoy día lo sé, desde entonces comencé a revelarme contra las casualidades y los misterios. Todo tenía que tener un por qué, un motivo. Las cosas no podían ser así como así solo porque nos negásemos a aceptar lo que no  nos agrada o, peor aún, por desidia, desgana, falta de enfrentar con coraje lo que no comprendemos. Mi padre rehusó de su padre dejándome sin abuelo por algo que, hoy sé, fue más un arrebato del autoritarismo que heredó de mi propio abuelo que por su propia voz interior, desgarrada por la falta de valor a la hora de hablar de tú a tú con quien más quiso. Sí, repetimos tantas cosas que nos desagradan para aprender, tardíamente, a trascenderlas. Hay errores que se convierten en nuestra sombra. Un día, ya hartos de tropezar una y otra vez en la misma piedra, decidimos rodearla. Mi padre cometió con mi abuelo lo que mi abuelo hizo con él por amor a la tradición. Ni mi padre ni mi abuelo pudieron trascender su condición de machistas empedernidos, todo por amor, según les habían enseñado a sangre y fuego.

El peso del ADN cultural
El ADN cultural tiene más peso que el ADN genético

A mí me costó pasar página, y solo pude hacerlo cuando decidí cambiar de libro. Comencé a leer otros libros  de la vida que nada tenían que ver con aquellos que mi tradición tenían como libros de cabecera. Comencé a dejar de ser otros para ser yo mismo. A estas edades, ya con varios nietos rondándome las canas y mis fuerzas, hubiese querido tener a mi abuelo por navidad para decirle lo mucho que lo amo sin haberle conocido, sin haberle podido dar un beso o una caricia.

LA NAVIDAD EN LA QUE BUSQUÉ A MI ABUELO Y SUPE QUE YA NO ESTABA

   Fue el diciembre más frío que recuerdo. Nunca sentí tanto terror a la nieve y a los rayos como aquel año en el que recibí la noticia de la muerte de mi abuelo. Ya rondaba yo la mitad de la década de los treinta años, con un hijo a cuestas y otro en camino, cuando fui el único en la familia que fue a enterrar la tradición.

La tradición de la muerte
hay tumbas que nunca se cierran

Mi abuelo murió solo, en una residencia. Supe que llevaba años sin querer hablar con nadie. Nunca perdió la cabeza y hoy quisiera que la hubiese perdido para así no sufrir lo que debió sufrir por no tener presente sino solo pasados que revivir. Paradójicamente ese año, en el que había decidido buscarlo, llegué justo para velarlo. Ni siquiera pude pedirle perdón, ni siquiera pude ver el brillo de sus ojos y decirle lo mucho que lo amaba, lo mucho que sentía no haberle ido a visitar dejando que el tiempo profundizase las heridas. Solemos extrañar lo que se nos va sin darnos cuenta que, muchas veces, dejamos partir lo que queremos por tradiciones que nos aman envenenándonos de creencias. Creencias que solo sirven para mantener a los muertos en sus propios infiernos.

   Desde aquella tarde decembrina no volvía a ser yo. Pero no para restregarme mis equivocaciones, mis errores, y seguir la tradición de odiar lo que uno no comprende o no le han enseñado a comprender. No sé por qué, qué fue lo que paso en mí al verme solo, con unos pocos trabajadores de la residencia donde murió, frente a un féretro que buscaba su lugar en la tierra que lo vio nacer.

Superando creencias
El valor se mide por la capacidad de superar tradiciones y creencias fallidas

Supe entonces, como si un cielo  gris encapotado hubiera dado paso a un azul puro con un sol embellecido por los ángeles, que nunca dejaría que tradición alguna estuviese por encima de un ser humano. Dejé de creer en las tradiciones para creer en los hombres de carne y hueso, en los que se dejan arrastrar por miedos que no les pertenecen, que no los definen y comencé a acercarme a mi padre, de quien ya me había alejado y comencé a construir otra relación con mi hijo de siete años.

LA NAVIDAD QUE ME CONVIRTIÓ EN ABUELO

   Mi padre murió en su propia tradición y aunque aprendió a disimular ante mi distinta visión de la vida, nunca dio el paso para aparcar su orgullo y conversar con uno de tú a tú de sus propios miedos. Por más que lo intenté, solo conseguí de él su mirada despectiva y misericorde. Se creía superior tal y como la tradición espetaba a los padres de familia, tú eres la cabeza, tuya tu tribu. Nunca dejó de pensar en sus seres queridos como meras mercancías con alma. Pero yo, gracias a mi abuelo, al recuerdo que fabriqué a través de los años de los días que me robaron su amor y su presencia,  y a mil factores más que van moldeando la fuerza para vencer la inercia que nos trae al mundo, logré entrar en la senectud con el alma puesta en mis nietos.

   Me hicieron abuelo el día que enterré a mi padre. Era un día de Navidad. En la familia se pensaba que el pequeño Felipe venía con malos augurios, sin embargo, desde el mismo instante que empezó el runruneo dejé claro que no había desgracias y fatalidades, que la llegada de Felipe era una bendición para todos.

No hay límites a la hora de cambiar
En cualquier lugar, en todo momento, se puede recomenzar

No solo era mi primer nieto, hoy ya tengo ocho, sino que su llegada nos enseñaba, les dije en un cónclave improvisado en el cementerio, que en la vida no hay más demonios que los que uno decide adoptar como propios, que no hay desgracias más allá de las naturales y que una vida tiene identidad propia y que no se puede manchar con nuestros propios miedos. Tras terminar la pequeña letanía pude ver en el rostro de mis hijos la complicidad de los nuevos tiempos. Habíamos roto la tradición aunque fuese al precio de enterrar en nuestras memorias, y para siempre, a nuestros muertos.

   Hoy me siento feliz de ver que mis nietos me quieren como regalo para sus días más allá de estas fechas de Navidad. Los busco y los ayudo en lo que las fuerzas me permiten pero, debo confesar, desde que vi cómo iba aumentando la familia, no niego que las fuerzas no siguieron su trayectoria natural, sino, todo lo contrario, comencé a rejuvenecer en las risas de mis nietos. Sé que un día me iré pero también sé que luché con todas mis fuerzas para quedar en la memoria de mis hijos y mis nietos no como un hombre de tradición, sino como el abuelo que rompió la tradición.