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TARDÉ TANTO EN APRENDER A PERDONAR

APRENDER A PERDONAR ME LIBERÓ

   Ya han pasado casi nueve décadas desde que nací. Te escribo, querido nieto, querido Xavier, para desearte que no tardes tanto en aprender a perdonar como yo lo hice.  Sí, nos enseñan a odiar antes que a amar, a vengarnos antes de perdonar. Creo que a veces siento que todavía no logro aceptar que hay hechos y personas que merezcan perdón alguno por sus faltas, por la aberración de lo que han cometido, pero también sé que ese sentimiento no nace de mi corazón, sino de mi razón, de mi impotencia, de miedos que se resisten a morir en mí. Sí, Xavier, hay miedos que están tan arraigados en nosotros, que nos siembran desde antes incluso de nacer, que no solo cuesta reconocerlos a través del tiempo, sino de desterrarlos de nosotros una vez que aceptamos que están ahí, en nuestra mente, en nuestro corazón.

Nunca es tarde para el perdón
Tengo aliento para escribirte

Creemos que sin ellos dejamos de ser, no somos nadie, que perdemos nuestra identidad. Sin embargo, esa zona de confort que nos proporciona seguridades y certezas, como la de estar haciendo lo correcto, es un espejismo. El dolor solo se va cuando se deja partir la causa que lo motiva. Sin embargo, nos negamos a soltar, a dejar partir, aquello que ya no puede ser. Creemos que recordando el agravio, la falta, la pérdida, la añoranza, seguimos viviendo la situación anterior al dolor, pero eso es un espejismo y nada resuelve.

CUANDO APRENDER A PERDONAR SE CONVIRTIÓ EN UNA MEDICINA

   Me duelen las piernas y no es por lo que he caminado en la vida jajajaj Tú bien sabes que siempre me defendí en alta mar, buscando el sustento entre el cielo y la profundidad del océano. Vi tantas veces la muerte de cerca que llegué a creer que era inmortal, que nadie podría vencerme, ni siquiera cuando la muerte se llevaba a algunos de mis amigos, confidentes y compañeros de faena. Nací en el mar, como mi padre y el tuyo. Cuando naciste aún pensaba que seguirías el mismo camino. Aun, a esas edades tan tardías, me creía dueño y señor de mi vida, de mis tradiciones, de mi océano, el que divisaba desde nuestra casa en las costas de Vigo. Aún recuerdo los cuentos nocturnos que mi padre relataba en frías noches de invierno. Nunca terminaba sin recordarnos, a mí y mis hermanos, que había conocido al mayor de los aventureros marinos, al legendario Julio Gabriel Verne.

Recordando la infancia
Hay cuentos que nunca se olvidan

Desde entonces, nadie en nuestra familia se ha resistido a luchar contra el dolor para doblegarlo y vencerlo. Sin embargo, hay dolores que no nos enseñan a vencer, el dolor que causa nuestro propio egoísmo, nuestra terquedad, nuestro orgullo y, sobre todo, nuestros miedos, que solemos heredar sin siquiera comprenderlos. Perdí a tu abuela cuando nació tu tío Tomás. Tu padre y tus otros tíos supieron estar a la altura de aquellas circunstancias y en cierta forma me ayudaron a salir adelante, a volver a mi barco, a mis redes. Pero nunca perdoné a Dios que me hubiera arrebatado a quien más quería. Sin embargo, hoy, cuando estoy en la soledad de la habitación, con las luces apagadas, puedo escuchar a tu abuela decirme que está bien, que no culpe a Dios de nada, pues Él nada tiene que ver con misas, tradiciones y muertes accidentadas. ¿Está bien, dice? ¿Puedes creerme? Hace ya más de cincuenta años que se fue y aún está en mi mente los gritos de dolor, el último estertor, que escuché con total impotencia. Pero sé que está bien y no me preguntes por qué lo sé. Simplemente lo sé. Dice mi compañero de habitación que son tonterías, que nada nos aguarda al morir. Pero ella se me va apareciendo cada día con más fuerza, como en aquellas noches cuando me recibía tras días de ausencia por estar buscando el sustento de nuestra casa. No sé Xavier, pero me dijo que debo aprender a perdonar antes de partir, que no debo dejar cuentas pendientes, que no importa si no tengo como resarcir la situación porque alguien ya se haya ido. Basta, me dice, con clamar en silencio desde el corazón y pedir perdón. Primero a uno mismo por no haber aprendido a perdonar a tiempo, luego a todos aquellos que de una u otra forma los hemos condenado y alejado de nuestras vidas.  Era tan hermosa, tan buena mujer, tan buena madre y eso que, hoy sé, vivió los mismos miedos que yo, pero supo llevarlos y enfrentarlos mejor que yo. Quizá el hecho de ser mujer les hace estar más conectadas con eso que llaman misterios. No lo sé. Lo que sí sé es que tiene razón, que hoy decidí escribirte esta carta.

Hoy es mañana
No dejes para mañana el camino que puedes recorrer hoy

Sé que tu padre se fue de este mundo sin darle tiempo a decirte que sentía haberte dejado de hablar porque, simple y llanamente, seguía  la tradición. Jamás aceptó que uno de sus hijos amara a otro hombre. Una tradición que yo le enseñé y que me alegro que tú hayas roto. Espero solo que esa ruptura no te lleve a los mismos miedos disfrazados de otra manera. Perdona hijo mío.

NO ME IRÉ SIN APRENDER A PERDONAR

 Querido Xavier, te amo y espero me perdones por los años que dejé de dirigirte la palabra por  defender a tu padre y creer que tenía razón. Hoy sé que nada ni nadie puede obligar a nadie a ser como uno quiere que sean. Todos somos dueños de nuestro destino. Todos tenemos derecho a elegir el mar en el que queremos navegar y con quien deseamos tomar el timón de nuestras vidas.

Me encontrarás en casa palabra
El amor no sabe de adioses, sino de hasta pronto

   Espero que me visites cuando quieras y puedas, pero si no llegaras a tiempo, quiero que sepas que me voy con el alma desnuda y en paz. Nunca quise hacer más daño del que creí me hacían, pero ya aprendí la lección de que no se puede devolver mal con mal, pues recogemos lo que sembramos o, como diría tu bisabuelo, si echas las redes a un tiburón, no esperes que te devuelva nada.

  Tu abuelo Juan