GALLO, EL ABUELO QUE SUPO REINVENTARSE A SÍ MISMO

Lo conocí rumbo a los noventa años. Conservaba el aspecto de haber sido un hombre de buen ver en sus años de juventud y un poco más allá y de costumbres que trascendían las modas y los manuales de buen ciudadano y mejor compañero que imponían los tiempos. Había nacido en Campo Florido, un pequeño pueblo cercano a La Habana, en el año bisiesto de 1924 y en el mes de las flores, mayo. Año que en la memoria de Cuba también quedará como el año en el que la provincia de Pinar del Río fue azotada sin piedad por el huracán Diez, el más poderoso que se haya registrado en la isla hasta estos albores del siglo XXI. Había nacido para experimentar una vida de novela romántica y de tragicomedia, al buen estilo griego. Barbero de oficio, periodista de profesión, diplomático y espía por imposición y come… por convicción.  

   Cuando conocí a Héctor Gallo, Emilia, su amada esposa, la horma de su zapato, seguía a su lado. Casi setenta años de andaduras y diabluras compartidas por medio mundo como pocas parejas humanas. El amor suele durar poco hoy en día. El amor, acompañando a los tiempos milenial, dura lo que dura un juego de moda. No es que el amor esté en desuso, sino, más bien, que el ser humano va perdiendo la cordura en aras de una locura efímera y virtual, como si no existiera mañana, como si la inmortalidad solo fuese un cuento de niños narrado sobre una pantalla de plasma. Cuando Emilia se fue de este mundo, Gallo siguió saludándola con un beso por las mañanas, no porque se hubiera vuelto loco, sino porque sabía que el amor nunca muere y que, de una u otra forma, los muertos están vivos y sienten el afecto que se les da.

El jardín de los afectos habla de amor en un mundo cargado de odios

   Gallo conservaba una memoria prodigiosa. Reconocía él mismo que era un don que venía a suplir, según relataba, su escasa inteligencia. Yo no podía opinar lo mismo. Para mí, un ser que es capaz de mirar el pasado sin rencor hacia sí mismo y hacia los demás por los errores cometidos y de vivir cada instante presente con el mayor amor del mundo, es un ser cuya inteligencia está más que mostrada. Lo demás es información. Gallo se comenzó a reinventar a sí mismo en el mismo año que la edad lo jubiló de sus labores al servicio de la Revolución. Siempre se sintió un marxista biológico, pero por encima de su ideología estaba el amor al ser humano, el amor a la humanidad.

EL GALLO QUE MIRABA LA MAR CON LA PASIÓN DE UN MARINERO EN TIERRA

A pocos metros de su casa-museo en Alamar, su jardín de afectos, su pedacito de cielo en la tierra del apóstol Martí, Gallo contemplaba las aguas violáceas del Estrecho de la Florida buscando respuestas a todo lo que estaba aconteciendo tras el derrumbe de la Unión Soviética y la orden del comandante Fidel de resistir a cualquier precio. ¡Aquí no se rinde nadie! ni ayer ni hoy ni nunca, se oía decir a viva voz a tantos que habían dado su juventud y su vida por aquel proyecto libertario y que amenazaba con ser pasto del desplome soviético. Gallo no era uno menos, pero estaba llamado a ser libre y no convertirse en un héroe de vitrina. Gallo comenzó a reinventarse de la mano del arte. Comenzó a trabajar con sus manos los miedos que le asaltaban en esta nueva etapa y comenzó a tallar su propia alma con las enseñanzas de su mamá y su papá.

Gallo y la memoria de una revolución de amor

Un hogar donde la decencia y el respeto comenzaba con la honestidad hacia los demás y donde la mentira era proscrita porque era vista como un aliado del diablo mismo. Era preferible callar que mentir. Siempre recuerda que fue un milagro llegar a este mundo, pues nació de una madre que ya estaba cerca del medio siglo de vida. Aun hoy, buscando la edad centenaria, he conocido pocas personas que, como gallo, al hablar de su madre pareciera que le están dando un abrazo, un beso, una caricia en su cabello. Gallo tuvo la imperiosa necesidad de reinventarse no para no morir de hambre, sino para comenzar a vivir la verdadera sensación de estar vivo en un mundo que gritaba su propia destrucción. Gallo nunca dejó de ser marxista, de creer que el mundo debía buscar en el marxismo la solución a la convivencia, pero enterró el fanatismo, el extremismo y con ellos, comenzó a contemplar el mundo del amor como el camino hacia la conciliación. Los demonios humanos son pocos y muchos seres son los que anhelan un mundo de convivencia en paz y equilibrio.

LOS ROSTROS DE GALLO

La ingente obra de Gallo está repleta de rostros. Su rostro. En cada una de esas caras, Gallo fue dejando todas sus preguntas con las respuestas que le iban llegando a través de sus propias manos convertidas en ángeles creadores. Los rostros de Gallo le hablan al mundo, al que vivió, al que dejó de vivir, al que le hubiera gustado vivir y solo alcanzó a soñar. Hablan sus rostros al oído, casi susurrantes.

Más vale un gallo cantarín que un gallo en el caldero

Los rostros de Gallo miran con amor a todo aquel que busca entre sus miedos al hermano que un día odio, aquel semejante que dejó de ser un enemigo para convertirse en un amigo con el que compartir el hoy y el mañana, sin ayeres que restaurar. Los rostros de Gallo tocan las campanas para que nadie olvide que la melodía de la vida está sonando por ti, por cada ser que viene a este mundo a amar y a perdonar. Las campanas del jardín de los afectos de Gallo esperan por ti, para darte la bienvenida al mundo de Gallo, donde nadie escapa a su amor y a su sabiduría. Una sabiduría aderezada por los años dedicados a encontrarse en cada uno de los rostros que fue dejando tras de sí.

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