LA ABDUCCIÓN DE MI ABUELO

Esta historia me la relató mi abuelo poco antes de morir. Yo tenía catorce años y él cerca de los noventa. No los cumplió. Me dijo que nunca se la había confiado a nadie porque siempre sintió miedo de que se burlaran de él o, peor aún, que lo tomaran por loco. Me dijo también que yo le había demostrado ser lo suficientemente abierto de mente, a pesar de mi edad, para contarme lo que le sucedió aquella mañana helada, propia de un invierno burgalés, cuando apenas contaba veinte años.

¿QUÉ ES UNA ABDUCCIÓN?

   Era la década de los cincuenta. Burgos aún respiraba los aires de los primeros años de la posguerra dejándose acariciar por una cierta industrialización. A sus calles llegaría mi abuelo en busca de la prosperidad que al campo le era negada. Era oriundo de una pequeña aldea del occidente asturiano, Moal.

Camino al paraíso
Moal, Paraíso, ayer y hoy

En aquellos años, me decía mi abuelo, el futuro pasaba por bajar a las minas cercanas o dedicarse a las faenas de un campo que había que mimar con las manos minuto a minuto para a comer al menos una vez al día. Él, sin embargo, soñaba con otros mundos, quería buscar su propio paraíso. Así llegó a Burgos, a la casa de los padres de quien más tarde sería mi abuela. Allí comenzó realmente su pasión por las estrellas. Me contaba cómo iban cada noche, a escondidas, mi abuela y él, a la ermita de San Amaro para contemplar el cielo estival y robarse unos besos uno al otro. Cuando el invierno hacía imposible aquellos pequeños placeres, cuenta mi abuelo que, sin saber por qué, decidió un 20 de enero acercarse a los prados adyacentes al santuario.

La ermita
El santuario de San Amaro

No sabe cómo llegó allí y si eran las diez o las once de la noche. Un frío que helaba cualquier pensamiento y que atravesaba esa montaña de ropa que lo abrigaba se apoderó de él y, cuando estaba a punto de despertar de esa locura, sintió el calor de una luz que lo cegó y le calentó hasta el último centímetro de piel. Se sentía desnudo y como sumergido en un mar en calma.

 

 

LA ABDUCCIÓN QUE VIVIÓ MI ABUELO

   Mi abuelo era letrado y se había leído las obras del perseguido y quemado monje Giordano Bruno.

Giordano Bruno, el monje que ni la hoguera pudo impedir que viviera sus sueños

Cómo él, soñaba también con mundos distantes pero no tan distintos en cuanto a los seres que los habitaban, pues todos eran, pensaba para sus adentros, hijos del mismo Dios. Aquella noche, sin embargo, pudo ver con sus ojos y sentir en su alma la verdadera naturaleza de Dios y el universo que lo permea. Sí, me confesó mi abuelo que estos seres que lo llevaron no sabe a dónde, de alguna manera le hicieron comprender algunas cosas y entre ellas que el universo no pertenece a Dios, es Dios mismo. Que los distintos seres que lo pueblan no difieren tanto en su morfología, sino en su camino hacia reconocerse como partes de esa Conciencia Divina que lo impregna todo. No somos seres de carne y hueso, venía a decirme, sino espíritus que encarnan para que Dios experimentase todas las formas posibles de ser. El tiempo era una ilusión de ese espíritu que se encarna y vibra en busca de sí mismo. Realmente nadie hubiera creído a mi abuelo, pero yo sabía que no me mentía, que era incapaz de sembrar en mí alguna falsedad y mucho menos ofender a esa divinidad que, desde entonces, mi abuelo ama sin nombrarla, sin darle más atributo que ser puro Amor. Sí, también le enseñaron que el Amor no es un estado de la conciencia del ser humano, ni siquiera de otros seres del universo, de la infinidad de seres que pueblan el infinito, sino es Dios mismo creando y recreándose en cada Conciencia que brota de Él mismo.

REGRESANDO DE LA ABDUCCIÓN

   Me contó mi abuelo que tras su regreso habían pasado cinco horas y que despertó en su cama como si nada hubiese ocurrido, pero él sabía muy bien que lo vivido no había sido un sueño ni un delirio. Los zapatos aún embarrados daban fe de la experiencia vivida. Estuvo días sin mediar casi palabra. Hasta mi abuela llegó a pensar que había otra mujer, que su comportamiento era como el que ocultaba algo. Jamás se atrevió mi abuelo a comentar nada de nada, ni siquiera a ella, que era a quien más amaba en este mundo. Mi abuelo quiso dedicarse a la astronomía, pero en aquella época, en aquella España católica, apostólica y romana, donde los astros estaban aún al servicio del clero, aunque hacía ya años que el sentido común iba penetrando, poco a poco, las mentes obtusas de la iglesia, no había lugar para él y su nueva visión del mundo.

La mirada hacia el infinito
Mirando el infinito

Optó por estudiar la mejor carrera posible, hacer feliz a mi abuela. Pudo entrar en el negocio de la fotografía, montar su propio estudio, con ayuda de mi bisabuelo, e ir, poco a poco, escudriñando más y más los cielos burgaleses en busca del infinito. Nunca dijo nada del porqué de esa afición, ni siquiera cuando compró su primer telescopio y lo instaló en el ático de la que hoy en día es la casa de mis padres. Él sabía que aquello que buscaba ya lo había hallado hacía muchos años, pero cada 20 de enero, no importaba  el clima ni las circunstancias, siempre volvía, a las diez de la noche, al santuario de San Amaro. Pasaba, ya no tantas horas como en los primeros años tras la abducción, mirando los cielos nocturnos como quien se mira a sí mismo en el espejo. Desde algún lugar, lo sabía, lo estaban observando y, aún más, cuidando y, aún más, amando.

YO SÍ ESPERO MI ABDUCCIÓN

   Tenía catorce años cuando mi abuelo me contó su experiencia y yo, que quería ser futbolista, pues los estudios no eran mi fuerte, me dediqué a estudiar lo que él soñaba ser. Y no me arrepiento, soy doctor en astronomía y me fascina lo que hago.

No estamos solos
Millones de planetas esperan a ser descubiertos

He descubierto más de un exoplaneta y estoy seguro que seré uno de los primeros en dar la bienvenida oficial a esos seres que pueblan el universo y que, nos guste o no, lo admitamos o no, lo aceptemos o no, están ahí, observando a que el hombre deje de mirar el universo con miedo o perplejidad y pueda reconocerse como hijos de las estrellas. No tengo miedo a expresar mis opiniones, aunque camino a la tercera década del siglo XXI, aún hay mentes que no quieren ver más allá de sus creencias limitadas y fallidas, más allá de sus saberes sujetos a fórmulas tergiversadas del hombre y de la vida. Razón tenía mi abuelo cuando le pregunté por qué no se había atrevido, ya de mayor, a contar lo que más que visto había experimentado en todo su ser  y me contestó, mirándome a los ojos, el hombre no puede ver con los ojos lo que su mente no es capaz de ver y menos aún puede comprender con la razón, con la mente, lo que su corazón no es capaz de amar. No sé bien por qué me lo dijo, pero intento, desde entonces, ver las estrellas con el corazón y, sorprendentemente, siempre encuentro nuevos datos que me llevan a convencer a aquellos que se niegan a ver y si no me llevan a convencerlos, que tampoco es mi tarea, sí a callarlos.

   No sé dónde estás abuelo, pero sé que estás viviendo lo que en este mundo soñaste cuando mirabas el infinito.

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