MUERTE EN LA RESIDENCIA “UNA VEJEZ FELIZ”

Querido nieto, querido Tato, te escribo antes de que la muerte en la residencia me lleve de improviso. Podría decirte que estoy asustado, pero te mentiría. Soy hijo de la Gripe Española ¿te acuerdas del cuento de tu bisabuelo? Aquella gripe que terminó con cincuenta millones de vidas a principios del siglo XX, hizo que mis padres, tus bisabuelos, se conocieran. Eran otros tiempos y las historias de amor, como las del desamor, también. Cada época, cada generación, tiene el derecho a elegir su propio camino. Tu bisabuelo se contagió una noche de juerga, inflándose a vino dulce mientras gritaba a las estrellas poemas de amor, y tu bisabuela lo conoció mientras lo cuidaba en el hospital La Cruz de Jesús. Qué tiempos mi querido Tato.

No permitas que te encierren para pasar una vejez feliz

Han pasado poco más de cien años de aquel amor entre mis padres que dejaría cinco hijos, diez nietos y ya quince bisnietos y tres tataranietos. Soy el único sobreviviente de aquella primera horneada. La vida va cambiando de actores que van actuando en una misma comedia o tragedia. Cada quien escribe el libreto de su vida acorde a las creencias que le fueron dadas y que, en la mayor parte de los casos, jamás se cuestionan. Vamos repitiendo los errores sin siquiera a veces darnos cuenta y en muchos casos, aun reconociendo los fallos, el orgullo impide reconocer que nos equivocamos y mucho menos pensar en pedir perdón. Que fallamos a nuestra familia, a nosotros mismos y a la humanidad que somos. No nos enseñaron ni a pedir perdón ni a perdonar y si lo hicieron siempre fue a costa de algo y el perdón, como el amor, no se vende ni se compra, se da o se recibe, simplemente.

Muerte en la Residencia #La vejez feliz#

Esta locura de hoy en día, esta pandemia que llaman Coronavirus, que me llevará al lado de tu abuela, no es ajena al olvido del hombre de su propia condición de humanidad. No sabes los deseos de encontrarme con ella. La otra noche, cuando supe de la muerte de Francisco, el vecino de la habitación colindante, lloré y me dejé llevar por un sinfín de recuerdos ¿Me creerás que, entre lágrimas, vi a tu abuela en mi habitación llamándome y diciéndome “no tengas miedo”? Estaba radiante como cuando nos conocimos por vez primera. Me tiró un beso y me dijo “te espero. Recuerda, no tengas miedo

LA MUERTE EN LA RESIDENCIA EN LOS TIEMPOS DE CORONAVIRUS

  Acepté ingresar en esta residencia el día que tu abuela necesitó recluirse por ese alzhéimer que le fue borrando todo lo que vivimos juntos, todos nuestros triunfos, derrotas, esperanzas, sueños y todo ese amor inmenso que nos profesamos, incluso en las épocas más duras. Recuerdo que a tu papá y a mí nos costó aceptar que era la única forma de que tu abuela estuviera cuidada. Mi salud, como bien sabes, también estaba mermada por otros males y mis hijos estaban sumergidos en mil y un problemas para tener tiempo para cuidarnos. A tu papá le fue muy difícil aceptar este encierro. Mi querido tato, no permitas que, llegado a estas edades seniles, te encierren, por muy bella que sea la cárcel, por muchas promesas que te ofrezcan de un sinfín de cuidados.

Si te obligan a olvidar a tus mayores, qué harán contigo?

El dinero no compra el tiempo que dejamos de estar con nuestros seres queridos. Tu bisabuelo siempre vivió encadenado a las creencias que a su vez recibió sobre las nuevas formas de esclavitud y yo seguí sus creencias y, lo peor, las transmití a tu padre y a tus tíos. Estamos en sociedades enfermas, deshumanizadas. Hemos cambiado nuestra humanidad por un puñado de euros o por unos gramos de oro ¿para qué? ¿Por qué? Para que un puñado de indolentes vivan a cuerpo de rey a costa de tu tiempo, de tu vida. Tu vida es tu tiempo, el tiempo para dar lo mejor de ti, tanto a tu familia como al resto de las demás conciencias que te acompañan, no para desperdiciarla por un puñado de ideas trasnochadas y sangrientas que te dicen que todo se compra y todo se vende. No, mi querido Tato, nunca dejes que te encierren. No permitas que hagan negocio con tu vida, con el tiempo que te quede por vivir.

LA MUERTE EN LA RESIDENCIA S.A.

   ¿Te acuerdas que tu papá te impidió ir a las marchas contra la privatización de la sanidad? Era cosa de rojos, te decía. Perdóname, fue mi culpa. Fue lo que le enseñé, lo que me enseñaron. Hoy sé que fue una locura, pero no porque crea que esos marxismos de todo tipo tengan razón, no. La salida a estos tiempos de infiernos de todo tipo, donde todo está a la venta, incluso la salud, la educación, la muerte y hasta la vida, no está en ningún marxismo, en ninguna ideología política o religiosa. El mundo ha olvidado su humanidad. Y este olvido es producto, en gran parte, de obligar a los seres humanos a elegir entre opciones fallidas y que no han sabido evolucionar acorde a los tiempos. No necesita el mundo de políticos, ni de dioses y mucho menos de guardianes de la política o de la fe. Necesitamos mucho amor, mucho diálogo y crecer en el conocimiento, no el que niega y reniega a esa fuerza primigenia, a ese primer motor, diría Aristóteles, sino el que es capaz de sacar lo mejor de sí a cada alma humana. Todos nacemos para experimentar la vida, la sensación de ser y no para esclavizarnos a ideas que nos inoculan todo tipo de miedos y, peor aún, todo tipo de obligaciones contra nuestros semejantes. No te dejes vencer mi Tato.

Diviértete con tus abuelos, se feliz junto a ellos.

   Me voy tranquilo, ya casi en ocho décadas de vida he visto lo suficiente y aprendido la mayor lección que pudiera aprender, solo el amor nos puede salvar del odio que nos han inoculado en vena a través de mil y una creencias fallidas. No impongas, mi querido Tato, no intentes convencer a nadie que el amor es la única arma que nos podrá salvar del orgullo y del egoísmo. Nadie aprende por experiencia ajena y menos en unas sociedades que fomentan el egoísmo, el consumo desmedido y las zonas de confort.

No esperes una vejez tranquila de unos Estados indolentes

Ayuda y no esperes nada a cambio y ayuda sin mirar a quién, y si te es posible, ayuda a quien te ve de mala manera, a quien no comprende cómo eres e incluso a quien te odia. Y si alguna vez te quieren agradecer o pedirte perdón, solo dile aquello de “no hay nada que perdonar. Se bienvenido a la vida, se bienvenido al amor”

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